CEOs en vías de extinción

Los CEOs son animales muy particulares que recelan del coaching por diseño biológico. El nuevo contexto económico, sin embargo, pone más foco que nunca en ellos, presionándolos como a una especie en peligro de extinción, a menos que encuentren una definición completamente nueva de lo que significa ser CEO.

Mientras que hasta ahora el CEO se ha apoyando en todo lo que lo hacía fuerte e invencible, la nueva normalidad impone un nivel de incertidumbre tan brutal, que la invencibilidad se convierte en una debilidad crítica. Para fluir con tantos cambios imprevisibles nuestros CEOs necesitan descubrir la vulnerabilidad que los hará más flexibles y fluidos.

supermanes de nuestro tejido económico

Nos guste o no, nuestros CEOs son quienes más presión aguantan, pero menos ayuda piden. Son personas altamente preparadas con un enorme desarrollo intelectual. Dedican mucho tiempo y esfuerzo a seguir aprendiendo y cultivando su mente racional. Tienen un elevado nivel de auto-exigencia, son trabajadores incansables y concienzudos, siempre en busca de nuevas mejoras de eficiencia.

Son la cima organizacional a la que llegan todos los problemas irresolubles, y sobre la que políticos, medios y demás actores externos aplican máxima presión. Cargan sobre sus hombros con la responsabilidad de mantener a cientos o miles de familias, lo que los convierte también, irónicamente, en los cimientos de todo el tinglado. En cierto modo son los supermanes de nuestro tejido económico, aunque no lleven capa ni firmen autógrafos.

¡despega la nariz del objetivo!

Ahora bien, los CEOs no muestran debilidad casi nunca, y viven tanto tiempo al día en esa cima solitaria que tampoco encuentran a nadie capaz de entender la complejidad de sus retos profesionales y existenciales. Tienen la nariz tan pegada al palo del que cuelga el premio que nunca se les ocurre separarse del todo para inventar otras reglas de juego.

Y aquí es donde entro yo. Una vez me dijo una CEO que yo “era lo que los ingleses llamaban un espíritu libre y los españoles apelan una mosca cojonera”. Hace veinte años que me lo dijo, y me hizo mucha gracia porque era verdad. Poco sabía yo que mi camino no iba a dirigirse hacia las esferas de la alta dirección, sino más bien hacia esta otra posición paralela que ocupo hoy.

¿Cómo ayudar más rápido a más CEOs?

Llevo más de dieciséis años retando a CEOs y empresarios a ver sus realidades desde otra perspectiva completamente diferente. Es una labor ardua, difícil y poco agradecida sacar estas brillantes cabezas de sus datos, palabros estratégicos y discursos de singularidad para reconectarlos con la parte de sí mismos que no es racional. La parte que manda en sus reacciones y decisiones mucho más de lo que les gusta pensar.

La pandemia ha detonado un subidón de incertidumbre que exige lograr más cuanto antes. De ahí que me haya aventurado a publicar un quinto libro en el que expongo mi método. He puesto por escrito todo lo que uso y digo en cientos de procesos de coaching a CEOs, empresarios y altos directivos. “¡Abraza Lo Salvaje!” es, como su nombre indica, “la guía definitiva de coaching para CEOs llamados a liderar la Nueva Normalidad”.

CEOs vivos más salvajes, o CEOs en museos

Es una invitación a nuestra élite directiva a salir de las actitudes híper racionales y lógicas que los obligan a repetir respuestas parecidas – y algo robóticas – para encontrar nuevas avenidas de mejora y crecimiento en el enorme y misterioso mundo de las emociones. Porque la lógica de nuestras emociones es la lógica que convirtió al león en rey de la selva. Es curvilínea e impredecible, potente como un volcán. 

Abraza Lo Salvaje es, pues, una oportunidad para alejar a los CEOs de la inmediatez operativa y aprender a explorar otro mundo paralelo en el que la lógica imperante no es racional sino salvaje. Se trata de integrar en su rutina cotidiana la figura del tigre agazapado de la que hablan las artes marciales.

El momento más peligroso del tigre es cuando se encoge para concentrar toda su potencia en un salto mortal. El libro nos propone pautas sencillas y rápidas que ayudan al empresario a empezar a hacer este movimiento de retirada de lo racional e inmersión en su propio inconsciente. Los introduce poco a poco en el mundo invisible de las emociones, instintos y dinámicas inconscientes que siempre han definido sus respuestas y limitado sus salidas. Y romperlas.  

recuperar el instinto que siempre hemos tenido

La total incertidumbre que caracteriza esta nueva normalidad nos ha sumido a todos en la niebla más impenetrable. Los CEOs que sigan haciendo lo que siempre han hecho como trenes de alta velocidad tienen muchas más probabilidades de caer por un precipicio que de acertar. Para intuir qué camino seguir necesitarán el olfato, el instinto y la adaptabilidad de los primeros Homo Sapiens llamados a conquistar el mundo hace doscientos mil años.

El cuerpo y la mente humana no han cambiado en todo este tiempo. Seguimos siendo la especie mejor equipada para sobrevivir y dominar nuestro entorno, incluido al rey de la selva. Tan sólo necesitamos recuperar el uso de nuestra esencia menos racional. Abrazar Lo Salvaje es la propuesta de un ingeniero industrial para sacar a nuestros directivos de su ensimismamiento racional, obsesionado con la eficiencia. Es el caminito de piedras que los lleva a entregarse al tigre o el león que llevan dentro … y convertirse así en los reyes de la selva impenetrable que es la nueva normalidad.  

Seguir igual NO es una opción

Me temo que en los tiempos que corren quedarse quieto y repetir lo que has hecho hasta ahora definitivamente no es una alternativa. Si quieres sobrevivir, aprende a abrazar lo salvaje y a surfear las olas de cambio como si volvieses a ser un chaval. ¡Vienen curvas!

¿Estás oxigenando a tu empresa?

Todos tenemos claro que sin oxigeno no podemos vivir. Sabemos que la mejor forma de relajarnos y  centrarnos en cualquier situación es respirar grande y suave. Entonces  ¿Por qué no lo hacemos para nuestra empresa?

La empresa ES un organismo vivo. Tiene alma, aunque nuestras mentes racionales no lo crean. Es una especie de conciencia colectiva, como una nube invisible flotando sobre nuestras cabezas. Esa nube contiene todas las emociones y sensaciones de todos los integrantes de la organización  sin importar la distancia geográfica entre ellos.

Es lo que llamamos ambiente, clima laboral, o cultura. Es ese algo intangible que se respira cuando entras en sus oficinas. Lo sientes en la piel y en los huesos aunque no prestes atención a esas sensaciones ni llegues a ponerlo en palabras.

las culturas y las plantas, las grandes olvidadas

Y este anima etérea se parece mucho a las plantas que decoran sus despachos. Cuando nadie las riega se ablandan y desploman lentamente. Basta echarles un vaso de agua en la maceta para que, pasado un ratito, se yergan impetuosamente hacia arriba de nuevo. Reviven enseguida.

Las culturas (y probablemente muchas plantas) de nuestras organizaciones son las grandes olvidadas de esta nueva normalidad. Nos hemos ido a teletrabajar y ya nadie se acuerda de regar las plantas ni oxigenar nuestro ambiente de equipo o familia laboral.

Tampoco éramos muy buenos en esto de oxigenar a la empresa antes de la pandemia. La pobre malvivía con los desayunos en la cafetería, las reuniones diarias, los corros en los pasillos. El roce físico y presencial de vernos, oírnos -¡y olernos!- nos mantenía conectados y expuestos al ambiente laboral. Lo alimentábamos con nuestra presencia y al mismo tiempo nos nutría o devolvía la vibración colectiva del conjunto.

Eran lentejas. Las comía o las dejaba la pobre. Pocas empresas invertían tiempo y recursos en oxigenarla y cuidarla de verdad. Ahora menos.

Oxigenar la empresa es hacer fluir sus emociones

¿En qué consiste oxigenar a la empresa? En hacerla respirar. Al respirar todo se mueve y se reaviva como un fuego. Al respirar fluyen las emociones y los sentimientos entre unos y otros.

Una persona respira moviendo la caja torácica. Induce así la relajación porque todo lo que se había quedado tieso y estanco vuelve a moverse y ablandarse. Mejora su percepción de sus propias sensaciones y sentimientos porque ahora vibran o resuenan con el movimiento. Recupera fluidez, flexibilidad, y, a veces, ¡hasta ganas de bailar!

Una organización respira estimulando la comunicación entre su gente. Cuanto más sentimiento y verdad hay en esa comunicación, más oxígeno, más relajación, más ganas de comerse el mundo. Cada vez que sus empleados conectan emocionalmente sobre algo, se genera complicidad, espíritu de equipo, alegría de compartir y lealtad. Se cimentan las raíces de lealtad y apego que mantienen a nuestros equipos implicados en el propósito de la empresa.

el teletrabajo olvida compartir el sentimiento

Lo que antes se generaba más o menos espontáneamente porque todos estábamos físicamente en el mismo edificio se ha detenido durante el confinamiento y la nueva era del tele-trabajo. Porque no es suficiente con llamarnos y resolver tres problemas seguidos rápidamente antes de colgar el teléfono. En esto no hay apenas sentimiento.

El oxígeno es el sentimiento que se mueve y se comparte. En el cara a cara las emociones fluyen a través de las miradas, los gestos, los tonos de voz. Vemos claramente la diferencia entre los andares ilusionados y cantarines de nuestro jefe al llegar por la mañana con respecto al paso lento, cansado y decepcionado que trae tras fracasar frente a un cliente.

Ahora no lo vemos. Algo intuimos en la frecuencia de sus emails. En los espacios entre las palabras de sus whatsapps, su empleo de emoticonos, y su participación en las reuniones por zoom. Y es verdad que nuestros cuerpos y mentes inconscientes se acostumbrarán en unos meses a interpretar con más fiabilidad el lenguaje no verbal que nos llega filtrado por tanta pantalla.

