Valentía para vivir a ciegas

Tras varias semanas de confinamiento empiezan a multiplicarse los intentos de vislumbrar lo que viene. Encuentros empresariales, foros directivos, cumbres online. Vivimos en una sociedad que busca encumbrar a los visionarios, cuando a quienes habría que escuchar es precisamente a quienes no necesitan adivinar el futuro.

Porque adivinar tendencias no deja de ser un juego gratuito, ¿no? Nos reímos de quienes usan una baraja de Tarot o los posos del café para decirnos lo que nos va a ocurrir, pero por algún motivo tenemos muchísima fé en las ideas y ocurrencias de científicos, observadores de la estadística y la probabilidad, o de metereólogos y economistas, que predicen mucho y aciertan poco.

sólo cambia el foco de la mirada

En realidad lo único que cambia es el foco de la mirada: preferimos pensar que el mundo lo dirigen fuerzas esotéricas o divinas, o creemos más en el nuevo fanatismo científico. Digo fanatismo porque de verdad que me causa inquietud escuchar tantas veces al día las palabras “experto” y “científico” en boca de tantas figuras públicas con fines e intenciones tan dispares. Me recuerdan a un obseso repitiéndose compulsivamente algo a sí mismo como si así pudiese conseguir que se materialicen sus palabras.

Debo confesar que me encanta leer el tarot en fiestas y encuentros informales. Siempre explico que yo no leo el futuro y no creo en nadie que prometa verlo. He hablado ya con demasiados charlatanes de todo tipo de mundos, desde los más científicos hasta los más esotéricos. Incluso esos pocos seres extraños que viven más fuera de este mundo que dentro son incapaces de predecir cuándo ni cómo ocurrirá lo que perciben.

Y sinceramente me resultan igual de creíbles o increíbles que siete economistas, analistas financieros y empresarios anunciándome su verdad irrefutable sobre lo que va a pasar con el mundo. Aquí nadie tiene ni puta idea de lo que va a pasar, con perdón.  Lo único seguro es que todo va a cambiar.

la incertidumbre en las leyendas

Hemos olvidado cómo era la vida en tiempos de incertidumbre total, y por eso damos poca importancia a las historias y leyendas antiguas como el mito de la espada de Excalibur y el Rey Arturo. Muchos otros intentaron sacar la espada de la roca sabia y divina, pero sólo él lo consiguió. Hay piedras rituales usadas en la coronación de reyes en muchos lugares de Europa que tienen esa misma propiedad impredecible e inexplicable de discernimiento del “corazón puro”.

¿Alguien piensa en un corazón puro cuando mira a Pedro Sánchez o Pablo Iglesias? ¿O cualquiera de los demás líderes políticos y económicos que hemos puesto al mando de nuestros destinos? ¿Alguien reflexionó sobre la pureza de las intenciones del político al que votó? Claro que no. En nuestro mundo lo que importa es el poder mediático, los contactos y apoyos, y sobre todo la percepción creada con falsedades más o menos obvias del buen marketing.

quienes se juegan la vida a diario

A mí no me gustan los toros, pero hay que admirar la valentía de un hombre que se juega la vida frente a semejante animal un día sí y otro también. Así vemos el fervor religioso en ellos que no vemos en otras profesiones. Ellos encomiendan su vida a Dios cada vez que entran en una corrida, porque saben que no saben lo que va a pasar.

Es lo que podemos ver también entre los narcos en México y Latinoamérica, y su inquietante adoración a la Santa Muerte. Viven en un clima de tal violencia gratuita e imprevista que son muy conscientes de cómo todo puede acabar en cualquier momento.

Aunque no nos gusten los destinos elegidos por estas personas, no dejan de representar el tipo de valentía que los demás no somos capaces de encarnar. La valentía de vivir cada día en la más total incertidumbre. Los huevos de salir a trabajar cada día sabiendo que puede ser el último.

érase una vez un virus …

Y gracias a un virus tan ínfimo que no podemos verlo operar nos encontramos todos de repente ante un nivel de incertidumbre comparable a un narco o un torero. Aunque muchos aún no hayan entendido lo que está ocurriendo porque nuestros gobernantes nos mantienen encerrados en pequeñas burbujas hogareñas de estabilidad para evitar levantamientos histéricos.

No sabemos lo que vamos a encontrar cuando por fin salgamos de casa y volvamos a enfrentarnos a nuestra economía. No sabemos si está en la UCI luchando por respirar y mantenerse viva como los más veinte mil muertos que no lo consiguieron. No sabemos si será capaz de recuperarse, ni qué supondrá eso para cada uno.

lo que no necesitamos

Frente a una realidad de tal gravedad lo que más necesitamos no son videntes, charlatanes y expertos científicos tan seguros de sus propias predicciones que ni siquiera aceptan su error tras quedar de sobra demostrado. No necesitamos tertulianos que hablan para escuchar su propia voz ni supuestos cracks de los negocios que buscan cómo forrarse si aciertan la solución mágica los primeros. No.

Lo que necesitamos son tipos con agallas. Hombres y mujeres a quienes no les tiembla el pulso cuando toman una decisión sin tener información alguna que garantice sus resultados. Personas con la humildad suficiente como para admitir públicamente que no tienen ni puta idea de lo que está pasando y con los huevos de jugarse la vida con cada decisión. No su patrimonio, no su reputación, no. Su vida.

todo va a cambiar

Lo repito: Lo único seguro es que todo va a cambiar. Nada volverá a ser como era antes. Y por eso más que nunca lo que necesitamos es pureza de corazón, agallas y entrega desinteresada. En nuestros dirigentes y también en nosotros mismos. Los tenemos si los buscamos. A veces hace falta una crisis de órdago como esta para que dejemos de marear la perdiz, echar balones fuera y nos centremos de una vez en quiénes queremos ser.

Bienvenidos a una nueva realidad. Es momento de atrevernos a vivir a ciegas. Quizás sea lo más emocionante y corajudo que hayamos hecho nunca. Quizás nos demuestre que éramos y somos muchísimo más de lo que nos habíamos atrevido a imaginar.  

La maldición de la hormiga

En la famosa fábula de La Fontaine la hormiga es ejemplo de esfuerzo y trabajo. También es ejemplo de crueldad, falta de empatía y egoísmo, pero de esto hablamos poco en nuestra cultura obsesionada con el trabajo y el inalcanzable ideal de la meritocracia. Tan identificados estamos con la hormiga que no somos nada conscientes de lo mal que tratamos a la parte más cigarra de nosotros mismos.

De todos mis años de enorme inversión en crecimiento personal esta lucha interna es quizás el patrón que más veo repetido. Una y otra vez he llegado al punto en el que he visto cómo la hormiga en mí estaba empujando, jaleando y hasta insultando a la cigarra para que cumpliese con obligaciones y planes ideados por mi hormiga. La hormiga en mí ha sido el mayor obstáculo al crecimiento muchas, muchas veces. Y lo es también para los demás.

nos rompimos en dos

A menudo explico a mis clientes que la palabra trauma significa ruptura. Por algo el área de traumatología de un hospital se ocupa de los huesos rotos. Cuando lo que se rompe no es un hueso, sin embargo, a menudo pueden pasar años y décadas sin que nos demos cuenta de que ya no respondemos al mundo de modo unificado, sino que nos hemos roto en dos.

No hace falta sufrir un accidente de coche y vivir situaciones extremas de violencia y maltrato para rompernos en dos. Este es quizás el aprendizaje más importante que hice en mis años de entrenamiento como coach: en las sociedades desarrolladas creemos que los únicos que han sufrido traumas son los soldados en las guerras y las capas sociales más desfavorecidas. Vivimos en una total negación con respecto al tipo de traumas que ocurren en las familias ideales.

como soldados en guerra sin saberlo

Pero cuando yo empecé a escarbar dentro de mí para buscar las causas de mis problemas empecé a ver que había estado viviendo como un soldado en guerra durante décadas. Son muchas las situaciones cotidianas de las familias modernas que nos rompen en dos sin que lo sepamos. No tienen por qué ser eventos extremos. No. Son pequeñas consecuencias inevitables de nuestra forma de vida civilizada y muy alejada de la sabiduría instintiva que teníamos cuando éramos aún nómadas y salvajes.

Una vez leí que las personas que presumen de haber tenido infancias muy felices no recuerdan absolutamente nada de lo que realmente ocurrió. Es el comienzo de todos los recorridos de crecimiento personal, porque en estos recuerdos felices han sido borrados todos los detalles infelices. Igual que se borran las circunstancias de un accidente de coche o un evento extremo de vida o muerte. La anestesia piadosa nos prepara para una muerte considerada como altamente probable por nuestro sistema nervioso autónomo.

En todos esos eventos puntuales que no recordamos, o esas largas etapas de disfunción familiar que tampoco hemos reconocido, se produce una ruptura de nuestra respuesta emocional. Nos rompemos en dos voces en conflicto, y a partir de ese momento, viviremos durante mucho tiempo con una conversación interna constante entre la hormiga y la cigarra.

dos voces enfrentadas

La hormiga, que cojo del cuento de La Fontaine, es la parte de nosotros que lucha contra viento y marea para sobrevivir. Se hace cargo de cosas que ni siquiera entiende, como pueden ser los conflictos entre nuestros padres, o la depresión de papá o la adicción de mamá. La hormiga pretende salvar a la familia de estos males, y se hace dura con los años de entrenamiento. Tan dura como un soldado que ha visto morir a tanta gente que ya no siente nada.

