La maldición de la hormiga

En la famosa fábula de La Fontaine la hormiga es ejemplo de esfuerzo y trabajo. También es ejemplo de crueldad, falta de empatía y egoísmo, pero de esto hablamos poco en nuestra cultura obsesionada con el trabajo y el inalcanzable ideal de la meritocracia. Tan identificados estamos con la hormiga que no somos nada conscientes de lo mal que tratamos a la parte más cigarra de nosotros mismos.

De todos mis años de enorme inversión en crecimiento personal esta lucha interna es quizás el patrón que más veo repetido. Una y otra vez he llegado al punto en el que he visto cómo la hormiga en mí estaba empujando, jaleando y hasta insultando a la cigarra para que cumpliese con obligaciones y planes ideados por mi hormiga. La hormiga en mí ha sido el mayor obstáculo al crecimiento muchas, muchas veces. Y lo es también para los demás.

nos rompimos en dos

A menudo explico a mis clientes que la palabra trauma significa ruptura. Por algo el área de traumatología de un hospital se ocupa de los huesos rotos. Cuando lo que se rompe no es un hueso, sin embargo, a menudo pueden pasar años y décadas sin que nos demos cuenta de que ya no respondemos al mundo de modo unificado, sino que nos hemos roto en dos.

No hace falta sufrir un accidente de coche y vivir situaciones extremas de violencia y maltrato para rompernos en dos. Este es quizás el aprendizaje más importante que hice en mis años de entrenamiento como coach: en las sociedades desarrolladas creemos que los únicos que han sufrido traumas son los soldados en las guerras y las capas sociales más desfavorecidas. Vivimos en una total negación con respecto al tipo de traumas que ocurren en las familias ideales.

como soldados en guerra sin saberlo

Pero cuando yo empecé a escarbar dentro de mí para buscar las causas de mis problemas empecé a ver que había estado viviendo como un soldado en guerra durante décadas. Son muchas las situaciones cotidianas de las familias modernas que nos rompen en dos sin que lo sepamos. No tienen por qué ser eventos extremos. No. Son pequeñas consecuencias inevitables de nuestra forma de vida civilizada y muy alejada de la sabiduría instintiva que teníamos cuando éramos aún nómadas y salvajes.

Una vez leí que las personas que presumen de haber tenido infancias muy felices no recuerdan absolutamente nada de lo que realmente ocurrió. Es el comienzo de todos los recorridos de crecimiento personal, porque en estos recuerdos felices han sido borrados todos los detalles infelices. Igual que se borran las circunstancias de un accidente de coche o un evento extremo de vida o muerte. La anestesia piadosa nos prepara para una muerte considerada como altamente probable por nuestro sistema nervioso autónomo.

En todos esos eventos puntuales que no recordamos, o esas largas etapas de disfunción familiar que tampoco hemos reconocido, se produce una ruptura de nuestra respuesta emocional. Nos rompemos en dos voces en conflicto, y a partir de ese momento, viviremos durante mucho tiempo con una conversación interna constante entre la hormiga y la cigarra.

dos voces enfrentadas

La hormiga, que cojo del cuento de La Fontaine, es la parte de nosotros que lucha contra viento y marea para sobrevivir. Se hace cargo de cosas que ni siquiera entiende, como pueden ser los conflictos entre nuestros padres, o la depresión de papá o la adicción de mamá. La hormiga pretende salvar a la familia de estos males, y se hace dura con los años de entrenamiento. Tan dura como un soldado que ha visto morir a tanta gente que ya no siente nada.

La cigarra se queda sola con su dolor. La parte más sensible y cantarina de nosotros queda olvidada en un armario oscuro alejando del cotidiano inmediato. Escondida en el último piso de nuestra mente, incomprendida, silenciada y castigada por no prestarse al estricto plan de reconstrucción y felicidad garantizada que persigue la hormiga sin compasión.

cuando el éxito entierra a la verdad

La hormiga oculta a la cigarra. Lo hace sin darse cuenta, pero lo hace sin descanso y sin compasión. Trabaja incansablemente para asegurarse de que no escuchamos los lloros o las dificultades de la cigarra encerrada en un lugar lejano y oscuro de nuestro inconsciente. Detrás de cada situación que nos traumatizó de niños se repite este teatro de distracción. La hormiga sólo mira al mundo exterior para ver cómo conquistarlo y doblegarlo a su voluntad. No ve ni oye nada de lo que pueda decirle la cigarra.

Y la cigarra sufre en silencio. La cigarra encarna nuestras pasiones más honestas, nuestra creatividad infantil y nuestro impulso de juego y de vida plena. La cigarra es todo esto que nos encantaba hacer de niños y que dejamos atrás para labrarnos una carrera de éxito. La cigarra se entrega el flechazo del amor verdadero que no sabe nada de intereses ni conveniencia social.

y al final la verdad nos libera

En cada nivel de crecimiento he vuelto a descubrir de nuevo esta lucha entre mi hormiga y mi cigarra. He tenido que maniatar a la hormiga y obligarla a dejar de trabajar para poder hacer caso al otro lado de mí, al lado que sufría en silencio y que esperaba pacientemente a que llegase la hora de su liberación. No deja de sorprenderme esta dinámica cada vez que vuelve a aparecer de las formas más sutiles y primarias en las tareas o decisiones más tontas de mi cotidiano.

Y siempre es una bendición. Siempre trae una gran relajación. Siempre siento una apertura repentina de ventanas y puertas y un golpe de viento fresco, de luz exterior, de libertad. El día que dejamos salir a la cigarra recuperamos la unidad emocional que se había roto en nuestro pasado más lejano y olvidado.

reescribamos esta fábula

Esta sociedad nuestra de hormigas esforzadas en demostrar felicidad es una maldición. Tanta compulsividad positivista nos aleja de las cigarras que todos escondemos en nuestro interior. Nos limita y nos aprisiona en dinámicas de trabajo, esfuerzo, preocupación y control para agarrarnos a las cosas que nutren nuestra felicidad de ahora. Una felicidad insensible con nuestro propio dolor, no digamos ya el de los demás.

Hay muchos niveles de felicidad más naturales y menos esforzados por descubrir. Hay tanta belleza por conocer si liberamos a las cigarras de sus encierros. Tanta reconciliación a realizar entre las hormigas y las cigarras que habitan en nuestras mentes.

La cigarra puede enseñar a la hormiga a ser más empática, más humana y más feliz. Volvamos a escribir esta fábula y convirtámosla en un baile de alegría sin fin.

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

Un comentario en “La maldición de la hormiga

  1. Hola Pino, te conocí gracias a los ciclos de ponencias de estos días, tu mujer salvaje. La verdad es que conecté mucho con lo que contabas y te busqué por google y voilá…
    He leído este post y aunque no entiendo muy bien el símil que haces entre la hormiga y la cigarra con lo que tenemos de dual en nosotras, sí que me pareció muy interesante el tema de los traumas q vienen de las familias, el romperse en 2.
    Yo estoy en una etapa que ya dura mucho, en la que llegué a comprender qué traumas hay y el por qué de mis depresiones e inseguridades, iras etc pero no consigo hacer nada con ese conocer los traumas..no consigo decir, vale, ya sé qué me rompió, ahora como me puedo volver aunir, a recomponer…cómo salir de este bucle en el que me encuentro, como un disco rayado que da vueltas a la misma canción y nadie le da un toque para que salte a lo siguiente…
    Me gustaría que me ayudases en eddto, si es posible. Gracias.

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