Pero el tele-trabajo nos lleva reducir los intercambios y comunicaciones a lo puramente esencial. Los silencios compartidos se pierden. Ya no hay tiempo para cotilleos o charlas sobre el partido de anoche. El perro ladra, el niño irrumpe con un problema de matemáticas a resolver. Ya solo nos escribimos o hablamos para sacar adelante tareas y proyectos. Comunicamos. Pero no oxigenamos.

Más que nunca nuestras empresas necesitan un esfuerzo deliberado y proactivo por abrir espacios de puesta en común de nuestros sentimientos. Hacen falta reuniones convocadas específicamente para compartir cómo nos sentimos, qué nos preocupa, y dónde vemos posibles ilusiones de futuro.

Sesiones con CanalCEO: respiradores de empresa

Con CanalCEO empezamos en julio unas sesiones sobre coaching por zoom. Una hora un martes a las cuatro de la tarde en la que todos nos conectamos para hablar de los retos que enfrentamos cada día. Se conecta quien quiere y puede, sin presión. En lugar de ponerme a hablar de un tema durante veinte minutos como si fuese una ponencia, lo que buscamos es que los participantes pongan sus inquietudes sobre la mesa.

aumenta la motivación

Hemos comprobado que aumenta la motivación de quienes se conectan. Al acabar se sienten más conectados con otras personas que también tienen dudas, momentos de dificultad y anécdotas complicadas. La soledad del tele-trabajador se transforma en pertenencia a un grupo de personas en su misma situación.

nuevos recursos y técnicas de coaching

Aportamos recursos y técnicas concretas para enfrentar los problemas que se van planteando durante la sesión. A veces hacemos una relajación o visualización guiada de unos pocos minutos. A menudo cito ejemplos concretos de clientes que resolvieron conflictos en sus equipos, o mejoraron su motivación. Discutimos cómo lo hicieron, hasta qué punto funciona una técnica y cuando se queda corta.

más lealtad y pertenencia

Se crea un núcleo fiel de personas que se conectan con regularidad. Empezamos a reconocernos entre nosotros. Se crea un nuevo espíritu de equipo que puede llevar a los participantes a buscarse entre sí para seguir compartiendo y colaborando durante la semana. Estos espacios están tan centrados en compartir la realidad y la sensación que abren puertas, crean vínculos, tejiendo nuevas lealtades.

más libertad y responsabilidad

Generamos expresamente un espacio de respeto de la confidencialidad y la intimidad de todo el que se conecta. Quien quiera intervenir con cámara es bienvenido, pero quien prefiera no compartir su imagen y ceñirse al chat también es aceptado sin juicios ni comparaciones. En un espacio de puesta en común nadie puede hacerlo mal. No hay juicios ni competencia. Solo aceptación. Así crece la sensación de libertad, y con ella, la responsabilidad de protegerla.

más foco en el corazón

Por supuesto moderamos cuidadosamente las intervenciones para garantizar que el espacio oxigena, relaja y restaura al grupo en lugar de angustiarlo. Moderamos todas las intervenciones para que sean respetuosas con los demás, pero sobre todo para que vengan del corazón. No queremos juicios de valor ni teorías idealizadas. Queremos que cada uno hable desde su sentimiento, su experiencia y su vivencia.

Embajadores y animadores dan vida al espacio

Hemos aprendido con la práctica. Es esencial que la organización esté implicada con el espacio para que funcione. Necesita embajadores y animadores que recuerden a todos los empleados la existencia y los beneficios de este recurso. Ayuda mucho implicar a los referentes en las sesiones mediante entrevistas dirigidas no a favorecer intereses de nadie, sino a dar ejemplo. Cuando los altos directivos de la empresa comparten su lado emocional validan el espacio y dan confianza y consuelo a quienes están estresados y presionados.

Este tipo de espacios de puesta en común son más necesarios que nunca en nuestras organizaciones. Cuanto más sufren los efectos de la pandemia y los confinamientos, más emociones intensas hace falta expresar y relajar. Somos animales mamíferos, no lo olvidemos. Sentirnos escuchados y apoyados por la manada laboral a la que pertenecemos nos nutre y nos da fuerza para enfrentar lo que sea.

oxigenemos a la empresa para que coja fuerza

Aún no ha pasado lo peor. Las empresas que no se oxigenen serán presas más fáciles para la devastación provocada por el virus y la crisis económica. Necesitamos nutrir y reforzar nuestras empresas más que nunca.

Oxigenar a nuestras empresas nutre a nuestros empleados, de modo que ellos, a su vez, devuelven buenas vibraciones y fuerza a la conciencia colectiva de la organización. Sólo tenemos que catalizar y reanimar ese proceso cada vez que se estanque como si fuésemos respiradores mecánicos.

Cuanto más oxigenamos nuestra empresa, menos falta hacemos para que ella respire sola y coja fuerza.

Necesitamos CEOs más salvajes

Más que nunca necesitamos que nuestros CEOs y máximos dirigentes hagan un cambio de chip de 180º para afrontar la Nueva Normalidad de un mundo acosado por pandemias sin solución a la vista, crisis climáticas y todo tipo de sorpresas, incertidumbres, disgustos … y oportunidades para quien se atreva a buscarlas.

Las últimas décadas enfocadas a la formación conceptual y racional han generado una clase global de directivos altamente desarrollados a nivel intelectual y completamente infra-desarrollados a nivel emocional. Cuando la incertidumbre se vuelve tan generalizada en todos los mercados y continentes, sin embargo, son nuestras habilidades emocionales las únicas que nos orientan realmente, como siempre lo hicieron desde que el hombre es hombre, hace unos dos o trescientos mil años.

Dieciséis años buscando

En mis dieciséis años de dedicación exclusiva al coaching ejecutivo y la formación en liderazgo acabé desarrollando el enfoque “Abraza Lo Salvaje” para conseguir las mejoras de comportamiento sostenidas que buscaban mis clientes, todos ellos empresarios y directivos de alto nivel. Abrazar Lo Salvaje consiste en aprender a poner la mente al servicio del cuerpo y las emociones para desarrollar todo su potencial.

Seguí un proceso deductivo y de exploración como ingeniero industrial que soy, navegando distintas líneas de conocimiento, desde las más corporativas y científicas hasta las indígenas, alternativas o espirituales. Durante muchos años vivía una especie de esquizofrenia porque era la ejecutiva perdida en colectivos de fisioterapeutas, domadores de caballos y raros alternativos, y luego era la única loca hablando del inconsciente, animales e instintos en entornos académicos y foros de pensamiento empresarial.

otra lógica más grande y compleja

La consigna era simple. No me interesaba saberlo todo, ni tener éxito, ni demostrarle nada a nadie. Lo que yo quería era encontrar el secreto que cambia a los ejecutivos de forma definitiva. Y ese secreto se fue desvelando según me acerqué al mundo animal y la Naturaleza.

Comprendí que de cuello para abajo seguimos siendo animales mamíferos que se guían por sus instintos y emociones, y que la lógica de nuestros cuerpos no es la lógica de la mente racional, sino otra lógica diferente, más grande y compleja, que reina en todo el mundo animal. En la lógica de lo salvaje todos viven al servicio de la vida, el crecimiento, la mejora de la especie y la evolución.

¿la bolsa o la vida?

Ahora preguntémonos al servicio de qué o de quién están nuestros CEOs. ¿Qué los motiva? ¿Para quién trabajan en realidad? ¿Están nuestras empresas al servicio de la vida, la mejora de la especie y la evolución? ¿O se pierden en competiciones agresivas por el éxito que a veces sacrifica lo más importante con tal de ganar una vez más? ¿Es esto lo mejor que sabemos hacer?

Hemos creado una economía global en la que la mente controla y reprime a la pasión porque tenemos miedo de su fuerza. En la lógica de la mente nuestros objetivos son ganar dinero, tener éxito, vivir la vida fácil y mantenernos cerca del poder y el privilegio para no sufrir, dejando que sean otros alejados de nosotros quienes paguen el pato.

Tan integrada está esta lógica en nuestra sociedad que muchos CEOs sacrifican sus verdaderas vocaciones y sus idealismos de juventud para encajar en moldes grises, previsibles, al servicio del poder y del éxito que les otorgan las opiniones y los intereses de otros. Y claro, en su fuero interno, donde nadie los ve,  se preguntan luego qué fue de su vigor y valentía juvenil.

de cuello para abajo

En la lógica salvaje del cuerpo y la mente inconsciente, sin embargo, el objetivo es superarnos a nosotros mismos cada día. Buscar retos llenos de honor y propósito para crear mundos mejores para todos: vivir cada día con más pasión, más fuerza, más valentía, más humanidad. De cuello para abajo liderazgo no significa estar al mando o ser el más importante, sino fluir y adaptarse perfectamente a cada situación que aparece.

Cuando digo de cuello para abajo me estoy refiriendo a la simple realidad de que nuestro cerebro no se limita a la materia gris contenida entre nuestras orejas, sino que se extiende hacia el resto de nuestro cuerpo a través de la médula ósea y la infinita red de células nerviosas que conectan cada centímetro de nuestra piel, músculos y órganos internos con nuestra mente. Todo ese fascinante sistema nervioso autónomo se llama así porque va por libre. Tiene su propia voluntad, o Will en inglés, origen de la palabra Wild.

menos pensar. más sentir

Ese cuerpo que nos empuja a vivir a fondo y a crecer en profundidad cada día es el resultado de millones de años de I+D evolutivo. Está diseñado para adaptarse perfectamente a cualquier reto o situación … si lo dejamos hacer lo que mejor hace: sentir. Sentir la presencia de un depredador, sentir los comienzos de una tormenta lejana, sentir lealtad a nuestras raíces ancestrales y sentir ganas de sacrificar lo nuestro para crear algo más grande que nosotros.