La cigarra se queda sola con su dolor. La parte más sensible y cantarina de nosotros queda olvidada en un armario oscuro alejando del cotidiano inmediato. Escondida en el último piso de nuestra mente, incomprendida, silenciada y castigada por no prestarse al estricto plan de reconstrucción y felicidad garantizada que persigue la hormiga sin compasión.

cuando el éxito entierra a la verdad

La hormiga oculta a la cigarra. Lo hace sin darse cuenta, pero lo hace sin descanso y sin compasión. Trabaja incansablemente para asegurarse de que no escuchamos los lloros o las dificultades de la cigarra encerrada en un lugar lejano y oscuro de nuestro inconsciente. Detrás de cada situación que nos traumatizó de niños se repite este teatro de distracción. La hormiga sólo mira al mundo exterior para ver cómo conquistarlo y doblegarlo a su voluntad. No ve ni oye nada de lo que pueda decirle la cigarra.

Y la cigarra sufre en silencio. La cigarra encarna nuestras pasiones más honestas, nuestra creatividad infantil y nuestro impulso de juego y de vida plena. La cigarra es todo esto que nos encantaba hacer de niños y que dejamos atrás para labrarnos una carrera de éxito. La cigarra se entrega el flechazo del amor verdadero que no sabe nada de intereses ni conveniencia social.

y al final la verdad nos libera

En cada nivel de crecimiento he vuelto a descubrir de nuevo esta lucha entre mi hormiga y mi cigarra. He tenido que maniatar a la hormiga y obligarla a dejar de trabajar para poder hacer caso al otro lado de mí, al lado que sufría en silencio y que esperaba pacientemente a que llegase la hora de su liberación. No deja de sorprenderme esta dinámica cada vez que vuelve a aparecer de las formas más sutiles y primarias en las tareas o decisiones más tontas de mi cotidiano.

Y siempre es una bendición. Siempre trae una gran relajación. Siempre siento una apertura repentina de ventanas y puertas y un golpe de viento fresco, de luz exterior, de libertad. El día que dejamos salir a la cigarra recuperamos la unidad emocional que se había roto en nuestro pasado más lejano y olvidado.

reescribamos esta fábula

Esta sociedad nuestra de hormigas esforzadas en demostrar felicidad es una maldición. Tanta compulsividad positivista nos aleja de las cigarras que todos escondemos en nuestro interior. Nos limita y nos aprisiona en dinámicas de trabajo, esfuerzo, preocupación y control para agarrarnos a las cosas que nutren nuestra felicidad de ahora. Una felicidad insensible con nuestro propio dolor, no digamos ya el de los demás.

Hay muchos niveles de felicidad más naturales y menos esforzados por descubrir. Hay tanta belleza por conocer si liberamos a las cigarras de sus encierros. Tanta reconciliación a realizar entre las hormigas y las cigarras que habitan en nuestras mentes.

La cigarra puede enseñar a la hormiga a ser más empática, más humana y más feliz. Volvamos a escribir esta fábula y convirtámosla en un baile de alegría sin fin.

Gestores mal colocados

Ayer empecé una sesión preguntando qué quería trabajar el cliente. Me dijo que quería gestionar mejor la incertidumbre. Me eché a reir.

Cuánto hemos repetido esta expresión como papagallos en los foros directivos todos estos años. Y qué poco sabíamos de lo que hablábamos antes de ahora. Esto sí que es incertidumbre con mayúsculas. Pretender gestionarla … bueno, da un poco de risa, ya lo he dicho.

¿Admite un volcán que se le gestione?

A mí esta situación me hace pensar en un refugio anti-bombas. Estamos todos resguardados de los impactos en nuestras casas. No vemos las bombas, ni las oímos caer. No sabemos cuántas cosas se están destruyendo en nuestra economía y nuestro modelo de vida a nivel global. Por no saber, no sabemos siquiera cuánto tiempo tardaremos en salir de nuevo de casa. Esto sí que es incertidumbre de proporciones volcánicas. ¿Admite un volcán que se le gestione?

Frente a una bestia de semejantes características, parecemos uno de esos cachorros animales o humanos en vídeos virales que tanta gracia nos hacen cuando simulan intimidar a alguien mil veces más grande y fuerte que ellos. En su ignorancia infantil se sienten invencibles. Aún no son lo pequeños que son en comparación con el peligro que los acecha.

cachorros humanos presumiendo de ser invencibles

Nuestra generación es quizás la más pequeña e infantilizada frente al tamaño de los retos que pretendemos gestionar. Somos los más educados y formados en la historia, es verdad. Pero también somos los más empeñados en atacar y resolver problemas de dimensión global que nadie nos ha pedido que resolvamos. Somos la generación obsesionada con el famoso “make a difference” de los americanos. Y eso nos hace tan ignorantes e infantiles como un cachorro de león presumiendo de su fuerza frente a una manada de hienas hambrientas.

Las redes sociales están llenas de pretenciosas declaraciones de intenciones de directivos y empresarios aburridos en sus casas que quieren recuperar protagonismo: Van a adivinar las principales tendencias de lo que viene, o han creado un think-tank para reconstruir la economía post-crisis del coronavirus. Me recuerdan a una ronda de presentaciones en la que participé hace años en EEUU durante un consejo. La mitad de los presentes estaban curando el cáncer, según expresaron con mucha humildad fingida.

mal colocados

Esto es lo que yo suelo describir como “estar mal colocado”. Es ponerse en un lugar jerárquico muy superior al que nos han otorgado los demás o las circunstancias, para resolver o promover algo que nadie nos ha pedido que resolvamos ni promovamos. No tenemos, por tanto, ni el mandato de hacerlo, ni los recursos necesarios para llevarlo a buen término. Pero oye, qué cool queda decir que vas a librar al mundo de sus problemas.

¿Por qué lo hacemos? Porque nos da poder. Nos da importancia frente a los demás. Queremos que nos respeten, nos admiren o nos quieran. Nos da un subidón de invulnerabilidad exactamente igual que el que tienen los cachorros animales y humanos de los vídeos mencionados antes. Y lo más importante, en esta posición usurpada nos escapamos de los sentimientos de miedo, fragilidad y dolor que sentiríamos sin nos bajásemos los humos y viésemos la realidad tal como es.

el tipo de incomodidad más cómodo

También nos da mucho que hacer y que pensar. Nos da un propósito que nos consume las horas y los años de vida sin parar a pensar en lo que estamos haciendo. Ya puede el coronavirus meternos en casa todo lo que quiera, que mientras tengamos conexión a internet podemos seguir salvando al mundo de sí mismo un día tras otro.

Nos agotamos lentamente en este empeño grandilocuente, sin embargo. Lanzamos ideas, proyectos e iniciativas que a menudo pasan desagradecidas porque en realidad nadie nos las había pedido. Montamos campañas, levantamos fondos, e incluso somos capaces de mantener en pie todo un espectáculo de comunicaciones y eventos que se derrumbarían en pocos minutos si dejásemos de empujarlos y construirlos con tanta energía.

Consumirnos así años tras año sin que los demás valoren realmente nuestra inversión es un tipo de incomodidad que manejamos bien porque nos es familiar. Es el tipo de incomodidad con el que estamos más cómodos. Y total, estamos rodeados de amigos, directivos y empresarios tan educados y formados como nosotros que están haciendo lo mismo. Mal de muchos …

movimiento rígidos sin gracia alguna

Estar mal colocado es construir una casa empezando por el tejado. Es un planteamiento inestable y fantasioso que acaba consumiendo muchos más recursos de los necesarios. Es como un surfista que pretende colocar la ola sobre la que se apoya su tabla, un esquiador que quiere moldear la montaña o un jinete que insiste en controlar cada impulso del caballo que monta. Se cansan inútilmente, producen un movimiento rígido sin gracia alguna, y se caen en cuanto la Naturaleza les da un buen meneo, en plan pandemia de coronavirus.

La carta de la torre, en el Tarot, representa bien esta situación. Es el arcano número dieciséis, y muestra una torre que se derrumba. Explotan rayos y colores a su alrededor, cae gente por las ventanas. Representa la caída de una construcción que no era real, que requería mucho esfuerzo o dinero mantener. Una producción vital que sólo se mantenía en pie porque la rociábamos de dinero para mantenerla viva. ¿Será esto lo que ocurrirá con nuestro sistema económico global?

un cambio de foco

Colocarnos bien en nuestro sitio significa volver a admitir nuestra pequeñez frente al reto que se nos viene encima. Requiere un cambio de foco: dejar de pretender gestionar a la incertidumbre y centrarnos más bien en gestionar nuestra propia reacción personal frente a lo que la incertidumbre está rompiendo y creando a nuestro alrededor.

Nadie nos ha pedido que gestionemos la incertidumbre, sino que aprendamos a fluir con ella: a respetar y admitir la enormidad de su fuerza, a surfearla, esquiarla o montarla sin interferir en la grandeza de su movimiento.

y tragarnos el orgullo

Quizás esto es lo más difícil que podían pedirnos. Hemos crecido en el convencimiento de que éramos nosotros quienes controlábamos nuestro destino. Nos cuesta mucho renunciar a la borrachera de poder que nos había llevado a acariciar la inmortalidad. Volver a vernos como simples mortales al servicio de un virus salido de un pangolín es un golpe a nuestro ego más inasumible incluso que el derrumbe de nuestra economía global.

