Juicio Final

Esta semana ha removido muchas emociones en muchos españoles al conocer la salida de España del Rey Emérito Juan Carlos. Unos lo han lamentado profundamente mientras que otros han aprovechado para bailar sobre la tumba de la reputación de un hombre que ha sido, como todos, el producto de sus circunstancias.

Es fácil juzgar a los demás, más aún cuando no tenemos toda la información relevante. Juzgamos a este hombre, no con todos los datos pertinentes a su experiencia y el trasfondo de sus decisiones, sino más bien apoyados en el montículo de nuestras propias experiencias y sentimientos. El juicio que emitimos cada uno sobre él dice más de nosotros que del objeto de nuestros comentarios.

Quién no ha salido mal

Muchos directivos y empresarios han sufrido dolorosas salidas de las empresas por las que han dado años y décadas de sus vidas. A menudo estos episodios están cargados de humillación, linchamientos ignorantes y escarnios similares a los que hemos visto en las redes sociales estos días. Cuanto más poder y más influencia, más grande es la hoguera en la que son quemados. En estos momentos son pocos los que salen a la palestra a valorar méritos o aportaciones del sacrificado, y muchísimos más quienes disfrutan retomando y estirando cualquier falta o pecado que haya podido cometer.

Pero en realidad el único juicio que importa es el del protagonista. Esa mirada que uno se ve obligado a enfocar sobre sí mismo, su pasado, sus errores y aciertos es precisamente una nueva oportunidad de redención porque abre el camino a la toma de responsabilidad y el crecimiento personal.   

Quién nos juzga realmente

En muchas religiones se cultiva la imagen poderosa de un juicio final. Tenemos la idea de que al final de nuestras vidas nos presentaremos delante de un juzgado celestial en el que seres místicos nos darán un veredicto global sobre nuestras vidas. Ese jurado puede englobar a seres celestiales y mundanos, y representa de alguna manera al mundo entero que nos mira y nos evalúa sin que podamos esconder ni maquillar nada de nuestro pasado.

Pero claro, esa mirada que todo lo ve y todo lo sabe no puede ser otra que la nuestra. En realidad somos nosotros quienes nos juzgamos a nosotros mismos en ese juicio final. Como dijo Gandhi, aquél que se pelea con el mundo se está peleando también consigo mismo. El mundo que nos rodea es un reflejo de nosotros mismos, y esa noción de juicio final no es más que un encuentro final con nosotros mismos a través de un espejo que lo ve y lo enseña todo.

A nadie le importa nuestra vida más que a nosotros mismos. Nadie tiene más información sobre nuestras circunstancias, emociones, deseos y debilidades que nosotros. Por mucho que quieran presumir propios y ajenos de saber lo que no sabemos nosotros de por qué hemos hecho esto o aquello, lo cierto es que están opinando desde una ventana de observación muy pequeña y alejada.

expertos y sabelotodos

A lo mejor un experto se asoma a la ventana y ve un detalle sobre nosotros que no habíamos remarcado. Si es realmente experto sabrá cómo ofrecernos esta perspectiva sin herirnos y sin pretender cambiarnos o manipularnos. Si por el contrario insiste en que nos va a revelar la verdad absoluta sobre nuestra vida, o se la va a revelar a quien le escuche mientras ardemos en la hoguera, sabremos que es un ignorante, un canta-mañanas o un metomentodo a quien más vale alejar y olvidar.

A menudo hace falta una humillación o una caída en desgracia pública para dejar de correr hacia adelante y enfrentarnos por fin a las consecuencias de nuestros actos. La vida nos obliga a parar en seco y nos invita a retirarnos a alguna cueva perdida en la que no nos mire nadie mientras empezamos a mirar quiénes somos y asumir lo que hemos hecho para acabar aquí.

Nadie que no haya sufrido una expulsión deshonrosa puede imaginar lo amargo de un trago así, ni puede creer que a menudo los eventos desencadenantes están plagados de injusticias, traiciones, cobardías y abandonos de supuestos aliados y amigos. Quienes se regodean con el dolor del humillado demuestran su ignorancia y su infantilidad. Estas cosas pueden ocurrirle a cualquiera por muy honrado y pulcro que haya pretendido ser.

la grandeza del culpable

Y una vez que uno traga con esta amargura, se retira a reflexionar y se juzga a sí mismo desde esos nuevos ojos que le otorga la derrota, emerge lentamente una nueva versión de sí mismo más grande, más sabia, más generosa y más humana. Esto lo decía Bert Hellinger. El culpable es más grande que el inocente porque sabe cuánto duele pecar y ya nunca volverá a tropezar con esa misma piedra. El inocente, sin embargo, aún puede hacer toda clase de tonterías.  

Hay más crecimiento a lograr en un camino errado que en uno sin tacha. Vive más y sabe más quien arriesgó y perdió, quien hizo daño y no pudo deshacerlo después. También entiende más y perdona más fácilmente las debilidades y los fallos de los demás porque lo ha sufrido en primera persona.

La historia del Rey Emérito es, pues, una gran lección de vida para todos los que observamos desde nuestras pequeñas ventanas anónimas. Mientras él procesa sus emociones y examina su conciencia en el refugio alejado que tanto intentan adivinar los periodistas, nosotros podemos también examinar lo que estamos diciendo de él para analizar lo que sin querer estamos revelando sobre nosotros mismos.

el campo más allá

Recuerdo una frase de Rumi que me cautivó cuando la leí: “Más allá de las ideas del mal hacer y del buen hacer hay un campo. Ahí te espero.” Es bellísimo pensar que el objetivo de vivir no es hacerlo todo bien para presumir en un grandioso juicio final de las mejores valoraciones como si fuesen likes en Instagram, sino más bien vivir experiencias buenas y malas para dejarnos transformar por ellas. Acertar y errar, ganar y perder, amar y odiar, y luego compartir en ese campo del más allá con ese amigo  también aguerrido lo mucho que nos moldearon y nos enseñaron todas ellas.  

Ser destronado duele muchísimo. Pero el dolor es el mejor maestro. El dolor convierte un trozo de carbón en un radiante diamante de humanidad y sabiduría. Emerge así el verdadero líder de entre sus propias cenizas.

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

2 comentarios sobre “Juicio Final

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