Abrazar lo salvaje significa recuperar esa sabiduría instintiva que vive en nuestra mente inconsciente e irracional. Convierte a las emociones y los instintos en los generadores naturales de pasión, motivación, innovación, movimiento y liderazgo, donde la mente no controla ni suprime, sino que dirige, potencia y canaliza … sintiéndose siempre joven y fascinada por cada nuevo reto de superación.

CEOs con agallas

Yo ayudo a directivos y empresarios a mejorar su rendimiento enseñándoles a aprovechar la potencia, la sabiduría y la valentía de su lado salvaje. Abrazar Lo Salvaje es el camino más corto a nuestra versión de máximo rendimiento porque nos enseña a dejar de pelearnos con nuestras emociones y aprender a canalizar la fuerza bruta que nos aportan.

No necesitamos CEOs reprimidos que no saben leer sus propias emociones ni las de su gente y que necesitan controlarlo todo constantemente para funcionar dentro de un molde predefinido por intereses, mercados o inversores a veces dudosos y egoístas.

No. En Esta Nueva Normalidad lo que necesitamos son CEOs con agallas al servicio de la vida, el crecimiento y la evolución. Necesitamos CEOs que pongan sus poderosas mentes al servicio de la sabiduría de sus tripas y su corazón. En definitiva, necesitamos CEOs más salvajes.

Juicio Final

Esta semana ha removido muchas emociones en muchos españoles al conocer la salida de España del Rey Emérito Juan Carlos. Unos lo han lamentado profundamente mientras que otros han aprovechado para bailar sobre la tumba de la reputación de un hombre que ha sido, como todos, el producto de sus circunstancias.

Es fácil juzgar a los demás, más aún cuando no tenemos toda la información relevante. Juzgamos a este hombre, no con todos los datos pertinentes a su experiencia y el trasfondo de sus decisiones, sino más bien apoyados en el montículo de nuestras propias experiencias y sentimientos. El juicio que emitimos cada uno sobre él dice más de nosotros que del objeto de nuestros comentarios.

Quién no ha salido mal

Muchos directivos y empresarios han sufrido dolorosas salidas de las empresas por las que han dado años y décadas de sus vidas. A menudo estos episodios están cargados de humillación, linchamientos ignorantes y escarnios similares a los que hemos visto en las redes sociales estos días. Cuanto más poder y más influencia, más grande es la hoguera en la que son quemados. En estos momentos son pocos los que salen a la palestra a valorar méritos o aportaciones del sacrificado, y muchísimos más quienes disfrutan retomando y estirando cualquier falta o pecado que haya podido cometer.

Pero en realidad el único juicio que importa es el del protagonista. Esa mirada que uno se ve obligado a enfocar sobre sí mismo, su pasado, sus errores y aciertos es precisamente una nueva oportunidad de redención porque abre el camino a la toma de responsabilidad y el crecimiento personal.   

Quién nos juzga realmente

En muchas religiones se cultiva la imagen poderosa de un juicio final. Tenemos la idea de que al final de nuestras vidas nos presentaremos delante de un juzgado celestial en el que seres místicos nos darán un veredicto global sobre nuestras vidas. Ese jurado puede englobar a seres celestiales y mundanos, y representa de alguna manera al mundo entero que nos mira y nos evalúa sin que podamos esconder ni maquillar nada de nuestro pasado.

Pero claro, esa mirada que todo lo ve y todo lo sabe no puede ser otra que la nuestra. En realidad somos nosotros quienes nos juzgamos a nosotros mismos en ese juicio final. Como dijo Gandhi, aquél que se pelea con el mundo se está peleando también consigo mismo. El mundo que nos rodea es un reflejo de nosotros mismos, y esa noción de juicio final no es más que un encuentro final con nosotros mismos a través de un espejo que lo ve y lo enseña todo.

A nadie le importa nuestra vida más que a nosotros mismos. Nadie tiene más información sobre nuestras circunstancias, emociones, deseos y debilidades que nosotros. Por mucho que quieran presumir propios y ajenos de saber lo que no sabemos nosotros de por qué hemos hecho esto o aquello, lo cierto es que están opinando desde una ventana de observación muy pequeña y alejada.

expertos y sabelotodos

A lo mejor un experto se asoma a la ventana y ve un detalle sobre nosotros que no habíamos remarcado. Si es realmente experto sabrá cómo ofrecernos esta perspectiva sin herirnos y sin pretender cambiarnos o manipularnos. Si por el contrario insiste en que nos va a revelar la verdad absoluta sobre nuestra vida, o se la va a revelar a quien le escuche mientras ardemos en la hoguera, sabremos que es un ignorante, un canta-mañanas o un metomentodo a quien más vale alejar y olvidar.

A menudo hace falta una humillación o una caída en desgracia pública para dejar de correr hacia adelante y enfrentarnos por fin a las consecuencias de nuestros actos. La vida nos obliga a parar en seco y nos invita a retirarnos a alguna cueva perdida en la que no nos mire nadie mientras empezamos a mirar quiénes somos y asumir lo que hemos hecho para acabar aquí.

Nadie que no haya sufrido una expulsión deshonrosa puede imaginar lo amargo de un trago así, ni puede creer que a menudo los eventos desencadenantes están plagados de injusticias, traiciones, cobardías y abandonos de supuestos aliados y amigos. Quienes se regodean con el dolor del humillado demuestran su ignorancia y su infantilidad. Estas cosas pueden ocurrirle a cualquiera por muy honrado y pulcro que haya pretendido ser.

la grandeza del culpable

Y una vez que uno traga con esta amargura, se retira a reflexionar y se juzga a sí mismo desde esos nuevos ojos que le otorga la derrota, emerge lentamente una nueva versión de sí mismo más grande, más sabia, más generosa y más humana. Esto lo decía Bert Hellinger. El culpable es más grande que el inocente porque sabe cuánto duele pecar y ya nunca volverá a tropezar con esa misma piedra. El inocente, sin embargo, aún puede hacer toda clase de tonterías.  

Hay más crecimiento a lograr en un camino errado que en uno sin tacha. Vive más y sabe más quien arriesgó y perdió, quien hizo daño y no pudo deshacerlo después. También entiende más y perdona más fácilmente las debilidades y los fallos de los demás porque lo ha sufrido en primera persona.

La historia del Rey Emérito es, pues, una gran lección de vida para todos los que observamos desde nuestras pequeñas ventanas anónimas. Mientras él procesa sus emociones y examina su conciencia en el refugio alejado que tanto intentan adivinar los periodistas, nosotros podemos también examinar lo que estamos diciendo de él para analizar lo que sin querer estamos revelando sobre nosotros mismos.

el campo más allá

Recuerdo una frase de Rumi que me cautivó cuando la leí: “Más allá de las ideas del mal hacer y del buen hacer hay un campo. Ahí te espero.” Es bellísimo pensar que el objetivo de vivir no es hacerlo todo bien para presumir en un grandioso juicio final de las mejores valoraciones como si fuesen likes en Instagram, sino más bien vivir experiencias buenas y malas para dejarnos transformar por ellas. Acertar y errar, ganar y perder, amar y odiar, y luego compartir en ese campo del más allá con ese amigo  también aguerrido lo mucho que nos moldearon y nos enseñaron todas ellas.  

Ser destronado duele muchísimo. Pero el dolor es el mejor maestro. El dolor convierte un trozo de carbón en un radiante diamante de humanidad y sabiduría. Emerge así el verdadero líder de entre sus propias cenizas.

Incertidumbre se escribe mejor en femenino

El coronavirus ha transformado profundamente nuestro modelo de vida. Ayer el director general de la Organización Mundial de la Salud alertaba de que “no habrá retorno a la vieja normalidad en un futuro previsible.” La incertidumbre ha secuestrado nuestros modelos de negocio para un rato largo, y frente a este contexto, nuestro lado femenino se vuelve imprescindible.

75 años de desarrollo en clave masculina

Nuestra generación profesional se ha desarrollado en un entorno esencialmente lineal. Desde el final de la segunda guerra mundial las economías occidentales se lanzaron a un desarrollo económico y tecnológico generado por la mejora progresiva de la calidad material de vida. Apareció la clase media, se compró un piso o una casa y electrodomésticos que liberasen la mano de obra del hogar. Y luego se repitió este modelo en ciclos de progreso tecnológico cada vez más rápidos hasta pegar un frenazo de órdago frente a la pandemia del 2020.

Nuestras acciones y nuestros planes estratégicos eran lineales. El contexto social y político de las economías desarrolladas era estable y nuestras economías crecían libres de grandes sobresaltos. Desarrollamos teorías y modelos económicos siempre basados en quién tenía la tecnología más potente, quién llegaba primero, o quién conquistaba el mercado. En nuestra mentalidad híper lineal pretendíamos seguir creciendo sin límites.

Nuestros sistemas educativos, los cuales gradualmente llegaron a alfabetizar a casi toda la población en los países desarrollados, se centraron en habilidades masculinas y pensamiento racional: sumar y restar, esforzarse, competir por las buenas notas y memorizar conocimientos. Las enseñanzas más femeninas como el arte o la gestión emocional eran consideradas las “marías”, o eran excluidas directamente del currículum por falta de presupuesto.

En las sociedades lineales y masculinas que habíamos creado la gente no elegía un trabajo que hiciese cantar su corazón. Sólo una minoría se aventuraba a convertirse en poeta, o bailarín, o pintor. La gran mayoría buscaba trabajos que le asegurasen buenos ingresos a cambio de aplicar las habilidades – masculinas – que le habían enseñado en el colegio. Solamente más tarde en la vida, cuando ya tenían cierta seguridad financiera, se atrevían a volver a explorar sus pasiones como diversiones extra-curriculares.