El coronavirus nos invita, pues, a tragarnos nuestro orgullo y volver a colocarnos en el lugar que nos corresponde, como gestores de nosotros mismos sin más. Nos empuja a bajarnos del trono del control y la gestión para ponernos de nuevo al servicio de la vida y sus misteriosos designios. Y desde ahí construir nuevos sistemas que sí puedan fluir, reaccionar y resistir las inclemencias del futuro.

Esto es lo que yo llamo abrazar lo salvaje.

Permiso para estar mal

Hemos creado una sociedad en la que no hay derecho a estar mal casi nunca. Nos hemos subido al carro del optimismo y la hiper-actividad de tal forma que ya no sabemos siquiera cómo admitir que puede haber partes de nosotros que no están bien.

Antes de dirigirme al mundo de los caballos intenté desarrollar técnicas de formación en liderazgo con delfines. Visité varios lugares en los que se hacían cosas con delfines, tanto en libertad como en cautividad. En uno de los parques donde hice un curso de delfinoterapia me explicaron que tenían que tomar la temperatura y verificar las constantes críticas de todos los delfines todos los días. Su condición de animales salvajes en alerta constante hacía que no mostrasen síntoma alguno de estar enfermos hasta que estaban muy mal.

la fragilidad de la competencia constante

Y quizás esto es un poco lo que nos pasa en una cultura dominada por la competencia constante por recursos que consideramos escasos. No podemos mostrar debilidad ni vulnerabilidad por miedo a que alguien lo aproveche para sacarnos ventaja en nuestros juegos cotidianos de poder. Llevamos esta mentalidad de escasez y lucha tan metida en el fondo de nuestra programación mental que nos empeñamos en estar fuertes como sea, hasta que nos sea totalmente imposible seguir jugando al macho man.

Si algo ha logrado esta crisis del coronavirus es demostrarnos lo frágil que era todo nuestro tinglado vital. Porque el problema de la invulnerabilidad es que siempre es ilusoria. Como me dijo una vez un experto en seguridad, él tenía que pensar en todas las posibles puertas de entrada a su sistema, mientras que el caco sólo necesitaba encontrar una.

vivir fuera del toma y daca

Hace un par de meses yo me preguntaba cuál era mi lugar exactamente en una sociedad que pasaba ampliamente de hacer crecimiento personal. Rodeada de coaches que prometen el éxito, la felicidad y quién sabe qué más tonterías con tal de pagar sus facturas, yo me he negado a vender humo desde hace ya muchos años. Me salí de los juegos de toma y daca en los que unos ayudan a otros a ganar sus batallas con la expectativa de que luego éstos colaboren en las suyas. No es nada fácil ganarse la vida desde fuera de estos circuitos.

Cuando hablaba con mis amigos me reía, medio en serio y medio en broma, diciendo que prefería irme al campo a ordeñar vacas que volver a hacer trabajos en los que no creía sólo para mantenerme dentro de una sociedad que no tenía la valentía de mirarse al espejo. Siempre dije que en España preferíamos ir al bar a hablar de los problemas de los demás que quedarnos en casa a pensar en los nuestros, y así es difícil que uno llegue a contratar a un coach.

las limitaciones de la esperanza

Llevamos ya dos semanas de confinamiento y 7.000 muertos. Pero aún inundamos las redes sociales de muestras de optimismo y comentarios esperanzadores para mantener los ánimos arriba. Ahora nos parecemos más que nunca a los delfines en cautividad, manteniendo el tipo como sea por muy mal que estemos por dentro.

Y aunque todos entendemos el valor de la esperanza frente a los grandes retos, este empeño positivo puede jugar en nuestra contra cuando dichos retos se alargan en el tiempo. Cada vez cuesta más energía mantener la positividad, y haciéndolo nos vamos alejando sin quererlo ni saberlo de la realidad.

jodidos pero contentos”

Por eso quiero reivindicar hoy el derecho a estar mal. El derecho y la necesidad de hundirnos un rato de vez en cuando, cuando nadie nos está buscando, para poder procesar el duelo de lo que nos está pasando. Tenemos miedo de dejarnos caer en la tristeza o la negatividad porque tememos no poder salir de ella, pero esto sólo demuestra nuestra falta de experiencia con esto de “estar mal”. Las emociones siempre se consumen solas … siguen todas una ola parecida a la del coronavirus … la ola es un patrón típico de los fenómenos salvajes.

Otro amigo solía responder al típico comienzo de conversación, “¿qué tal?”, con un “jodido pero contento”. Es vasco. Su sentido del humor es similar al de mi lado irlandés. Yo durante mucho tiempo he contestado que “mejor que ayer y peor que mañana”. Son dos respuestas que siguen siendo optimistas sin negar la dureza de nuestras realidades. Son honestas con la adversidad, enfrentándola como oportunidad de crecimiento y superación. Y ponen muy difícil las contestaciones “pues yo fenomenal”.

el confinamiento quita poder a la mente y se lo da al cuerpo

No sabemos cuánto va a durar este confinamiento. Tampoco sabemos cuánto tiempo tardaremos en reconstruir nuestras economías una vez que podamos salir de casa. Ni siquiera sabemos qué modelos de negocio habrán desaparecido y cuáles tendrán posibilidades de prosperar en el nuevo mundo que empezará cuando volvamos a salir de casa.

Por eso es mucho más difícil engañar a nuestro lado más irracional con los mismos cuentos híper-activos e híper-positivos de siempre. Nuestros cuerpos siguen siendo animales mamíferos y salvajes. Razonan más como lo haría un perro o un caballo que como lo hace nuestra mente racional. Nuestros cuerpos saben perfectamente que este es el momento de expresar y procesar nuestros sentimientos aparcados.

un diseño perfecto para procesar dolor

Tenemos derecho a estar mal a ratos. El cuerpo está perfectamente diseñado para absorber dolores de todo tipo, y sabe cuánto podemos tolerar. Estamos equipados para procesar el dolor emocional en olas o en contracciones, como ocurre en los partos todos los días. Encerrados sin posibilidad de escaparnos de nuestras emociones, vienen un par de horas o un par de días malos, y luego un descanso de tranquilidad y dormir bien, y en cuanto hemos recuperado fuerzas vuelve a empezar el malestar.

belleza oculta en la tristeza

Es imposible apreciar la profundidad de lo que está ocurriendo si no nos permitimos sentir también la tristeza. Cuando ví el viernes la noticia del fallecimiento de Jesús Gayoso, el jefe del Grupo de Acción Rápida de la Guardia Civil, rompí a llorar. No lo conozco. No sabía nada de él hasta ese momento. Pero para mí Jesús Gayoso representa la nobleza de todas las personas que acuden a trabajar cada día sin protección contra un virus que puede matarlos.

Es lo mismo que conmovió cuando vi la serie de Chernobyl hace unos meses. Entre tanta tristeza y destrucción, hay coraje, valentía, entrega de la propia vida, la máxima generosidad. En la tristeza más profunda uno puede ver auténtica belleza. De esa que cuesta poner en palabras, y que resulta del todo imposible resumir en un hashtag.

serenidad y calma auténticas

Lo que necesitamos frente a esta crisis no es falsa esperanza ni positivismo negacionista de la realidad. No, por favor. Acabemos con las falsedades llenas de deseos improbables. Acabemos con los miedos a mirar la verdad de frente.

Lo que necesitamos es serenidad y calma frente a dificultades enormes. La única forma de llegar a esta serenidad auténtica es dándose permiso para estar mal a ratos. Tenemos que hacer muchos duelos. De momento tenemos más de 7.000 muertos a quienes dedicar un minuto de silencio cada día a las 12h, como ha propuesto alguien estos días. Y luego están todos los sueños de futuro que ya no podremos lograr. Todas las formas de ganarnos la vida que se han caído como castillos de naipes, con todos los problemas que esto implica.

de todo se sale en esta vida

Ahora siento que estoy exactamente donde tengo que estar. Ayudo a quien me lo pide con las sesiones de coaching gratis por Skype. Resulta que soy la alumna aventajada en esto de hacer duelos y darse permiso para estar mal.

Puedo garantizar por mi experiencia personal que de todas las desgracias se acaba saliendo antes o después. Sé de primera mano que uno sale reforzado, que crece más que los que no han sufrido, que llega a vivir con más profundidad y mucha más humanidad. Cuando uno se permite hacer sus duelos deja de intentar sobrevivir y empieza a vivir sin más. ¿Cómo sería una nueva sociedad en la que ya no estemos constantemente compitiendo entre nosotros para sobrevivir, y nos dediquemos a vivir sin más? ¿Habría bastante para todos?

A lo mejor ha llegado la hora de averiguarlo … empieza por darte permiso para estar mal. Y lo demás ya se verá.

Aprende a rendirte

Según pasan los días de confinamiento van apareciendo más y más artículos y consejos sobre cómo mantener una actitud positiva. El otro día una clienta de mis sesiones de coaching gratis por Skype me pedía “cómo neutralizar el miedo para seguir positiva”. Ayer una amiga ejecutiva me deseaba “paciencia, fortaleza y actitud positiva” por whatsapp. No sé qué contestarle.

