Cuando la preocupación nos engaña

Este no es un verano como los demás. No nos vamos a ir de vacaciones con la misma libertad y despreocupación con la que nos íbamos otros años. Algunos directamente no nos iremos. Unos más, otros menos, este año estamos todos preocupados. El problema es que tanta preocupación no es más que un engaño.

Hay un refrán chino que suelo repetir: “Si tienes un problema y tienes manera de resolverlo, deja de preocuparte. Y si tienes un problema que no puedes solucionar, ¿para qué te preocupas?” Como muchos refranes chinos, tiene una sabiduría oculta un poco frustrante. Esto de dejar de preocuparse no es nada fácil, por mucho que sepamos que no aporta nada.

Usamos la mente para todo.

¿Y por qué nos preocupamos? Porque vivimos en una cultura que solamente nos ha enseñado a resolver los problemas con la mente. Toda nuestra educación se ha centrado en el desarrollo de nuestras capacidades racionales. Y nadie está más centrado en sus capacidades mentales que un directivo.

Por eso cuando vemos que la economía está fatal, que los políticos hacen cosas distintas a las que nosotros creemos que deberían hacer, o que el coronavirus está lejos de controlado, intentamos usar nuestra mente para encontrar una solución. Nos ponemos en marcha y pasamos horas “dándole al tarro”.

El proceso que sigue el cuerpo del directivo es bastante curioso. Primero sentimos una serie de emociones incómodas al encontrarnos con la incertidumbre: miedo, angustia, inquietud o incluso pánico, cada uno reacciona a su manera. Estas emociones empiezan a crecer dentro de nosotros mientras estamos ocupados trabajando, o haciendo deporte, o cuidando niños, o haciendo todas las miles de cosas que hacemos para no enterarnos de lo que sentimos.

Se nos va el foco de atención

Según estas emociones incómodas llegan a niveles altos de intensidad, la energía y el foco de nuestro cerebro inconsciente se va hacia arriba. Se nos va la energía a la cabeza y la mente ejecutiva se pone más intensa: corre más rápido, piensa más veces las mismas cosas y gasta mucha energía preocupándose de algo.

Nuestro foco de atención se dirige entonces a los aparentes causantes de la situación que vivimos: ¿Quién causó realmente el coronavirus? ¿Qué hicieron o no hicieron los chinos para impedir su expansión? ¿Qué hacen los políticos para gestionar la crisis resultante? ¿Qué turistas vienen, de qué país y cómo sabemos que no están infectados? ¿Qué están haciendo los inversores internacionales y cómo afecta a nuestra economía? Y un largo, larguísimo etcétera.

Es decir, ponemos toda nuestra energía en intentar entender y poner solución a una serie de hechos y circunstancias que están completamente fuera de nuestras manos. Al poner toda nuestra atención en hechos y personas a las que no podemos influir, empezamos a sentirnos como víctimas impotentes en manos de lejanos malhechores o incompetentes, y nuestras emociones ansiosas se multiplican aún más.

¿Cómo deshacemos este bucle pernicioso?

Lo primero es cambiar nuestro foco de atención, es decir la linterna de nuestra mente. En lugar de apuntar nuestra linterna mental a todas esas noticias inquietantes sobre personas y generadores ajenos a nosotros, volvemos a mirar lo que sí depende de nosotros. Volvemos a nuestro aquí y ahora particular.

Tomemos nota de las realidades y amenazas que nos rodean ahora mismo: Tenemos donde dormir hoy. Tenemos qué comer para unos días. Hay caja para cubrir las necesidades financieras del próximo mes. Esto, que parece una tontería, es lo más importante para nuestro cuerpo, porque todo lo demás son escenarios futuros y posibilidades que aún no han ocurrido. Lo real es lo que está pasando ahora.

Milagros de panes y peces

Esto lo aprendí en mis carnes cuando viví al borde de la quiebra económica casi de modo permanente durante unos años de mi vida. Cuando no tienes dinero para pagar las facturas de fin de mes entras en pánico muchas veces, y en esa época recordé el milagro de panes y peces que contaban en la biblia.

Al empezar la parábola, parece imposible que Jesús vaya a poder alimentar a los miles de personas reunidas con los dos panes y los cinco peces que tiene. Podría sentarse a preocuparse, llorar, entrar en pánico, y no levantarse nunca. Pero este cuento enseña a centrarse en el momento presente y a no enfrentarse a los problemas anticipados hasta que lleguen. ¡Algo que no enseñan en ninguna business school!

Jesús se pone delante de la primera persona y le da pan y pescado. La segunda persona no tiene hambre. La tercera trajo un par de panes por si acaso. La cuarta tiene una salsa que llena mucho y que está muy buena con el pescado … y así, de pequeña ocurrencia en gran sorpresa, Jesús llega al final de la cola de gente hambrienta y le sobran pan y peces.

Es una parábola que explica lo milagrosa y sorprendente que es la vida. Desde donde estamos hoy muchos podríamos hundirnos en un pozo de preocupación por todas las cosas malas que vemos venir en nuestros negocios. Pero en la incertidumbre se esconden muchas cosas buenas que también vienen, y esas no las estamos viendo.