Y se acabaron las líneas claras. ¡Vienen curvas!

Ahora hemos pasado meses de parón económico y estamos viviendo el verano más lleno de locales cerrados y vacíos de turistas que se recuerde. Sabemos que la vuelta del verano va a ser durísima, que puede haber nuevos confinamientos indefinidos, y que ningún puesto de trabajo o empresa está libre de riesgo.

Es un tipo de contexto que hace prácticamente inservibles nuestras habilidades más masculinas y nos exige recuperar y desarrollar las femeninas.  No nos sirve de mucho pensar racionalmente cuando no tenemos datos futuros que procesar. No podemos esforzarnos y correr en esta dirección o en la otra porque nadie sabe por dónde levantarán los negocios. Tampoco podemos controlar un virus invisible que emplea nuestros instintos más primarios de contacto físico para multiplicar su poder de infección. ¿De qué nos sirven ahora tantas matemáticas, conocimientos teóricos y cultura del esfuerzo?

Ahora lo que necesitamos es aprender a estarnos quietos y mantener la calma. Gestionar nuestras angustias, miedos y demás emociones negativas para que no nos condicionen en nuestras decisiones. Tenemos que ser más flexibles y adaptables que nunca. Nuestra solidaridad y capacidad de empatizar y acompañar a otros se hace clave. Y la búsqueda de soluciones creativas a los nuevos problemas que vienen con la pandemia y el confinamiento se ha vuelto una habilidad crítica.

La vuelta a los básicos

En realidad este contexto nos acerca a una situación muy similar al contexto en el que se desarrolló nuestra especie. Los primeros Homo Sapiens migraban muy lejos para asentarse en tierras desconocidas en las que no sabían qué iban a encontrar ni qué obstáculos habría que superar para beber, comer y dormir.

La tecnología de base con la que cuenta nuestro cuerpo humano es exactamente la misma que la empleada por los primeros humanos hace dos cientos mil años. Sólo que ya no sabemos usar una parte importante de sus funciones, sensores y programas específicos. Nos hemos sesgado tanto hacia lo intelectual y operativo que hace ya muchas generaciones humanas dejamos de sentir para solamente pensar.

Los primeros humanos en la selva no dedicaban horas delante de un ordenador a analizar estadísticas y datos. Ni se pasaban días leyendo redes sociales y escuchando especulaciones mejor o peor argumentadas de políticos, periodistas y tertulianos. Salían de su cueva por la mañana sin nada más que su inteligencia, su intuición y su capacidad para leer el entorno.

Esta es la clave fundamental que nos saca del lado masculino y nos devuelve al lado femenino: el sentir. Percibir cómo nuestro cuerpo reacciona a los diferentes estímulos que va encontrando nos da las claves de cómo sobrevivir. Los animales se mueven a sí todos los días. Se juegan la vida en ello. No piensan. Sienten. Perciben. Prueban y se retiran. Repiten.

¿Qué sientes ahora?

Los directivos modernos, sin embargo, no saben contestar cuando les pregunto ¿qué sientes ahora? El 90% de los directivos a quienes les pregunto esto suelen contestar “bien”. Es decir, cierran la discusión para volver a recorrer algún laberinto intelectual de probabilidades futuras.

Cuando insisto algunos se incomodan, o dicen que no sienten nada, que se sienten bien y punto. Muy pocos pueden describir las sensaciones, tensiones y percepciones que están ocurriendo dentro de ellos, en una parte del cerebro más femenina, sutil y simbólica.

El otro día un directivo de alto rendimiento que ha sido CEO de varias empresas en los más de veinte años que le conozco me contaba que su mujer detecta que está nervioso mejor que él. Su mujer lee su comportamiento mejor que él mismo. Probablemente su perra también. Cualquier animal en la selva sabría más de él que él mismo.

Engañados por nuestro lado masculino

Si a este analfabetismo emocional generalizado entre nuestra élite directiva le sumamos el hecho de que todos llevamos encima asignaturas emocionales pendientes del pasado, empezamos a entender lo perdidos que están nuestros mejores pensadores de negocios frente al nivel de incertidumbre global que enfrentamos.

Porque cuando el cuerpo humano tiene heridas no resueltas del pasado, la mente tira hacia adelante en una huida de esos sentimientos sepultados. Nuestro lado masculino teme a nuestro lado femenino, empujándonos hacia actividades masculinas como pensar, hacer, competir, fabricar, y ocuparnos como sea. Nos zambullimos en el lenguaje de la mente racional, compuesto de palabras y números, evitando a toda costa el lenguaje de nuestro lado más salvaje.

Podemos pasarnos toda la vida en esta carrera hacia adelante. Buscamos en el futuro lo que nos faltó en el pasado, pero alejados como estamos de nuestros sentimientos y emociones inconscientes, fabricamos refinados razonamientos que justifiquen dichos objetivos a conseguir. Y así seguimos ignorando que en el fondo nada de lo que podamos conseguir llenará el vacío que quedó congelado en algún momento de nuestro pasado más olvidado.

Hasta que llega un detonante. Algo que nos quita el caramelo de lo masculino y racional. Algo que nos impide seguir corriendo hacia adelante y fabricando mentiras bonitas. Entonces entramos en crisis. Y de esta crisis muchos acaban aprendiendo a comunicarse con su lado femenino de emociones, sensaciones y humanidad.

La incertidumbre es el espejo más cruel

La situación actual de pandemia global y medidas restrictivas de control de la enfermedad es la madre de todos los detonantes. Genera una ceguera tan impenetrable que nos impide seguir con nuestras actividades masculinas, racionales, competitivas. Por no dejarnos, no nos deja ni salir de casa durante las semanas de confinamiento.

Si no tuviésemos heridas pasadas, estaríamos tranquilos en la inactividad. Pero cuando dejamos de hacer cosas empezamos a sentir. Nuestro lado femenino detecta la oportunidad para llamar nuestra atención y nos hace soñar cosas intensas. Sentimientos de todo tipo asoman a nuestro cotidiano sin que sepamos porqué. Y lo peor de todo, eso de que no sepamos qué nos va a pasar despierta todos nuestros fantasmas antiguos.

Esta incertidumbre económica abre la caja de Pandora de nuestros sentimientos y percepciones más primarios. Es el detonante irresistible. Y así toda una generación de directivos y CEOs híper-desarrollados intelectualmente descubren lo completamente pez que están en asuntos más femeninos.

No saben leer el clima de sus equipos. No saben cómo gestionar los miedos y ansiedades de su gente. No saben traer tranquilidad y templanza a las reuniones porque ni siquiera saben lo nerviosos que están, y claro, no van a traer a su mujer a decirles cómo actuar en sus reuniones.

Se sienten “bien” todo el rato, incluso cuando la úlcera, o el insomnio, o la ciática –cada uno tiene sus señales de alarma corporal particulares – les avisa de que no están nada bien.

Si hay un momento para dejar de resolver problemas con la mente y empezar a descubrir nuestro lado más femenino, salvaje y sensorial es ahora mismo. Este es el momento de lo femenino porque estas capacidades son las que nos mantienen vivos en la Naturaleza más peligrosa. Son nuestra herencia más animal, más instintiva, y francamente, mucho más interesante.

Cuando la preocupación nos engaña

Este no es un verano como los demás. No nos vamos a ir de vacaciones con la misma libertad y despreocupación con la que nos íbamos otros años. Algunos directamente no nos iremos. Unos más, otros menos, este año estamos todos preocupados. El problema es que tanta preocupación no es más que un engaño.

Hay un refrán chino que suelo repetir: “Si tienes un problema y tienes manera de resolverlo, deja de preocuparte. Y si tienes un problema que no puedes solucionar, ¿para qué te preocupas?” Como muchos refranes chinos, tiene una sabiduría oculta un poco frustrante. Esto de dejar de preocuparse no es nada fácil, por mucho que sepamos que no aporta nada.

Usamos la mente para todo.

¿Y por qué nos preocupamos? Porque vivimos en una cultura que solamente nos ha enseñado a resolver los problemas con la mente. Toda nuestra educación se ha centrado en el desarrollo de nuestras capacidades racionales. Y nadie está más centrado en sus capacidades mentales que un directivo.

Por eso cuando vemos que la economía está fatal, que los políticos hacen cosas distintas a las que nosotros creemos que deberían hacer, o que el coronavirus está lejos de controlado, intentamos usar nuestra mente para encontrar una solución. Nos ponemos en marcha y pasamos horas “dándole al tarro”.

El proceso que sigue el cuerpo del directivo es bastante curioso. Primero sentimos una serie de emociones incómodas al encontrarnos con la incertidumbre: miedo, angustia, inquietud o incluso pánico, cada uno reacciona a su manera. Estas emociones empiezan a crecer dentro de nosotros mientras estamos ocupados trabajando, o haciendo deporte, o cuidando niños, o haciendo todas las miles de cosas que hacemos para no enterarnos de lo que sentimos.

Se nos va el foco de atención

Según estas emociones incómodas llegan a niveles altos de intensidad, la energía y el foco de nuestro cerebro inconsciente se va hacia arriba. Se nos va la energía a la cabeza y la mente ejecutiva se pone más intensa: corre más rápido, piensa más veces las mismas cosas y gasta mucha energía preocupándose de algo.

Nuestro foco de atención se dirige entonces a los aparentes causantes de la situación que vivimos: ¿Quién causó realmente el coronavirus? ¿Qué hicieron o no hicieron los chinos para impedir su expansión? ¿Qué hacen los políticos para gestionar la crisis resultante? ¿Qué turistas vienen, de qué país y cómo sabemos que no están infectados? ¿Qué están haciendo los inversores internacionales y cómo afecta a nuestra economía? Y un largo, larguísimo etcétera.