La positividad es quizás la mayor adicción de nuestros tiempos. ¡Tanto es así que se la deseamos a todo el mundo! Está tan metida en nuestro modus operandi que deseamos feliz año a todos cada 31 de diciembre, feliz cumpleaños, feliz aniversario de bodas, feliz semana, feliz viernes … feliz todo. Lo repetimos como cacatúas, sin pensarlo, porque sí, porque queda bien, porque “hay que ser optimistas”.

nuestro love affair con la positividad

Y claro, ahora llega el coronavirus y nos jode el invento, hablando mal y pronto. Porque mantener nuestra positividad nos exige mucho esfuerzo diario de distracción, evasión y evitación de todo lo que pueda apartarnos este, nuestro love affair. Como siempre hemos vivido así, realmente no lo pensamos, ni admitimos que tanto hacer, correr y disfrutar nos está chupando la juventud a marchas forzadas.

Estamos dispuestos a seguir pagando un precio enorme por seguir in love con nuestro positivismo impostado. Tengo varias amigas que me sacan veinte años y llevan vidas muchísimo más ocupadas (y cansadas!) que yo. Me dan consejos de productividad y éxito cada vez que se me ocurre decirles que no, mi vida no es súper feliz ni súper exitosa. Y prefiero devolver la conversación a sus obstáculos al éxito si no quiero que me vuelvan loca dándome ideas que no quiero ni puedo aplicar.

mucho esfuerzo

Claro. Ellas están acostumbradas a aplicar mucho esfuerzo para tener éxito en sus diversos emprendimientos vitales. Es difícil dejar de jugar un juego cuando te va bien. Yo me salí porque nunca me salió bien. No es que yo sea más lista, es que la vida me llevó por otros caminos. Y me enseñó el valor de la rendición.

Cada vez que apliqué muchísimo esfuerzo en algo que no funcionó tuve que rendirme. Y sólo una vez que me había rendido, había llorado por mi fracaso, había sufrido por mi decepción conmigo misma y mi valía – o mi falta de ella -, es cuando empezaba a ver mi realidad con otros ojos: veía cómo antes había estado compensando mis carencias emocionales más profundas con esfuerzo. Como si hubiese estado bailando, corriendo, gastando y montando proyectos para que nadie se diese cuenta de que en el fondo yo no me creía merecedora del éxito que tanto buscaba.

atascados en la lucha con nosotros mismos

A la clienta que quería neutralizar su miedo y seguir positiva le expliqué que estaba atascada en un movimiento de lucha consigo misma. Ni acababa de entrar en el miedo ni lograba escaparse de él, porque ese miedo era más fuerte que ella. Su miedo tiraba de ella cada día, cada momento de silencio o de recogimiento, sin prisa y con la seguridad de un tsunami o un volcán. Nuestras emociones no necesitan hacer fuerza porque son la definición misma de la fuerza.

Y como ella no se atrevía a enfrentar ese miedo, ella sí tenía que hacer mucho esfuerzo para seguir positiva. La que se iba a cansar en este jueguito era ella. Antes o después. Y dadas las restricciones que nos impone el confinamiento, sería antes de lo esperado. El confinamiento le da más fuerza aún a esa parte de nosotros que no se cree nuestra propia máscara ni nuestros jueguitos de distracción. Ese lado salvaje, emocional, instintivo, honesto por definición, nos puede. Nos exige una rendición. Sólo entonces puede parar el combate. Sólo cuando nos rendimos ante esa emoción que tanto nos asusta, y nos dejamos bañar por ella unas horas o unos días – o el tiempo que necesite – es cuando se consume sola y se va para siempre.

la adicción más aceptada en 2020

Todas las adicciones esconden una emoción a la que no somos capaces de hacer frente. Todas las adicciones son el resultado de nuestra huida, nuestra resistencia a un dolor, un temor, un sentimiento de culpa, una rabieta antigua, potente, y más fuerte que nosotros por definición.

En cada época admitimos culturalmente unas adicciones y condenamos otras. Hace un par de generaciones la adicción al alcohol era tolerada y compartida por muchos. La adicción al sexo ha sido bien tolerada hasta que explotó el movimiento Metoo. Ahora las adicciones populares son el trabajo, el ejercicio físico y sobre todo la positividad. Tanto que presumimos constantemente de ella en instagram – aunque todos sabemos que lo que vemos ahí es pura ficción -.

Pero si algo requiere demasiado esfuerzo, significa que hay un fallo de planteamiento. El esfuerzo físico y mental están ahí para cuando todo lo demás falla, no para usarlos a todas horas para todo. Es como conducir con el freno de mano. Es un contrasentido que sólo empezamos a ver cuando empezamos a rendirnos y dejar que la vida nos lleve por donde nos iba a llevar de todas formas una vez nos cansásemos de protestar y dar la tabarra.

ríndete y empieza a descansar

De ahí que mi recomendación para todos los confinados del mundo sea la misma: ríndete, llora y chilla hasta que se te pase. Dedica tiempo a conectar con tus emociones y dales espacio para que salgan, se expresen y se auto-consuman. Así ya no tendrás que neutralizar nada. Estarás positivo y tranquilo sin intentarlo. Sin cansarte. Desde la rendición.  

Esto es abrazar lo salvaje.

Cómo aprovechar el encierro para crecer

Estemos o no en contacto con el coronavirus en estos días, el estado de alarma nacional nos obliga a todos a renunciar a muchas de nuestras actividades cotidianas. La obligación de quedarnos en casa nos expone a mucha más convivencia con nuestros seres queridos, o a lo contrario, a mucha más soledad si vivimos solos.

Y lo difícil está por llegar, porque muchas de nuestras actividades, aficiones y obligaciones cotidianas tienen el beneficio añadido de mantener bajo llave nuestras emociones no resueltas. Si nos las quitan, esas emociones empiezan a moverse y salir a la superficie de nuestra mente consciente. Nadie nos ha preparado en esta cultura nuestra para enfrentarnos a estos niveles de quietud, silencio y recogimiento.

Así que, si no podemos evitarlo, tendremos que disfrutarlo, como dice el dicho popular. Aquí propongo algunas ideas, tareas y reflexiones para ayudarnos a todos a sacar provecho de esta oportunidad y dejar que estas semanas de encierro se conviertan en una aventura de crecimiento en lugar de un monumental aburrimiento.

Respirar grande y suave

Lo primero es tomárnoslo con calma, que no con resignación. Cuanto más tranquilos estemos en cada momento, más disfrutable puede ser lo que va a pasar a continuación. Para relajar el cuerpo la única herramienta que existe es la respiración. Respirar grande y suave unas tres o cinco veces cada vez que podemos invita a nuestro cuerpo a volver a relajarse durante unos instantes.

Al servicio del cuerpo

Lo segundo es ponernos a la escucha de nuestro cuerpo y su lenguaje de emociones, sensaciones, instintos e impulsos. De nuevo es la respiración la que nos ayuda a hacerlo, junto con nuestro foco de atención. La linterna de nuestra mente puede apuntar a la serie que hemos puesto en la tele o puede volver a pensar en lo que hicimos el sábado pasado, o puede irse a twitter a ver qué se dice.

Usamos, pues, nuestra linterna mental para recorrer el cuerpo con cada respiración hasta que empezamos a identificar sensaciones en distintas partes del cuerpo. Podemos empezar por buscar qué punto del cuerpo está más incómodo y cuál está más relajado o agradable. Cada vez que cogemos aire imaginamos que ese aire es como un escáner de luz blanca que baja a lo largo del cuerpo hasta los pies y luego vuelve a subir para salir. Y con cada pasada del escáner podremos ir notando distintas sensaciones del cuerpo que podemos luego apuntar.

No hace falta que estas sensaciones tengan un significado especial. El único objetivo de este ejercicio es desarrollar nuestra percepción corporal y ponernos al servicio de lo que nuestro cuerpo, y nuestra mente inconsciente están diciendo. Al hacer esto empezamos a elegir naturalmente nuevas posturas, actividades y pensamientos que ayudan al cuerpo a sentirse mejor, y al integrar más mente y cuerpo empezamos a gastar mucha menos energía en cualquier cosa que hagamos.

un diario

La tercera propuesta es dejar de resistirnos al encierro. Nos puede ayudar un diario, ya sea virtual, con un documento en el ordenador que abramos para escribir a ratos en él, o a la vieja usanza, con un cuaderno y un bolígrafo que podamos coger en cualquier momento.

El diario nos sirve para escribir lo que estamos pensando y sintiendo en cada momento. Nos da algo concreto que hacer cuando nos empieza a agobiar el aburrimiento o la inquietud, y nos permite pasar de una dinámica de hacer cosas para no aburrirnos a una nueva actitud en la que entramos en ese aburrimiento a ver qué esconde detrás.

liberar emociones

El cuarto consejo es que podamos expresar emociones libremente cada vez que nos haga falta. Esto es enormemente liberador y suele cortar muchos aburrimientos o estreses de cuajo. La ansiedad en todas sus formas – estrés, aburrimiento, inquietud, incomodidad, angustia, etc. – suele ser una emoción que aún no se ha identificado. Es una incomodidad enorme que resulta del combate entre la parte de nosotros que necesita expresar una emoción y la parte de nosotros que tiene pánico a que esa emoción salga.

Para poder expresar emociones de modo seguro debemos habilitar un espacio de la casa en el que nadie nos vaya a interrumpir. Podemos asignar uno de los cuartos de dormir con una tarjeta en la puerta que se pueda girar si alguien está dentro. Así cualquiera de los miembros de la familia puede disfrutar de un rato de soledad tranquila en el que pueda soltar cualquier emoción sin que los otros lo juzguen o lo interrumpan.