Calmar el cuerpo para descansar la mente

Lo segundo que debemos hacer es emplear la respiración para calmar nuestro cuerpo. Si logramos gestionar las emociones negativas que tensan nuestros músculos, la mente ya no tendrá que salir corriendo hacia el futuro a encontrar a políticos, inversores y chapuceros desconocidos.  

En el momento en el que dejamos de mirar a lo que hacen otros y nos centramos en cómo estamos nosotros ahora mismo tomamos responsabilidad de nuestra realidad. Dejamos de ser víctimas indefensas en manos de ineptos lejanos y empezamos a ser ejecutivos capaces de generar un cambio en nuestra realidad inmediata.

Y en realidad es lo único que podemos hacer. No podemos influir los acontecimientos globales, pero sí podemos gestionar la forma en la que reaccionamos a estos eventos. Podemos adaptar el funcionamiento de nuestra empresa para minimizar el golpe. Cuanto más tranquilos logremos estar, más creativos podremos ser a la hora de encontrar nuevos pasos, nuevas ideas o incluso chapucillas que nos permitan aguantar o salir al paso de los problemas.

Respirar grande y suave

Cada uno tenemos nuestras técnicas y recursos para relajarnos. Todas las metodologías del mundo emplean las mismas tres herramientas para meditar o calmar las emociones: el foco de atención, la respiración y el movimiento. Enfocar la atención en el cuerpo, en lugar de centrarnos en cosas externas a nosotros, y respirar para mover la caja torácica trae un masaje relajante que ablanda músculos y tejidos poco a poco.

Respirar grande y suave mueve los tejidos de la caja torácica, y cuanto más nos dejamos mover por esas respiraciones suaves, profundas, generosas, más se van relajando nuestros músculos, nuestros órganos, y todo nuestro cuerpo. Y entonces el cuerpo arrastra a la mente hacia el relax. Aquí es donde se nos ocurren las grandes ideas rompedoras.

Puede que la mente tarde un rato en detenerse del todo, pero sólo con que vaya más despacio notamos un alivio. Todos tenemos momentos en los que de pronto nos sentimos mejor después de una emoción complicada, y nos damos cuenta de que habíamos estado pensando cosas muy exageradas y mucho más negras que la realidad. Esto es lo que pasa cuando el cuerpo se relaja: la mente deja de decir tonterías dramáticas, ¡y se nos olvidan nuestras preocupaciones!!

¿Resuelve esto la incertidumbre de nuestro presente?

No. La incertidumbre sigue ahí. Pero ya no nos saca de quicio. Toleramos la falta de visibilidad que nos impone, y sabemos calmarnos y centrarnos en la realidad más inmediata de nuestro presente. Desde aquí contagiamos paz y confianza a nuestros equipos. Pueden pasar miles de cosas buenas mañana. También algunas malas. Sólo cuando aceptamos esta profunda verdad vivimos en el momento sin fabricar escenarios futuros todo el rato.

No sabemos qué harán los chinos, ni qué decidirán los políticos, ni cómo reaccionarán los inversores. No sabemos cómo afectará a nuestros negocios o nuestros sueldos. Sólo sabemos que estamos preparados para enfrentar muchos retos. Tenemos un cerebro pensante, dos manos y dos piernas. Tenemos equipos sólidos con los que hemos resuelto muchos retos.  Como dice un dicho inglés, cruzaremos cada puente cuando lleguemos a él.  

Todo está en las emociones.

Por eso vuelvo siempre a las emociones. La preocupación es un engaño que aleja nuestra mente de lo que sentimos. Aunque sea una reacción tan intrínseca al ejecutivo como respirar, tanto análisis estratégico es como una zanahoria colgada en el futuro que perseguimos para no mirar atrás a los sentimientos que no sabemos enfrentar. Nos coloca en un lugar en el que no podemos resolver nada, sintiéndonos indefensos.

Si volvemos al presente nos reencontramos con nuestro cuerpo y nuestra mente inconsciente. Ellos sólo saben vivir en el presente. En el presente están todas las emociones que no hemos sabido resolver antes de ahora, y son estas emociones antiguas las que salen a la superficie cuando la vida nos trae un nubarrón de incertidumbre.

Cuando aprendemos a relajar el cuerpo y dejamos fluir todas estas emociones, se nos pasan todos los disgustos. Y entonces empezamos a ver un universo de oportunidades en esa impenetrable nube gris. Rejuvenecemos y nos convertimos en innovadores y emprendedores otra vez.

Así que, si estás preocupado, respira grande y suave. Otra vez. Y otra. Sigue respirando grande y suave hasta que tu cuerpo empiece a relajarse. Quizás necesites llorar o rabiar un rato para que eso ocurra. El cuerpo te lo irá indicando. Lo único que tienes que hacer es poner tu mente al servicio del cuerpo y dejarlo hacer lo que mejor sabe hacer.

Esto es abrazar lo salvaje, y es muchísimo más útil y provechoso que preocuparse. ¡Que respires bien!

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

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