Es decir, ponemos toda nuestra energía en intentar entender y poner solución a una serie de hechos y circunstancias que están completamente fuera de nuestras manos. Al poner toda nuestra atención en hechos y personas a las que no podemos influir, empezamos a sentirnos como víctimas impotentes en manos de lejanos malhechores o incompetentes, y nuestras emociones ansiosas se multiplican aún más.

¿Cómo deshacemos este bucle pernicioso?

Lo primero es cambiar nuestro foco de atención, es decir la linterna de nuestra mente. En lugar de apuntar nuestra linterna mental a todas esas noticias inquietantes sobre personas y generadores ajenos a nosotros, volvemos a mirar lo que sí depende de nosotros. Volvemos a nuestro aquí y ahora particular.

Tomemos nota de las realidades y amenazas que nos rodean ahora mismo: Tenemos donde dormir hoy. Tenemos qué comer para unos días. Hay caja para cubrir las necesidades financieras del próximo mes. Esto, que parece una tontería, es lo más importante para nuestro cuerpo, porque todo lo demás son escenarios futuros y posibilidades que aún no han ocurrido. Lo real es lo que está pasando ahora.

Milagros de panes y peces

Esto lo aprendí en mis carnes cuando viví al borde de la quiebra económica casi de modo permanente durante unos años de mi vida. Cuando no tienes dinero para pagar las facturas de fin de mes entras en pánico muchas veces, y en esa época recordé el milagro de panes y peces que contaban en la biblia.

Al empezar la parábola, parece imposible que Jesús vaya a poder alimentar a los miles de personas reunidas con los dos panes y los cinco peces que tiene. Podría sentarse a preocuparse, llorar, entrar en pánico, y no levantarse nunca. Pero este cuento enseña a centrarse en el momento presente y a no enfrentarse a los problemas anticipados hasta que lleguen. ¡Algo que no enseñan en ninguna business school!

Jesús se pone delante de la primera persona y le da pan y pescado. La segunda persona no tiene hambre. La tercera trajo un par de panes por si acaso. La cuarta tiene una salsa que llena mucho y que está muy buena con el pescado … y así, de pequeña ocurrencia en gran sorpresa, Jesús llega al final de la cola de gente hambrienta y le sobran pan y peces.

Es una parábola que explica lo milagrosa y sorprendente que es la vida. Desde donde estamos hoy muchos podríamos hundirnos en un pozo de preocupación por todas las cosas malas que vemos venir en nuestros negocios. Pero en la incertidumbre se esconden muchas cosas buenas que también vienen, y esas no las estamos viendo.

Calmar el cuerpo para descansar la mente

Lo segundo que debemos hacer es emplear la respiración para calmar nuestro cuerpo. Si logramos gestionar las emociones negativas que tensan nuestros músculos, la mente ya no tendrá que salir corriendo hacia el futuro a encontrar a políticos, inversores y chapuceros desconocidos.  

En el momento en el que dejamos de mirar a lo que hacen otros y nos centramos en cómo estamos nosotros ahora mismo tomamos responsabilidad de nuestra realidad. Dejamos de ser víctimas indefensas en manos de ineptos lejanos y empezamos a ser ejecutivos capaces de generar un cambio en nuestra realidad inmediata.

Y en realidad es lo único que podemos hacer. No podemos influir los acontecimientos globales, pero sí podemos gestionar la forma en la que reaccionamos a estos eventos. Podemos adaptar el funcionamiento de nuestra empresa para minimizar el golpe. Cuanto más tranquilos logremos estar, más creativos podremos ser a la hora de encontrar nuevos pasos, nuevas ideas o incluso chapucillas que nos permitan aguantar o salir al paso de los problemas.

Respirar grande y suave

Cada uno tenemos nuestras técnicas y recursos para relajarnos. Todas las metodologías del mundo emplean las mismas tres herramientas para meditar o calmar las emociones: el foco de atención, la respiración y el movimiento. Enfocar la atención en el cuerpo, en lugar de centrarnos en cosas externas a nosotros, y respirar para mover la caja torácica trae un masaje relajante que ablanda músculos y tejidos poco a poco.

Respirar grande y suave mueve los tejidos de la caja torácica, y cuanto más nos dejamos mover por esas respiraciones suaves, profundas, generosas, más se van relajando nuestros músculos, nuestros órganos, y todo nuestro cuerpo. Y entonces el cuerpo arrastra a la mente hacia el relax. Aquí es donde se nos ocurren las grandes ideas rompedoras.

Puede que la mente tarde un rato en detenerse del todo, pero sólo con que vaya más despacio notamos un alivio. Todos tenemos momentos en los que de pronto nos sentimos mejor después de una emoción complicada, y nos damos cuenta de que habíamos estado pensando cosas muy exageradas y mucho más negras que la realidad. Esto es lo que pasa cuando el cuerpo se relaja: la mente deja de decir tonterías dramáticas, ¡y se nos olvidan nuestras preocupaciones!!

¿Resuelve esto la incertidumbre de nuestro presente?

No. La incertidumbre sigue ahí. Pero ya no nos saca de quicio. Toleramos la falta de visibilidad que nos impone, y sabemos calmarnos y centrarnos en la realidad más inmediata de nuestro presente. Desde aquí contagiamos paz y confianza a nuestros equipos. Pueden pasar miles de cosas buenas mañana. También algunas malas. Sólo cuando aceptamos esta profunda verdad vivimos en el momento sin fabricar escenarios futuros todo el rato.

No sabemos qué harán los chinos, ni qué decidirán los políticos, ni cómo reaccionarán los inversores. No sabemos cómo afectará a nuestros negocios o nuestros sueldos. Sólo sabemos que estamos preparados para enfrentar muchos retos. Tenemos un cerebro pensante, dos manos y dos piernas. Tenemos equipos sólidos con los que hemos resuelto muchos retos.  Como dice un dicho inglés, cruzaremos cada puente cuando lleguemos a él.  

Todo está en las emociones.

Por eso vuelvo siempre a las emociones. La preocupación es un engaño que aleja nuestra mente de lo que sentimos. Aunque sea una reacción tan intrínseca al ejecutivo como respirar, tanto análisis estratégico es como una zanahoria colgada en el futuro que perseguimos para no mirar atrás a los sentimientos que no sabemos enfrentar. Nos coloca en un lugar en el que no podemos resolver nada, sintiéndonos indefensos.

Si volvemos al presente nos reencontramos con nuestro cuerpo y nuestra mente inconsciente. Ellos sólo saben vivir en el presente. En el presente están todas las emociones que no hemos sabido resolver antes de ahora, y son estas emociones antiguas las que salen a la superficie cuando la vida nos trae un nubarrón de incertidumbre.

Cuando aprendemos a relajar el cuerpo y dejamos fluir todas estas emociones, se nos pasan todos los disgustos. Y entonces empezamos a ver un universo de oportunidades en esa impenetrable nube gris. Rejuvenecemos y nos convertimos en innovadores y emprendedores otra vez.

Así que, si estás preocupado, respira grande y suave. Otra vez. Y otra. Sigue respirando grande y suave hasta que tu cuerpo empiece a relajarse. Quizás necesites llorar o rabiar un rato para que eso ocurra. El cuerpo te lo irá indicando. Lo único que tienes que hacer es poner tu mente al servicio del cuerpo y dejarlo hacer lo que mejor sabe hacer.

Esto es abrazar lo salvaje, y es muchísimo más útil y provechoso que preocuparse. ¡Que respires bien!

Cultura empresarial tras el Covid

El coronavirus no solo ha afectado a muchas personas. También está transformando profundamente nuestra cultura como sociedad: ahora vemos mal todas las conductas de contacto social que antes veíamos bien. Nuestros hábitos se están modificando en muchos aspectos y nuestra forma de trabajar se ha digitalizado más que nunca. ¿Cómo impacta todo esto a la cultura de las empresas?

¿Qué define una cultura empresarial?

La cultura de una organización es como el carácter de una persona. Hay una parte que todos vemos y otra que no. Es un iceberg al que adornamos y cuidamos mucho en la superficie sobre el nivel del agua, y del que lo ignoramos casi todo bajo la superficie.

Cuando una persona intenta definirse a sí misma se queda siempre muy corta. Por un lado no puede describir realmente su lado inconsciente porque no lo ve, y por otro, tampoco quiere desvelar sus sombras para asegurarse la validación y el aprecio de los demás. Por eso los perfiles en las redes sociales acaban pareciéndose todos.

A las webs corporativas les pasa lo mismo con su apartado sobre cultura. Es rara la empresa que se atreve a describir las debilidades de su cultura, y más rara aún la organización que no intenta mostrarse lo más buena posible. Las listas de valores empresariales acaban siendo bastante homogéneas en nuestro sesgo – ¡cultural! – hacia la psicología positiva y el buenismo.

Claro, luego empiezas a trabajar con la persona tan estupenda según su currículum o su presentación de perfil y en una semana empiezas a notar que no te lo había contado todo. O entras en un puesto que habías considerado el trabajo de tu vida y a los tres meses estás en shock de todas las cosas feas que nadie te había contado que ocurrían en esa oficina.

El punto de partida de nuestras culturas organizativas antes del Covid era, pues, un poco inconsciente y más opaco de lo que nos gusta admitir.

Y llegó el Covid.

Y con él llegó el distanciamiento social obligado y la digitalización de todas nuestras interacciones cotidianas. Si como dicen los expertos el 93% del mensaje que emitimos es lenguaje no verbal, y sólo el 7% es contenido verbal, es de suponer que la cultura de muchas organizaciones acabó directamente en la UCI con respirador mecánico.

El teletrabajo nos ha tenido tan estresados como quien se va a Irlanda a aprender inglés y no consigue articular una respuesta a lo que le preguntan hasta pasadas varias semanas. El nivel de concentración añadida que debe poner para analizar lo que le dicen en inglés, traducir su respuesta desde su idioma mental, adivinar la entonación y gramática correctas, y lograr sacarlo antes de que la conversación cambie a otro tema, es bru-tal.