Idealmente en este cuarto habrá pañuelos desechables, mantitas para arroparnos y cojines o cosas blandas que uno pueda golpear para rabiar a gusto. Una almohada o cojín puede resultar útil también para gritar sin hacer demasiado ruido, tapándonos la boca con la almohada. Naturalmente habrá que pensar en las medidas de higiene oportunas y usar fundas o mascarillas al chillar contra la almohada si hay peligro de contagio entre unos familiares y otros.

contener conflictos

Este cuarto puede resultar especialmente útil cuando se produzcan conflictos en casa. En cuanto se pueda detener el conflicto es buena idea que ambas partes se separen y procesen sus propias emociones de modo autónomo. Una puede ir al cuarto de las emociones y otra puede buscar otra esquinita de la casa. Así, las dos partes tendrán un espacio privado para relajarse, soltar emociones y reflexionar sobre qué responsabilidad tiene cada uno en la generación del conflicto.

Compartir, empatizar, socializar (online!)

La quinta recomendación es que busquemos personas de confianza con quienes hablar y compartir nuestras sensaciones, preocupaciones e inquietudes. Ya sean familiares que vivan con nosotros, amigos con quienes podamos hacer Skype, o colegas del trabajo con quienes tengamos buena química. Queremos buscar a personas que nos ayudan a sentirnos mejor, no lo contrario. Ojo.

yoga, meditación y similares

Como sexto consejo podemos intentar hacer yoga o meditación mediante vídeos de guía en youtube. El yoga tiene la ventaja de proporcionar una buena relajación física y estiramientos del cuerpo sin ocupar demasiado espacio. Puede hacerse en espacios relativamente pequeños. Y hay muchos vídeos de relajaciones guiadas en youtube en los que una voz nos va guiando para visualizar y practicar la respiración y la relajación corporal.

Dentro de este apartado puedo proponer dos técnicas concretas que uso yo desde hace algún tiempo y que me han ayudado. La primera es el método TRE del Dr. David Berceli. Este método no es yoga, sino una secuencia de seis ejercicios sencillos que fatigan los grandes grupos musculares para desencadenar un temblor involuntario. El temblor es activado por el sistema nervioso autónomo y resulta muy liberador y relajante para el cuerpo.

Los animales suelen activar este temblor involuntario después de eventos de peligro, cuando salen de la reacción de shock, y las culturas indígenas solían también recurrir a rituales y bailes que activasen este temblor involuntario para relajar la musculatura. La secuencia de ejercicios está demostrada en este vídeo, creado por la organización oficial del Dr. Berceli: https://www.youtube.com/watch?v=FeUioDuJjFI&t=18s

Se pueden hacer los ejercicios siguiendo la demostración del vídeo, en unos quince minutos más o menos,  y luego dejar que el cuerpo tiemble unos diez o quince minutos. Si el cuerpo no tiembla no es un problema. Es normal que tarde algunas sesiones en empezar a moverse por falta de costumbre, y aunque no haya movimiento exterior visible, es posible que se activen procesos más sutiles internos que sigan dándonos una experiencia de relajación y liberación física o emocional.

La otra técnica que recomiendo es un método de meditación muy sencillo propuesto por Isha Judd, una guía espiritual. En este documental de una hora (https://www.youtube.com/watch?v=2EuDIkXTkR0) ella explica su visión del mundo y propone cuatro frases que hablan del momento presente, la perfección y el amor. La idea es sentarse o tumbarse cómodamente y decir la primera frase en alto o mentalmente. Luego concentrar la atención en la zona del corazón durante cinco, diez o quince minutos. Y repetir con cada una de las otras tres frases.

La ventaja de esta propuesta es que no hace falta creer las frases, no hace falta entenderlas y no se puede hacer mal. Solamente el ejercicio de dedicar veinte minutos o incluso llegar a una hora en contacto con estas palabras y con la mente puesta en el pecho moviliza emociones, sensaciones, pensamientos y crecimiento. Es una meditación que ayuda a salir de la mente y anclarse en el corazón, que es el centro de nuestras emociones.

Isha tiene varios vídeos bonitos con imágenes de Naturaleza estupendas y música armoniosa. Y su discurso espiritual es compatible con cualquier religión o ideología política porque no discute con ninguna. Sencillamente propone volver al corazón y al amor. Y esto es algo que nos viene muy bien en nuestra cultura tan hiper-racionalista. Con la práctica regular empiezan a moverse nuestras emociones y nuestras interpretaciones del mundo tan solo por el efecto de anclar nuestra atención en el corazón.

buscar ayuda cuando la necesitemos

El séptimo y último consejo es buscar ayuda experta cuando uno se esté volviendo un poco loco consigo mismo. Durante toda esta temporada de confinamiento obligatorio yo estaré ofreciendo sesiones de coaching gratis por Skype a quien las necesite, y posiblemente haya otros coaches, terapeutas o guías personales haciendo lo mismo. Basta con contactarme por las redes sociales o por el email de contacto en mi página web.

es una oportunidad para abrazar lo salvaje

Todos los consejos propuestos aquí ayudan a reducir la distancia entre la mente y el cuerpo. Esto relaja mucho al cuerpo y también mejora nuestros pensamientos, pero precisamente es relajante porque ayuda al cuerpo a liberar las emociones y sensaciones que necesita soltar desde hace mucho tiempo. Una vez que empezamos a soltar, debemos aprender a no perdernos, a regular el flujo de emoción, y a confiar en el proceso. Esto es lo que yo llamo abrazar lo salvaje.

Y no hay mejor situación para enfrentarnos a nuestro lado más salvaje que un confinamiento inevitable. Cuando dejamos de estar con los demás empezamos a estar con nosotros mismos. Y aquí hay una gran oportunidad de auto-conocimiento, reflexión, liberación de heridas del pasado y encuentro de una versión más humana y flexible de nosotros mismos.

Muchas personas gastan mucho dinero en irse a refugios lejanos para lograr este nivel de concentración en sí mismos. Ahora el coronavirus nos lo está regalando gratis. Sólo que no tendremos a un gurú ni unos monitores indicándonos qué actividad hacer en cada momento, sino que tendremos que ser nosotros los maestros de nuestro tiempo y nuestra voluntad hasta que se acabe el confinamiento obligatorio.

Este coronavirus nos va a enseñar muchas cosas sobre nosotros mismos a nivel individual y a nivel de la sociedad. (Puedes leer otro artículo sobre esto aquí) Está claro que vamos a cambiar muchos comportamientos después de pasarnos varias semanas encerrados en casa, y quizás nos demos cuenta de que muchas cosas de las que estábamos haciendo antes no eran necesarias. A lo mejor solamente eran formas de huir de nuestra realidad más profunda y humana.

Mucho ánimo a todos. Os deseo una gran transformación personal y un precioso reencuentro con vuestro yo más salvaje y humano.

¿Qué dice el coronavirus de ti?

El Coronavirus nos está retratando como sociedad y como individuos. Como suele ocurrir con muchas enfermedades, su irrupción nos enfrenta a las verdades más profundas de nosotros mismos que intentamos no mirar en el cotidiano. Las enfermedades son una llamada de atención imposible de ignorar que obliga a todos los miembros de una familia, o de una sociedad, a mirar aquello que estaban negando sin saberlo.

Uno de los canales que uso para seguir la actualidad es twitter. No porque sea fiable ni objetivo – que claramente es todo lo contrario – sino porque me transmite el tono general de las conversaciones. Desde que estalló el coronavirus he sido testigo de varios fenómenos que dicen mucho más de cómo somos nosotros que de cómo es él.

Primero la negación … Luego la rabia y el reparto de culpas …

Primero la negación, tan conocida invitada de cualquier anuncio de enfermedad. Es siempre la primera en llegar. Hace un mes nos reíamos del coronavirus o lo ignorábamos igual que hemos descartado el ébola o la crisis de refugiados o esas guerras lejanas que destruyen tantas vidas en lugares alejados de nuestra realidad cotidiana.

Luego la rabia y el reparto de culpas, tan típico también de todos los procesos de duelo frente a enfermedades mortales. Quizás el 90% de los tuits que leo son recriminaciones, declaraciones indignadas y linchamientos directos de este político o aquél pobre infeliz que viajó a algún lugar sin saber que contagiaría el virus a todo el que pasase por su lado. El coronavirus se convirtió en el enésimo arma de ataque en manos de los activistas, los políticos y los luchadores habituales de nuestra vida pública.

el miedo y los protagonistas

Simultáneamente, y quizás en directa proporción a esta rabia, el miedo. El miedo a la muerte de nuestros seres queridos más vulnerables, a la pérdida de bienestar económico, a la incertidumbre y a la dura realidad de nuestra vulnerabilidad como especie. Nos habíamos creído invulnerables con tanto avance tecnológico y llega la Naturaleza para darnos un mazazo que nos está dejando secos en pocas semanas. Y eso que aún debemos darle las gracias por la relativa suavidad del virus, que tiene una tasa de recuperación de más del 90%.

En paralelo aparecen los protagonistas necesitados de atención, que tuitean auténticas sandeces sobre cómo ellos proponen salvarnos a todos del mal. Cuanto más riesgo y más incertidumbre, menos auto-control: lo que antes se pensaban mucho ahora lo sueltan sin pudor. Los vemos, pues, en todo su apogeo y colorido y nos damos cuenta de esa vena oral que escondían detrás de su apariencia de éxito.

nuestras emociones y paranoias

También empiezan a despuntar los gestos espontáneos de ayuda y solidaridad. Varios empresarios han puesto sus hoteles a disposición de los sistemas sanitarios cuando son uno de los sectores económicos más castigados por la situación. Se crean trending topics emotivos y reconfortantes, o vemos ese maravilloso vídeo de la bandera italiana dibujada por aviones militares que animan al país a perseverar y vencer.

Se habla de bebés coronavirus y de divorcios por el mismo motivo, ahora que todos debemos quedarnos más en casa y evitar las distracciones exteriores que nos separaban de los nuestros. Otra forma más en la que el coronavirus nos obliga a dejar de hacer cosas que nos separan de nuestra realidad más íntima y personal. Según pasan las horas de encierro con nuestros seres más queridos empiezan a aflorar las emociones soterradas y los descontentos escondidos bajo la mesa durante tantas salidas familiares.  

Podría seguir con las teorías conspiratorias o las anécdotas hipocondríacas de todos aquellos que viven en el miedo permanente al ataque organizado por oscuros intereses ocultos. Lo bueno de este tipo de paranoias es que son inmunes a la realidad porque son imposibles de demostrar como ciertas o falsas. Así es como el miedo alimenta a la mente en su infinita imaginación creativa.

el mundo como espejo

Pero dicen los sabios espirituales que lo que nos ocurre en el mundo es un reflejo de lo que llevamos dentro. Que nos hacemos una idea de cómo es el mundo y nos empeñamos en hacer que la realidad se parezca a eso que tenemos en la cabeza que debe ser. Y que mientras nos obcecamos en este juego imposible sufrimos, nos esforzamos, nos cansamos y nos enfadamos con el mundo por no rendirse a nuestro propio poder individual.

El juego se acaba cuando cedemos y abandonamos estas falsas ideas imaginarias. Y según vamos abandonando todas nuestras concepciones preferidas sobre el mundo empezamos a enfrentarnos a todas las emociones imposibles que habíamos pretendido enterrar bajo nuestra construcción imaginaria. Y poco a poco nos vamos dando cuenta de lo perfecta que es la Naturaleza y lo hermosa que es la vida en sus dinámicas de reto, provocación, rendición y crecimiento.

fuerzas indomables de la Naturaleza

Las enfermedades son fuerzas indomables de la Naturaleza. Aunque nos endiosemos pensando que hemos erradicado y controlado a los virus y microbios de la historia, estos vuelven a tumbarnos al suelo cuando nos hemos confiado o cansado. El coronavirus nos está demostrando que nuestros mecanismos de control son insuficientes, y que no, no somos dioses invencibles capaces de erradicar a la misma muerte, como nos gustaba pensar.

Y lo único que uno puede hacer frente a una fuerza indomable de la Naturaleza es dejar de hacerse el gallito y rendirse: abrazar lo Salvaje. Quizás si nos ponemos al servicio de esta pandemia empecemos todos a actuar de modos que ayuden a que se consuma sola en lugar de seguir haciendo cosas que le dan más fuerza.

¿Cómo abrazamos lo Salvaje?

¿Y cómo abrazamos lo salvaje? El primer paso es preguntarnos precisamente por lo que nos hace sentir, y el segundo es darnos el tiempo y el espacio para soltar esos sentimientos. Rendirnos ante nuestra propia vulnerabilidad y aceptar que lo que pueda traernos esta enfermedad será una prueba de grandeza y de crecimiento como personas y como sociedad.

A lo mejor el coronavirus no es un enemigo a batir a toda costa, sino una aliada llegada para enseñarnos lo profundamente humanos que seguimos siendo, y lo bello que es un mundo tan lleno de tanta humanidad.

Como muestra, aquí el vídeo de inspiración creado en Italia: https://twitter.com/i/status/1238206572918161411

Mi combate con la muerte

Quienes me conocen bien saben que llevo mucho, mucho tiempo luchando contra dificultades imperiosas. En nuestra cultura asumimos que quien no resuelve sus luchas es débil o tonto o lo que le gusta es la lucha. Y durante mucho tiempo yo me he preguntado si era verdad que yo era débil o tonta o un poco loca por estar empeñada en seguir luchando.

Lo cierto es que no recuerdo un momento en el que mi vida no fuese una lucha. De pequeña siempre me esforcé mucho por ser buena, por merecer el cariño de mis padres y por intentar hacer las cosas bien. En la adolescencia me di cuenta de que algo no iba bien durante un viaje del colegio por Andalucía. Sentada en un baño con mi grupo de amigas de entonces constaté que había mucha más cercanía entre ellas de la que yo podía sentir con nadie.

llorando por dentro

Recuerdo ir en el autobús por un paraje especialmente hermoso llorando por dentro. No entendía por qué me sentía tan mal si no había muerto nadie en mi familia. Todo parecía ser normal en mi vida, y sin embargo yo sentía que escapaba constantemente de un enorme pozo negro de dolor que cada X meses volvía a atraparme y engullirme.

Durante los años de universidad el pozo me atrapó varias veces. Cuando lo hacía no podía ni abrir la boca. Pensaba en morir a menudo. Iba en el coche con mi padre por las mañanas camino de la Escuela de Ingenieros y mi padre me regañaba, frustrado, porque yo no era capaz de participar en la conversación casual que correspondía a esa situación.

no había lugar en el mundo al que podía irme donde no me siguiese el pozo negro

Cada vez que el pozo negro me engullía yo ponía todo mi empeño en volver a salir de él. Tras unos días terribles lograba ponerme en marcha de nuevo y volvía a fabricar objetivos, expectativas y fantasías que desgraciadamente nunca se cumplían. Así logré terminar la carrera, empezar a trabajar, mudarme a París, volver a comprarme un piso en Madrid, y trabajar otro año en San Francisco.  Hasta que comprendí que no había lugar en el mundo al que podía irme donde no me siguiese el pozo negro.

A mi vuelta de San Francisco cambié de empresa, hice un MBA, y tras comprobar que ya no podía tampoco esconderme en ningún proyecto profesional del pozo negro, acabé acudiendo a un terapeuta. Tenía treinta años y pensaba que iba a ser cosa de seis meses resolver lo que me ocurría. Ahora tengo cuarenta y siete, y aún no tengo claro que haya resuelto la dificultad del todo.

no lo he hecho mal del todo

En estos diecisiete años me han pasado muchas cosas. No me ha pasado ninguna de las que yo quería que me pasaran. Pero todo lo que me ha ocurrido ha resultado ser algo necesario para librarme de ese pozo negro que siempre me persiguió. No me he casado, no he tenido hijos, y nada de lo que he emprendido me ha salido bien, sino más bien todo lo contrario.

Pero logré poner fin a veinticinco años de bulimia, recordé que había sufrido abusos sexuales por parte de un amigo de la familia cuando tenía ocho años y procesé las secuelas de ese trauma hasta que lo resolví. Salí de un patrón de víctima de abuso psicológico que siempre había marcado mi vida y puse fin a las dinámicas de abuso y maltrato que siempre habían corrompido mi familia bajo una superficie de normalidad ideal. Teniendo en cuenta que muchas personas están toda la vida luchando con solamente uno de estos traumas, la realidad es que no lo he hecho mal del todo.

otro trauma más complejo debajo de todos los anteriores

Poco podía yo imaginar que aún después de todo esto iba a encontrar otro trauma más complejo debajo de todos los anteriores. Pero una vez que has invertido todo lo que tenías en liberarte del dolor durante tantos años, ya no dejas de hacerlo. Te resulta imposible vivir en la mentira o el fingimiento, y sigues cada pista emocional por puro instinto como un detective que no puede descansar mientras no haya resuelto el misterio.

En Septiembre “recordé” que había tenido un hermanito gemelo al principio de mi gestación y que éste había fallecido, convirtiéndome así en un “gemelo solitario”. Aquí estaba el muerto que había presentido siempre en mi infancia. Y no sólo él. En el momento en el que ese gemelo sucumbió, una parte de mí también había muerto. Este fue mi primer combate con la muerte, y aunque salí victoriosa de él, la muerte se convirtió en mi íntima compañera durante todo este tiempo.

la muerte se convirtió en mi íntima compañera

He escrito el verbo recordar entre comillas porque un trauma perinatal – es decir un trauma que se genera antes, durante o justo después del nacimiento – es algo muy difícil de recordar en el sentido habitual de la palabra. Es un momento en el que nuestros sentidos no están plenamente desarrollados. Como yo ya había tenido que trabajar a ciegas con los pocos recuerdos sensoriales que aparecieron en el trauma de los abusos sexuales, había desarrollado hace años la capacidad de trabajar con los sueños, el pensamiento simbólico y la percepción corporal.

Hoy es el primer día en el que tengo la sensación de haber cerrado el círculo. Es como si pudiese ver con claridad todo el proceso de lo que se rompió y lo que he ido arreglando desde aquél primer momento en el que mi gemelito murió y yo luché con uñas y dientes por seguir viva desde un instinto ultra primitivo de ameba o de blastocito microscópico.

el haber escapado de la muerte

Aparte de todas las secuelas que tiene la pérdida del hermano gemelo, la culpa instintiva que se sufre por no haberlo salvado, y el duelo emocional de quedarse solo con tamaña desgracia en el útero frío de una madre que no estaba preparada para recibir a ningún hijo todavía, hay otro gran capítulo de trauma que enfrentar: el haber escapado de la muerte.