Así, mientras todos estábamos confinados intentábamos descifrar con gran esfuerzo lo que antes intuíamos sin darnos cuenta: los silencios en las reuniones, las miradas y movimientos en las sillas, las risas, gestos, bromitas y tantas reuniones improvisadas alrededor de la máquina del café o del agua fueron borradas de un plumazo.

Una clienta se quejó durante el confinamiento de que las reuniones por teleconferencia no respetaban los horarios que ella debía mantener con sus hijos. Muchos protocolos de inclusión de la vida familiar y respeto a los horarios que con tanto trabajo se implantaron en muchas multinacionales en la última década se abandonaron de golpe sin que nadie se atreviese a protestar. Trabajar los fines de semana se hizo natural para muchos porque no notábamos diferencia entre unos días y otros.

¿Han salido de la UCI nuestras empresas?

Ayer otro cliente me contaba que ha vuelto a su oficina, en la que antes trabajaban 3.000 personas y ahora sólo acuden el 40%, es decir, 1.200. ¿Qué sienten las 1.800 que deben trabajar desde casa? ¿Cómo se impide que acaben sintiéndose como pasajeros de segunda clase que no se enteran de los cotilleos y las movidas de la oficina?

Sin contar con el contexto económico que ha ahogado literalmente a tantas empresas mientras ha presionado hasta el agotamiento extremo a otras. En las primeras el miedo a morir le ha hundido los ojos a la cultura, quitándole ilusión, juventud y energía igual que a un muribundo. En las segundas la cultura ha adelgazado tanto que empieza a enfermar por falta de sueño, falta de descanso y total falta de un horizonte en el que se vuelva a un ritmo de trabajo más sano.

Nuestras empresas y organizaciones se han quedado inevitablemente un poco zombies. ¿Quién mantiene viva la cultura y la personalidad de las organizaciones cuando quedan reducidas a correos electrónicos, llamadas ejecutivas y reuniones por zoom con incontables cajitas de caras alejadas en dos dimensiones?

Recuperar el color en las mejillas

Igual que el individuo necesita que el oxígeno circule por todo el cuerpo a través del flujo sanguíneo, la organización necesita que circule la energía y la emoción por todos sus rincones. Para recuperar una actitud energética y saludable nuestras empresas requieren un esfuerzo activo de conexión emocional entre sus empleados y directivos.

Los principales generadores de la cultura empresarial son sus fundadores y propietarios. La historia de cómo un señor o una señora se lo jugaron todo por dar vida a la empresa es una especie de mito fundacional que llena de color y carácter a la cultura empresarial. No es lo que hace la empresa, sino cómo lo hace, y el porqué de ese estilo tan particular.

Cuando los fundadores se retiran a segunda línea son los máximos directivos quienes marcan el mapa de comportamientos, reacciones, actitudes y formas de hacer que comprenden la cultura. Si todos se ponen corbatas rojas, por ejemplo, este detalle se convierte en un símbolo de su forma de hacer negocios. Si los primeros ejecutivos son agresivos, despóticos o crueles, toda la cadena de mando bajo su sombra imita esta forma de trabajar y selecciona de forma natural a los que mejor desempeñan estas conductas para promocionarlos hacia arriba.

Por ello la forma de comunicar y actuar de los máximos directivos en nuestros tiempos convulsos post-covid siguen definiendo la cultura de la organización. Cuanto más espacio dediquen en sus comunicados y sus reuniones a promover la puesta en común de emociones y sentimientos, más ayudan a implicar a todos los empleados en un sentimiento de inclusión, motivación y ganas de aportar.

Los rituales dan vida a la cultura

Más allá de los líderes de la empresa, todos los directivos y empleados pueden contribuir a revitalizar la cultura de empresa y devolverla a un estado saludable. De nuevo el secreto está en la expresión y circulación de emociones. En los emails, en las reuniones zoom, en las llamadas telefónicas, cada directivo puede dedicar un espacio a escuchar cómo se siente su gente y a responder a estos estados emocionales con gestos, decisiones y medidas que les den valor y/o respuesta.

En estos momentos es más importante que nunca feminizar a nuestras organizaciones. Esto no significa llenarlas de mujeres en todos los niveles, que también, sino integrar enfoques más femeninos en la forma de hacer negocios. Todo lo que contribuya a compartir anécdotas personales, emociones y dudas le da más humanidad al trabajo y dota de trascendencia a nuestras tareas cotidianas aunque las hagamos desde casa.

Las tribus indígenas dedican y dedicaban muchísimo tiempo a hablar de sus cosas alrededor de fogatas por la noche, y a repetir rituales de baile, cante y expresión de emociones para unificar a todos sus integrantes alrededor de los grandes esfuerzos de caza o las mudanzas de campamento. Los animales mamíferos también pasan mucho tiempo jugando y acicalándose unos a otros en sus ratos de descanso para reforzar su integración en la manada.

Seguimos siendo animales mamíferos. Necesitamos sentirnos miembros activos e importantes en nuestras manadas de trabajo. Esto se consigue cuando hacemos cenas de Navidad, celebramos cumpleaños en la oficina, organizamos torneos deportivos de toda la plantilla o hacemos un día de voluntariado todos juntos. Por ello tenemos que dar con nuevas actividades sustitutivas que podamos hacer respetando el distanciamiento social.

Pero sobre todo necesitamos recordar lo importantes que son los rituales para ayudarnos a sentirnos partes de un todo. Los rituales son vehículos de emoción, y en ellos podemos renovar el espíritu empresarial. Ponernos un pin determinado por ejemplo. Compartir fotos de los momentos difíciles en un espacio virtual. Programar un zoom específico para hacer duelo de lo perdido, o crear un concurso de mitos y leyendas que retraten el esfuerzo a realizar a futuro, cantar juntos una canción significativa … cada equipo y cada empresa puede definir los suyos.  

La cultura empresarial es como una nube invisible que recoge todas las emociones de sus empleados. Reanimar esta cultura supone dedicar mucha más atención y cuidado a las emociones de todos durante una temporada. Una madre sabe cómo le ha ido el día en el colegio a su hijo por la cara que pone y su forma de hablar al llegar a casa. Escuchemos a nuestras empresas como si fuésemos madres preocupadas por su bienestar.

¿Eres CEO? Prepárate para saltar a la “Nueva Normalidad”

¿Eres CEO o formas parte del comité de dirección de tu empresa? ¿Estás haciendo planes sobre cómo enfocar esta “Nueva Normalidad” en cuanto nos dejen salir?

Aquí te dejo algunos puntos importantes a comprobar antes de lanzarte a la aventura para maximizar tu rendimiento y los resultados de tu organización en un contexto que se presenta francamente complicado.

1. Temple y espera

Lo único que tenemos claro ahora mismo de esta Nueva Normalidad es que no acaba de arrancar. La tentación de muchos directivos es lanzarse a una actividad fervorosa para reconstruir todo lo que se ha roto durante el confinamiento, pero sería un gran error.

Lo más importante ahora mismo es saber esperar al momento oportuno para apretar un punto más el acelerador. Ni máxima velocidad ni espera total, sino más bien mucho temple, mucha observación y mucha reflexión antes de dar cada paso para no gastar recursos preciosos en sembrar productos o servicios durante una sequía que los mataría antes de verlos brotar.

En nuestra cultura empresarial hemos olvidado lo importante que es saber esperar al momento oportuno porque nos hemos dejado vender las bondades de la velocidad y los supuestos premios para el primero que llega. Los animales, sin embargo, entienden muy bien el valor crucial de saber esperar hasta vislumbrar las mejores condiciones para atacar a la presa más vulnerable con el mínimo esfuerzo.

De modo que no salgas corriendo de modo alocado y date unas semanas para palpar el terreno nuevo antes de formular tu estrategia de ataque. Una vez te pongas en marcha, vigila que tu velocidad es la adecuada con respecto a las reacciones del mercado y modúlala de modo acorde.

2. Ojo con los planes

El CEO que se lanza a diseñar y ejecutar un plan de acción post-pandemia corre el serio riesgo de equivocarse de cuajo en sus hipótesis de diseño. Por un lado tenemos muy poca visibilidad real y actualizada de lo que está ocurriendo en el mercado con nuestros clientes. Han estado metidos en casa, igual que nosotros, y tampoco tienen muy claro qué van a querer cuando se vean de nuevo en la oficina.

Tenemos que dedicar un tiempo inicial a hablar e interactuar con ellos para ver cómo se encuentran y cómo evolucionan sus planes, igual que haría un animal que vuelve a un emplazamiento conocido tras mucho tiempo. Vuelve despacio, observando cómo reacciona el entorno a cada paso que da, sin dar nada por hecho ni esperar encontrar lo que antes experimentó.

Es algo que siempre me hace gracia montando a caballo. Cuando salen a la pista se paran quietos si en el horizonte hay un árbol o un camión que ayer no estaba. Observan esos cambios lejanos como si les fuese la vida en ello, mientras que nosotros no nos enteramos de nada porque vamos pensando en nuestros planes y lo que vamos a hacer después. Hasta que no están seguros de que la nueva sombra no es un depredador no avanzan. Los animales siempre reaccionan a su entorno sin ideas preconcebidas.

Si lanzamos un plan prediseñado, o seguimos ciegamente la lista de tareas que nos hemos impuesto antes de salir a la calle, no podremos observar exactamente qué está pasando delante de nosotros y cuánto de lo que estamos haciendo funciona o no.

Es imprescindible darnos un tiempo para explorar, oler, detectar y razonar cómo los cambios que vemos impactarán a nuestro modelo de negocio. Entonces podremos diseñar un plan realista y actualizado con lo que la Nueva Normalidad ha supuesto para nuestro negocio.