Porque cuando uno se enfrenta a la muerte y sucumbe a su imposible poderío, acaba encontrando un estado de paz, según relata el Dr. Enric Benito en sus conferencias. Recomiendo ver esta: https://www.youtube.com/watch?v=nt2O0xG1cSA&feature=youtu.be

Burbujitas de dolor

Pero cuando uno lucha con la muerte por puro instinto y finalmente sobrevive, deja una parte de sí mismo congelado en esa batalla. Cada una de las reacciones y sentimientos que sintió frente a ella es de una intensidad insoportable, por lo que queda congelada en un estado de shock. Y como resultado uno queda fragmentado en múltiples pequeñas burbujas de emoción dolorosa que no se hablan entre sí, y que quedan soterradas en lo más profundo del inconsciente durante años o décadas.

En los últimos años de intenso crecimiento personal he ido sacando cada una de estas burbujas a la superficie consciente y liberando su dolor emocional. Una parte de mí se abrazó a la muerte y la deseó con todas sus ganas. Mientras otra parte de mí intentó negociar con la vida hasta el final como lo haría un bebé que patalea, solloza, pone cara de pena y sigue rogando encarecidamente que le demos lo que imperiosamente necesita ahora mismo. Otra parte de mí se sintió tan pequeña, tan incapaz y tan impotente que tardó todo este tiempo en recuperar su autoestima. Estas son solo las últimas tres que he recordado, reconocido y liberado.

los eventos más insignificantes de mi presente

Y por ello ahora reconozco como reaccionaban a los eventos más insignificantes de mi presente durante todos estos años. Me ponía crema en la cara por la mañana, por ejemplo. Pensaba que si no lograba ingresar más dinero ya no podría comprar más crema. Me sentía pequeña e impotente de nuevo. Sentía ganas de abandonar y entregarme a la ruina (o la muerte) otra vez.

Sentía un conflicto interno en mi mente intentando dilucidar escenarios estratégicos en los que pudiese resolver mis problemas de dinero. Y también sentía pánico irracional ante lo que iba a ocurrir cuando me quedase sin dinero. Sentía pánico a morir. Otra de las burbujas que trabajé en los últimos meses.

hacer la compra al mercadona y empezar a sentirme fatal

Hace tan sólo unos meses aún no podía identificar todas estas reacciones exageradas y simultáneas. Recuerdo ir a hacer la compra al mercadona y empezar a sentirme fatal. Salí de la tienda y dediqué un buen rato a calmarme, llorar, y soltar todas las emociones extremas que me habían entrado durante el acto cotidiano e insignificante de hacer la compra.

Visto desde donde me siento hoy, entiendo que en esa tarea típica del hogar yo había vuelto a revivir mi combate con la muerte, y que mis emociones y reacciones al supermercado y a la decisión de elegir un producto u otro no tenían nada que ver con Mercadona. Eran las reacciones que yo había tenido en mi combate con la muerte hace más de 47 años.

trabajando desde afuera hacia adentro

El gran pozo negro que me había engullido regularmente durante toda la infancia y adolescencia contenía todos mis traumas anteriores, pero también este primer combate con la muerte. En los últimos diecisiete años de inversión total en mi reinvención personal fui quitándole fuerza al pozo. Cada año me sentí mejor que el año anterior. Fui conquistando capas de dolor, trabajando desde afuera hacia adentro. Hasta que llegué al primer trauma, y el más terrible.

el profundo desconocimiento de nuestra sociedad

Desde donde me siento hoy me azuza más que nunca el profundo desconocimiento de nuestra sociedad del mundo emocional e inconsciente. Yo misma he tardado tantos años en comprender estos mecanismos tan complejos y misteriosos de reacción al peligro, congelación de respuestas emocionales, desconexión y negación durante años o décadas hasta que uno aprende a enfrentarse a los tsunamis de su propio pozo negro sin fondo. Y si no lo hubiese vivido en primera persona no creo que fuese capaz de entenderlo como lo veo ahora.

me maravilla la profunda perfección

Y al mismo tiempo me maravilla la profunda perfección de estas dinámicas. Tanto como al Dr. Benito le fascina el proceso “perfectamente orquestado” de transición que es la muerte de sus pacientes de oncología. La parte de mí que quedó congelada en una actitud de negociación infantil por su vida preguntaba constantemente al mundo, “ ¿por qué me estás haciendo esto?”

Hasta que hace un par de días escuché una respuesta en mi interior: “Para hacerte más grande.”

lo que parecía un castigo había sido un regalo

Ahora me hace sonreír lo que tanto me ha hecho llorar, rabiar y temblar durante tantos años. Me había tomado este primer embiste de la muerte como un ataque personal. Me había sentido desquerida por la vida. Abandonada, olvidada, tirada a la basura.

Y resulta que no había sido más que un reto brutal. Un órdago destinado a cultivar mi valentía, mi voluntad de sobrevivir, mi capacidad de sufrimiento y mi persistencia. Había sido elegida para superar algo que casi nadie supera. Y hoy puedo por fin decir que lo he superado. No solamente he sobrevivido a mi primer combate con la muerte y todo lo que vino después. He recuperado la capacidad de vivir plenamente y he saneado todas las secuelas y heridas que me dejó.

la muerte ha resultado ser mi mejor maestra

Todo lo que me honra de ser yo a día de hoy ha salido de mi lucha vitalicia contra las dificultades. Y ahora puedo decir con conocimiento de causa que eso de que “quien no resuelve sus luchas es débil o tonto o lo que le gusta es la lucha” es pura ignorancia.

En mi caso, la muerte ha resultado ser mi mejor maestra. Como lo es en muchos mitos indígenas de muchas culturas, y en leyendas poco científicas a las que nuestra sociedad discrimina en favor de lo inteligente y lo tangible. Igual que discrimina a lo femenino en favor de lo masculino, a lo Natural en favor de lo rentable, y a la muerte en favor de la vida.

Claramente he llegado hasta aquí para reivindicar lo femenino, lo Natural y a todo el que sabe enfrentarse a la muerte para promover la vida. Como reza mi singular marca personal:

¡Abraza Lo Salvaje!

El mito del “Si quieres, ¡puedes!”

Hace veinte años me creí al 100% este mensaje tan manido por los conferenciantes motivacionales de que “si quieres, ¡puedes!”. Me esforcé a tope durante años, o décadas, y apliqué concienzudamente todos los conocimientos que fui aprendiendo en los MBAs y los cursos en los que invertí para seguir creciendo como ejecutiva y como empresaria. Nadie me preparó para los descalabros que vendrían después.

Por mucho que quise, no pude.

Por mucho que quise, no pude. Y cuando a finales de 2009 volví a casa de mis padres con una mano delante y otra detrás, hundida en la realización de que lo había perdido todo tras el fallo total de la empresa que monté – y que no me había casado ni tenido hijos -, concluí que, si querer era poder, entonces algún defecto gordísimo debía yo tener para haber acabado así.

Los diez años que siguieron a ese fatídico día me ayudaron a comprender que la vida no es igual para todos, y que no, el éxito no siempre depende de la cantidad de esfuerzo que le pongas. Ni siquiera depende de que desarrolles grandes cualidades o acumules valiosos conocimientos. Hay muchas personas muy esforzadas y valiosas que no tuvieron éxito, y hay muchas personas con éxito que no pueden presumir de grandes esfuerzos o valiosas cualidades. Los vemos todos los días en las noticias.

cantamañaneo motivacional

Esta semana me topé con un artículo típico de esta corriente de … no sé ni cómo llamarlo … cantamañaneo motivacional. El autor prometía el éxito a quien comprase su libro y se esforzase en perfeccionar las cinco habilidades (¿o siete? ¿Qué más da?) descritas para desarrollar don de gentes. Contesté en un tuit que este tipo de artículos me hacían reír. ¡Por suerte se lo tomó con humor!

Más me río aún si recuerdo que mi primer libro se llamaba “El éxito en seis cafés”. Al igual que el autor del artículo, yo en esa época seguía creyéndome el cuento de que había un manual o un método para lograr el éxito. En ese libro esbocé un método para hacer networking. Es el libro que más popularidad ha cosechado de los cuatro que he publicado. No hay nada que nos guste más en esta sociedad que una promesa de éxito asegurado.

Hace diez años yo aún no sabía lo mucho que no sabía

Hace diez años yo aún no sabía lo mucho que no sabía sobre los misterios del comportamiento humano y los secretos del caprichoso destino. Lo que yo descubrí sobre mí misma en esta etapa que suelo llamar, medio en broma medio en serio, “la iniciación del monje tibetano en versión Bridget Jones”, es que además de mi mente consciente había otra inteligencia operando en mí. Otra inteligencia que elegía socios de trabajo o situaciones en base a criterios poco o nada racionales. Esa inteligencia se oculta en lo que llamamos la mente inconsciente, y su lógica se parece más a la de un animal salvaje que a la nuestra. De ahí que mi mensaje actual sea “Abraza Lo Salvaje”.

Descubrí, por ejemplo, que yo tenía muchísima prisa en triunfar, y que tomé muchas decisiones cuestionables en el ritmo de inversión y crecimiento de mi empresa porque esas prisas me empujaban. Ahora sé que todas las prisas esconden un movimiento de huida: nuestro cuerpo y nuestra mente inconsciente sienten unas ganas irrefrenables de correr hacia adelante porque se están escapando de algo que no saben manejar. Algo que está dentro de nosotros, en ese fondo inconsciente lleno de emociones salvajes, y a veces, hasta volcánicas.