3. Asumir las pérdidas ya

Muchos se lanzarán a hacer planes precisamente para intentar salvar estructuras que en el fondo probablemente ya están muertas. Además de las pérdidas ya generadas por el parón del confinamiento, seguirán gastando aún más recursos en un intento contra todo pronóstico de salvar o mantener algo que ya no tiene lugar en el escenario que empieza.

Esto es especialmente probable en comités de dirección que hace mucho que no se dicen las verdades a la cara. Porque en ellos es donde más vicio hay de tapar los problemas reales con patadas hacia adelante en forma de nuevos proyectos o inversiones. Con tal de no sufrir una reunión incómoda llena de silencios y malas noticias son capaces de endeudarse hasta donde les dejen para relanzar un negocio improbable.

Como le recomendé una vez a un cliente cuya empresa se estaba arrastrando penosamente las últimas millas, dejemos morir a este hijo para que pueda vivir el hijo que sí tiene probabilidades de sobrevivir. Quitémosle los pesos muertos y concentremos toda nuestra energía en él. Por mucho que nos duela tomar semejante decisión. De nuevo los animales son más capaces de realizar sacrificios así que nosotros, en parte porque no le temen al dolor.

Son tiempos para ser lo más conservador posible y asumir pérdidas cuanto antes. No esperar a ver si hay suerte y nos libramos, ni seguir aguantando pérdidas por si la cosa se da la vuelta.  Son momentos de duelo y de aceptación, lleve las horas que lleve de conversaciones incómodas y malas noticias en los comités de dirección.

4. Apoyar el duelo de quien lo necesita

Quien hace recortes complicados también tiene que dar a su organización el tiempo y el espacio para hacer duelo. Es típico lanzarse a un plan de actividad positivista para evitar pasar por las emociones negativas del duelo, pero es entonces cuando nos equivocamos totalmente en nuestros cálculos. Es mejor asegurarnos de que nuestros movimientos hacia el mercado no son huidas encubiertas de las malas noticias.

Las organizaciones necesitan más que nunca los espacios y los mensajes que apoyen a sus empleados en sus procesos de duelo. Si una empresa se ve obligada a despedir a una parte de la plantilla, los empleados que conservan su empleo se quedan tocados emocionalmente por la salida de sus compañeros.

Pequeños gestos como el minuto de silencio que se hace los supermercados de Mercadona a las 12h en recuerdo de los fallecidos por el coronavirus permiten que las personas que están tristes o desmotivadas se sientan apoyadas en su duelo. Son gestos que unen a quienes siguen trabajando y legitiman el derecho a llorar por los fallecidos.

Las organizaciones que generen espacios virtuales o presenciales para que los empleados puedan expresar sus penas, o incluso pongan en marcha alguna iniciativa de ayuda a los empleados despedidos, verán que la motivación y la tranquilidad de su gente mejora, creando espíritu de equipo y llegando a ilusionarse de nuevo una vez terminen el duelo.

Aquí también ayudan mucho todos los mensajes y gestos de apoyo del comité de dirección: si el CEO expresa su lamento por las familias de quienes han sido despedidos, por ejemplo, humaniza la situación y legitima las emociones dolidas de todos.

La tentación de lanzar una campaña de comunicación llena de mensajes de ilusión y “año nuevo, vida nueva” para levantar ánimos es muy mala idea porque anula el duelo, niega los sentimientos que tienen los trabajadores, y desconecta la voz de la empresa de su realidad. El CEO pierde fuerza porque sus palabras son percibidas como ficciones insensibles, y los empleados se resisten a jugar el juego.

Justo me he cruzado con un buen ejemplo de esto en la web corporativa de un banco que lucía el hashtag #TodoVaASalirBien. Es un mensaje que aliena y excluye a todos los que aún no han cobrado ni un duro del SEPE, a quienes han sufrido dramas terribles de enfermedad y muerte, y a todos aquellos que ven cómo sus empresas se hunden. Niega la realidad de gran parte de la población y se acerca más a la mentalidad de los influencers cabeza-hueca de Instagram. Aún es muy demasiado pronto para andar repitiendo cantinelas ilusorias porque queda bien.

5. Recordar nuestra fuerza

Por último, aunque quizás es el punto más importante de todos, el CEO y su comité de dirección van a tener que gestionas sus propias emociones con mucha más atención y destreza que en el pasado. Van a volver a una situación económica ruinosa, y esto les va a generar pánico, ansiedad, pérdida de confianza en sí mismos y en sus organizaciones, rabia contra los gobernantes que influyen en el mercado … van a estar un poco fuera de sí con tanta emoción intensa.

Si al leer esto sientes que no te pasa ninguna de estas cosas no te confíes, porque puedes estar en shock sin saberlo. Cuando las emociones son demasiado intensas el sistema nervioso autónomo congela o anestesia los excesos para que podamos seguir funcionando en un intento desesperado de sobrevivir. El resultado es que funcionamos hasta cierto punto en plan zombi, pero no nos enteramos de lo que estamos sintiendo y percibimos muy poco de lo que ocurre a nuestro alrededor.  

Por otro lado, no sentir todas estas emociones frente a  semejante drama económico delata que tenemos un problema de conexión con la realidad. Esta nueva normalidad es para tirarse por un puente, seamos claros. Lo sano y eficiente ahora mismo es sentir emociones complicadas en algunos momentos.

Frente a la tentación de medicarse (o distraerse con la adicción de turno) para no sentir nada, yo francamente aconsejo lo contrario. Estamos biológicamente diseñados para enfrentar y procesar estas emociones perfectamente si nos damos el espacio y nos dejamos entrenar un poco en cómo hacerlo.

Porque lo único que tenemos que hacer es expresar y soltar las emociones negativas hasta que volvamos a aterrizar, es decir, volvamos a sentirnos como los ejecutivos talentosos y trabajadores que sabemos que somos. Mientras estamos sintiendo miedo o rabia nuestro cerebro fabrica muchos pensamientos exagerados que no son reales. No podemos creernos nada de lo que estamos pensando cuando estamos moviendo una emoción negativa.

Pasadas unas horas o unos días volvemos a sentirnos mejor y constatamos que las cosas no están tan negras como las estábamos viendo. Este es nuestro estado aterrizado, con los pies en la tierra. Aquí es cuando recordamos que tenemos cualidades de sobra para hacer frente al reto.

Si eres CEO es porque conoces tu negocio mejor que nadie. Tienes todas las cualidades necesarias para resolver los retos que esta crisis ha puesto a los pies de tu organización. No necesitas que nadie venga a quitarte los miedos con fórmulas mágicas o positivismos despegados de la realidad.

Sólo necesitas recordar la fuerza que tienes. Recuerda quién eres y confía en que encontrarás las soluciones con calma y concentración en lo importante, como lo haría cualquier animal buscándose la vida en una jungla desconocida.

¡Abraza Lo Salvaje!

Fantasías de agradecimiento

Los aplausos de las ocho han puesto en primera línea la importancia de agradecer a los sanitarios y otros trabajadores esenciales su servicio durante la crisis del coronavirus. Las redes sociales están llenas de corazones y muestras de gratitud, pero no puedo evitar preguntarme cuánto es real y cuánto es impostado.

Nos dicen constantemente que debemos estar agradecidos por lo que tenemos si queremos ser felices, o dicho de otro modo, que si no somos felices es porque “sólo pensamos en lo que nos falta y no agradecemos todo lo que sí tenemos”. Los libros de auto-ayuda, espiritualidad New Age y hasta los fans de la neurociencia nos lo repiten por activa y por pasiva: agradece, agradece, agradece. ¿Quieres ser feliz? ¡Siente gratitud!

la gratitud es un camino

Como si sirviese de algo fingirlo. O como si llegar a la meta final fuese más importante que transitar el camino … porque sí, la gratitud es todo un camino. A veces largo, tedioso y lleno de frustraciones.

He aquí la gran trampa del agradecimiento: mientras aún nos queden asignaturas pendientes del pasado es muy difícil sentirlo profunda y verdaderamente. Lo que sí es fácil, sin embargo, es fantasear como cuando éramos niños y jugábamos a las casitas. Si tuviese que adivinar diría que más del 90% de las manifestaciones de agradecimiento que se vuelcan en redes sociales son fantaseadas, impostadas, o forzadas. Desgraciadamente el más engañado es el propio actor en cuestión, puesto que a nadie le importa su vida más que a él.  

Algo muy español

A mí me ocurre una cosa curiosa con los españoles desde siempre. Es lo que me hace sentirme extranjera, aunque sea medio española de nacimiento. Una vez estaba una vecina haciéndose fotos vestida de novia en el jardín de la comunidad antes de salir hacia la iglesia para casarse. Varias vecinas se asomaron a sus balcones a cotillear, y cuando la vieron empezaron a decirle lo guapa que estaba. Gritaban unas y otras “¡guapa!” con un derroche de amor francamente difícil de creer, dado el clima habitual de saludos monosilábicos que reinaba en nuestra comunidad de vecinos.

Es algo que encuentro profundamente español, aunque posiblemente se dé también en otras culturas latinas. Se producen unos derroches de amor colectivos que me resultan falsos hasta la médula. Los escucho y no siento nada, me resultan cursis, no me conmueven en absoluto. Durante muchos años me pregunté si el problema era yo, que era poco sensible o poco efusiva. Pero finalmente he llegado a la conclusión de que no, y os voy a explicar por qué.

si no resuena en el cuerpo …

Vi un ejemplo perfecto de lo que digo en un vídeo hace poco. Era un grupo de terapia liderado por una maestra espiritual australiana llamada Isha. Una mujer empezó a gimotear y lloriquear mientras contaba lo que le había hecho su madre. Cuando terminó Isha la miró y le dijo, “Tienes que aprender a dejar de actuar y fingir. Cuando ha hablado tu compañero he sentido su dolor en mi pecho. Pero a ti te escucho y no siento nada en mi cuerpo. Te engañas tú sola en una película que te montas.”

Fue una respuesta muy dura, pero esto es exactamente así. Cuando una persona habla desde un sentimiento verdadero nos contagia sin que podamos evitarlo. Nuestro cuerpo reverbera como la cuerda de una guitarra. Si hacemos más crecimiento personal y nos volvemos más sensibles nos resulta más fácil conectar y resonar con las emociones que expresan los demás. Pero aún sin haber hecho grandes esfuerzos de interiorización, el sentimiento auténtico nos conmueve espontáneamente, sin importar nuestra edad, sexo o país de origen.

… a lo mejor no es real

En España nos encanta hacer grandes grupos y pandillas y decirnos cosas bonitas. También nos encanta pelearnos por política, religión o fútbol. Pero luego siempre volvemos al pasteleo recargado de palabras dulces y cálidas. Es como un juego que siempre hemos jugado y no se nos ocurre dejar de jugarlo. Porque es cierto que sabe rico, como unas cañas al sol de invierno, o las largas noches de cotilleos que solíamos pegarnos en las terrazas de verano antes del coronavirus.

Un terapeuta me dijo una vez que las emociones se sienten en el cuerpo. Si no lo sentimos en algún lugar del cuerpo es posible que no sea real. Y es que a menudo nuestra mente fabrica una emoción falsa para tapar otra que no sabemos enfrentar. Podemos pasarnos décadas llorando, por ejemplo, porque no nos atrevemos a mirar ni liberar el volcán de furia contenida en nuestro interior.

la reina de las emociones fabricadas

De todas las emociones fabricadas para tapar una realidad inasumible, la alegría y la euforia se llevan la palma. Tanto que muchos caemos en adicciones en nuestro intento de agarrarnos a ellas. Y claro, bailar la fiesta colectiva de gratitud en un chat de whatsapp o una reunión de amigos nos genera unos colocones dignos de la más sofisticada de las drogas.

Y sería inocuo si no fuese porque nos impide llegar al agradecimiento definitivo, puro e irresistible que podríamos alcanzar si nos enfrentásemos a esas realidades menos agradecidas de nuestras vidas para liberarlas y soltarlas de una vez.

invirtamos el orden

Yo no niego que sentir agradecimiento nos haga muy felices. Lo que pongo muy en duda es que podamos forzar ese proceso como parece que lo estamos haciendo en nuestra búsqueda inhumana de la felicidad a cualquier precio. Es más bien al revés: cuando somos felices es cuando nos llena un agradecimiento espontáneo e imparable.  

Porque el agradecimiento llega solito una vez que hemos enfrentado todas las heridas olvidadas de nuestro pasado y hemos liberado todo el dolor emocional que nos produjeron. Entonces ya no hay que hacer nada porque uno se siente conmovido y emocionado sin poderlo evitar. La gratitud le rebosa por los poros y se le ve en la mirada antes de respirar siquiera.

en el mundo salvaje nadie finge

La gratitud no es un objetivo a cumplir, sino la meta final a la que llegaremos si somos generosos con nosotros mismos y prestamos atención a lo que sentimos en el cuerpo sin juzgarlo ni controlarlo.

Ningún otro animal del mundo finge emociones que no siente. Es la lógica de lo salvaje: si no es real, no da vida, y puede exponerte a la muerte porque ya no te estás enterando de lo que pasa delante de ti. Sólo nosotros fingimos sentir agradecimiento por mucho dolor que tengamos que evitar.

La próxima vez que te encuentres en un grupo repleto de halagos y muestras compulsivas de cariño pregúntate dónde lo sientes en el cuerpo. Si tu cuerpo no está resonando es que este grupo está jugando a las casitas de la felicidad como los niños. Y ahí ya decide tú qué quieres responder.  

Valentía para vivir a ciegas

Tras varias semanas de confinamiento empiezan a multiplicarse los intentos de vislumbrar lo que viene. Encuentros empresariales, foros directivos, cumbres online. Vivimos en una sociedad que busca encumbrar a los visionarios, cuando a quienes habría que escuchar es precisamente a quienes no necesitan adivinar el futuro.

Porque adivinar tendencias no deja de ser un juego gratuito, ¿no? Nos reímos de quienes usan una baraja de Tarot o los posos del café para decirnos lo que nos va a ocurrir, pero por algún motivo tenemos muchísima fé en las ideas y ocurrencias de científicos, observadores de la estadística y la probabilidad, o de metereólogos y economistas, que predicen mucho y aciertan poco.

sólo cambia el foco de la mirada

En realidad lo único que cambia es el foco de la mirada: preferimos pensar que el mundo lo dirigen fuerzas esotéricas o divinas, o creemos más en el nuevo fanatismo científico. Digo fanatismo porque de verdad que me causa inquietud escuchar tantas veces al día las palabras “experto” y “científico” en boca de tantas figuras públicas con fines e intenciones tan dispares. Me recuerdan a un obseso repitiéndose compulsivamente algo a sí mismo como si así pudiese conseguir que se materialicen sus palabras.

Debo confesar que me encanta leer el tarot en fiestas y encuentros informales. Siempre explico que yo no leo el futuro y no creo en nadie que prometa verlo. He hablado ya con demasiados charlatanes de todo tipo de mundos, desde los más científicos hasta los más esotéricos. Incluso esos pocos seres extraños que viven más fuera de este mundo que dentro son incapaces de predecir cuándo ni cómo ocurrirá lo que perciben.

Y sinceramente me resultan igual de creíbles o increíbles que siete economistas, analistas financieros y empresarios anunciándome su verdad irrefutable sobre lo que va a pasar con el mundo. Aquí nadie tiene ni puta idea de lo que va a pasar, con perdón.  Lo único seguro es que todo va a cambiar.

la incertidumbre en las leyendas

Hemos olvidado cómo era la vida en tiempos de incertidumbre total, y por eso damos poca importancia a las historias y leyendas antiguas como el mito de la espada de Excalibur y el Rey Arturo. Muchos otros intentaron sacar la espada de la roca sabia y divina, pero sólo él lo consiguió. Hay piedras rituales usadas en la coronación de reyes en muchos lugares de Europa que tienen esa misma propiedad impredecible e inexplicable de discernimiento del “corazón puro”.

¿Alguien piensa en un corazón puro cuando mira a Pedro Sánchez o Pablo Iglesias? ¿O cualquiera de los demás líderes políticos y económicos que hemos puesto al mando de nuestros destinos? ¿Alguien reflexionó sobre la pureza de las intenciones del político al que votó? Claro que no. En nuestro mundo lo que importa es el poder mediático, los contactos y apoyos, y sobre todo la percepción creada con falsedades más o menos obvias del buen marketing.

quienes se juegan la vida a diario

A mí no me gustan los toros, pero hay que admirar la valentía de un hombre que se juega la vida frente a semejante animal un día sí y otro también. Así vemos el fervor religioso en ellos que no vemos en otras profesiones. Ellos encomiendan su vida a Dios cada vez que entran en una corrida, porque saben que no saben lo que va a pasar.

Es lo que podemos ver también entre los narcos en México y Latinoamérica, y su inquietante adoración a la Santa Muerte. Viven en un clima de tal violencia gratuita e imprevista que son muy conscientes de cómo todo puede acabar en cualquier momento.

Aunque no nos gusten los destinos elegidos por estas personas, no dejan de representar el tipo de valentía que los demás no somos capaces de encarnar. La valentía de vivir cada día en la más total incertidumbre. Los huevos de salir a trabajar cada día sabiendo que puede ser el último.

érase una vez un virus …

Y gracias a un virus tan ínfimo que no podemos verlo operar nos encontramos todos de repente ante un nivel de incertidumbre comparable a un narco o un torero. Aunque muchos aún no hayan entendido lo que está ocurriendo porque nuestros gobernantes nos mantienen encerrados en pequeñas burbujas hogareñas de estabilidad para evitar levantamientos histéricos.

No sabemos lo que vamos a encontrar cuando por fin salgamos de casa y volvamos a enfrentarnos a nuestra economía. No sabemos si está en la UCI luchando por respirar y mantenerse viva como los más veinte mil muertos que no lo consiguieron. No sabemos si será capaz de recuperarse, ni qué supondrá eso para cada uno.

lo que no necesitamos

Frente a una realidad de tal gravedad lo que más necesitamos no son videntes, charlatanes y expertos científicos tan seguros de sus propias predicciones que ni siquiera aceptan su error tras quedar de sobra demostrado. No necesitamos tertulianos que hablan para escuchar su propia voz ni supuestos cracks de los negocios que buscan cómo forrarse si aciertan la solución mágica los primeros. No.

Lo que necesitamos son tipos con agallas. Hombres y mujeres a quienes no les tiembla el pulso cuando toman una decisión sin tener información alguna que garantice sus resultados. Personas con la humildad suficiente como para admitir públicamente que no tienen ni puta idea de lo que está pasando y con los huevos de jugarse la vida con cada decisión. No su patrimonio, no su reputación, no. Su vida.

todo va a cambiar

Lo repito: Lo único seguro es que todo va a cambiar. Nada volverá a ser como era antes. Y por eso más que nunca lo que necesitamos es pureza de corazón, agallas y entrega desinteresada. En nuestros dirigentes y también en nosotros mismos. Los tenemos si los buscamos. A veces hace falta una crisis de órdago como esta para que dejemos de marear la perdiz, echar balones fuera y nos centremos de una vez en quiénes queremos ser.

Bienvenidos a una nueva realidad. Es momento de atrevernos a vivir a ciegas. Quizás sea lo más emocionante y corajudo que hayamos hecho nunca. Quizás nos demuestre que éramos y somos muchísimo más de lo que nos habíamos atrevido a imaginar.