También acabé dándome cuenta de que la dinámica que yo creé en mi empresa sin saberlo y sin poderlo evitar fue exactamente la misma dinámica que había existido siempre en mi familia original: yo hice de madre comprensiva de todo el mundo mientras todos se aprovechaban de mis recursos y mis cuidados. Y cuando se me acabó el dinero me dieron de puntapiés en las espinillas y se quejaron con todo el que quiso escuchar de lo mala que yo había sido.

el enorme poder de lo salvaje dentro de nosotros mismos

Estas dinámicas que todos traemos impresas en la mente y en el cuerpo marcan nuestro comportamiento precisamente porque no las vemos y no las sentimos actuar. Las repetimos porque las aprendimos en casa de nuestros padres en los primeros años de vida, y por mucho que queramos resistirnos, nos arrastran con la fuerza de mil tsunamis. He ahí el enorme poder de lo salvaje dentro de nosotros mismos.

Cada uno tiene sus propias dinámicas esculpidas en la mente, y son los problemas, los errores y los disgustos cotidianos quienes nos dan las claves para empezar a identificarlas y disolverlas. Es como si estuviésemos programados sin saberlo, y en la medida en la que vemos que se repiten cierto tipo de resultados indeseados, empezamos a ver el patrón y a poder cambiarlo.

Frente a estas dinámicas del inconsciente no se puede ir por mucho que uno quiera.

Frente a estas dinámicas del inconsciente no se puede ir por mucho que uno quiera. Yo lo sé por propia experiencia, pero esta es una verdad profunda que sólo algunos nos atrevemos a admitir. Cuanto más profundo, y más antiguo, es el molde o la dinámica familiar que nos han impreso, más años o décadas requiere resolverlo. Lo malo de los fallos de nuestra infancia no es que nos hiciesen la infancia más dura, sino que nos formatearon para toda una vida más complicada que la de los demás. Lo que para unos es cuestión de quererlo, para nosotros resulta imposible por motivos invisibles.  

¿Quiere esto decir que es mejor rendirse de antemano? No, claro que no. Quiere decir que debemos aplicar el esfuerzo lógico, y luego debemos rendirnos ante los resultados para aprender de ellos lo que aún no sabemos de nosotros mismos. Aplicar un esfuerzo razonable y luego retirarnos para observar la jugada como lo haría cualquier deportista de élite. Y si podemos alguna vez contratar a un profesional que nos ayude a ver detalles que nosotros no vemos, mejor todavía.

tengamos éxito o no, es la inversión en crecimiento personal el que nos distingue claramente de nuestros iguales

La verdad de la que deberíamos estar hablando todo el rato en los foros de directivos y empresarios, pero no hablamos nunca, es que tengamos éxito o no, es la inversión en crecimiento personal el que nos distingue claramente de nuestros iguales. Deberíamos estar hablando de todos estos patrones y dinámicas inconscientes que nos arrastran,  de cómo hemos logrado hacernos más conscientes de ellos, de cómo hemos sobrevivido a emociones terribles, y de cómo es esta lucha de crecimiento y no otra la que nos ha convertido en personas dignas de admiración.

Seamos más ambiciosos. Aspiremos a ser héroes

En la foto de arriba he puesto la Piedra del Destino del Monte de Tara, donde coronaron a 142 Altos Reyes Celtas en Irlanda. En estos rituales de selección y coronación se buscaban corazones puros, capacidad de auto-sacrifico y servicio, veneración por la Naturaleza … se ensalzaba a los hombres que habían luchado contra sí mismos para reinventarse de nuevo. Y se ponían como ejemplo a quienes se habían atrevido a fracasar y perder con tal de crecer como personas.

Querer no es poder. Poder depende de muchas cosas que aún no sabemos sobre nosotros mismos y sobre la vida. Y si lo que uno quiere no es más que el éxito, no se atreverá nunca a hacer el camino que esculpe a un héroe.

Seamos más ambiciosos. Aspiremos a ser héroes, y dejemos de decir sandeces dignas de galletita china de la fortuna. ¡Abracemos lo salvaje!!

La dualidad de Fin de Año

¡Somos seres extraños! Cuando llegan estas fiestas nos desdoblamos más que nunca en dos versiones totalmente opuestas de nosotros mismos: la súper feliz y la súper no-feliz. Nos agarramos compulsivamente a la primera para intentar negar a toda costa la segunda, y pasadas las festividades alcoholizadas y llenas de excesos del 24 y 25 nos damos de bruces con el final del año, frente al cual la segunda versión de nosotros mismos coge fuerza.

Cuanto más presumimos de felicidad en twitter o Instagram, más hay que preguntarse por qué necesitamos que todo el mundo sea testigo de nuestra dicha.

En tiempos de triunfalismo y psicología positiva está bastante prohibido confesar que uno no es feliz ni se siente triunfador. Un vistazo rápido a las redes sociales nos delata como especie. Cuanto más presumimos de felicidad en twitter o Instagram, más hay que preguntarse por qué necesitamos que todo el mundo sea testigo de nuestra dicha. ¿Será que necesitamos convencer a los demás para ver si así nos convencemos a nosotros mismos?

A mí me han llegado unos cuantos whatsapps llenos de pasteles y pajaritos. Los deseos de paz, salud, amor y demás bendiciones para el 2020 se me hacen anacrónicos cuando pienso en quién me los envía y cómo ha sido su 2019 y el mío. ¿De qué sirve desear tópicos hiper positivos y novelescos cuando sabemos que nuestra realidad dista mucho de estas fantasías? Parece otra serie de televisión distópica imaginando un futuro y un presente distintos al que conocemos.

No puedo tener un 2020 feliz ni pacífico si no enfrento el dolor o la tristeza que no he sabido procesar en 2019.

Y aquí está la trampa de nuestra dualidad emocional. Cuando más nos empeñamos en escapar a la infelicidad, más nos agobia, más nos atrapa, y más nos encierra en comportamientos compulsivos y errores repetitivos. No puedo tener un 2020 feliz ni pacífico si no enfrento el dolor o la tristeza que no he sabido procesar en 2019. Y todas las cosas malas que me han pasado en el 2019 han sido precisamente las oportunidades, o las provocaciones del destino, que me ayudaron a enfrentarme al dolor interno del que tanto me escondo.

Por mucho que queramos pasar unas Navidades súper felices, y por muy lejos que nos vayamos a paraísos soleados con playas paradisíacas, nuestro cuerpo sabe perfectamente que es un momento de hacer balance del año y de lo que llevamos vivido. Podemos encontrarnos en fiestas lujosas llenas de extraños guapos y bien vestidos que intentan aparentar una alegría y diversión imposibles con todo su empeño.

Y mientras nosotros hacemos lo mismo, habiendo pagado un buen dinero por escapar de nuestra vida real para estar en esa isla remota con desconocidos estilosos, nuestro cuerpo y nuestra mente inconsciente – íntimos aliados a nuestro servicio – nos recuerdan cada hora y cada pausa el dolor que aún no hemos resuelto. Entonces decidimos silenciarlos definitivamente con una lista de propósitos de año nuevo tan imposibles como la falsa alegría de las fiestas que nos hemos montado.

Esta es la dualidad de nuestros tiempos.

Esta es la dualidad de nuestros tiempos. El esfuerzo sin tregua por ser felices como los demás – o como nos venden los demás, atrapados en la misma dualidad que nosotros – y el arrastre sin compasión del tiempo, que nos acaba llevando antes o después a encontrarnos con la realidad de la que tanto nos escapamos.

Como decían algunos sabios indígenas, la única forma de vencer al dolor es atravesarlo. No hay escapatoria. Con mucho gasto y mucho esfuerzo podemos comprar tiempo, y posponerlo al futuro, pero nada más. Al final del camino está ahí esperándonos, atrapándonos cuando se nos acaban las fuerzas o el dinero para seguir actuando y gastando en falsas felicidades.

Y lo curioso de todo esto es que atravesar el dolor no es tan terrible como parece. Sería menos terrible si no tuviésemos que escondernos de los demás felices compulsivos para hacerlo, eso es cierto. Es muy difícil ser el único hundido en su tristeza cuando todos los demás se empeñan en que te pongas contento. Pero superado el complejo de integrarte en la masa feliz por compromiso, enfrentarte a tu dolor es liberador.

¿Por dónde empezar? Por las pausas.

¿Por dónde empezar? Por las pausas. Por los momentos en los que nadie te está buscando. Ahí es donde el cuerpo empieza hablarte de su verdad. En ese momento surgen los recuerdos temidos y las lágrimas o las rabias o los miedos. Lo único que hay que hacer es respirar hondo y dejar que atraviesen nuestro cuerpo y nuestra mente durante un ratito. El rato que podamos dedicarles. Sin más.

Quienes sepan enfrentarse a su dolor estas Navidades no tendrán que hacer propósitos de año nuevo. No necesitarán hacer promesas de futuro porque estarán por fin enfrentados a su presente. Y sabrán que todas las emociones confusas y poco positivas que les genere este final de año serán simplemente voces de su pasado pidiendo tiempo y atención. Ni son monstruos ni nos van a engullir para siempre. Al revés. Son oportunidades de rendición y liberación.

Os deseo que este 2020 aprendáis a trascender los dolores que no habéis podido resolver antes de ahora, y que perdáis el miedo a sentir emociones negativas.

Por ello os deseo a todos algunas pausas de soledad e interiorización este final de año. Os deseo que este 2020 aprendáis a trascender los dolores que no habéis podido resolver antes de ahora, y que perdáis el miedo a sentir emociones negativas. Que descubráis la alegría auténtica y creciente que surge en el cuerpo que se ha liberado de su dolor escondido. La fuente de juventud eterna que viene de hacer mucho crecimiento personal.