Gestores mal colocados

Ayer empecé una sesión preguntando qué quería trabajar el cliente. Me dijo que quería gestionar mejor la incertidumbre. Me eché a reir.

Cuánto hemos repetido esta expresión como papagallos en los foros directivos todos estos años. Y qué poco sabíamos de lo que hablábamos antes de ahora. Esto sí que es incertidumbre con mayúsculas. Pretender gestionarla … bueno, da un poco de risa, ya lo he dicho.

¿Admite un volcán que se le gestione?

A mí esta situación me hace pensar en un refugio anti-bombas. Estamos todos resguardados de los impactos en nuestras casas. No vemos las bombas, ni las oímos caer. No sabemos cuántas cosas se están destruyendo en nuestra economía y nuestro modelo de vida a nivel global. Por no saber, no sabemos siquiera cuánto tiempo tardaremos en salir de nuevo de casa. Esto sí que es incertidumbre de proporciones volcánicas. ¿Admite un volcán que se le gestione?

Frente a una bestia de semejantes características, parecemos uno de esos cachorros animales o humanos en vídeos virales que tanta gracia nos hacen cuando simulan intimidar a alguien mil veces más grande y fuerte que ellos. En su ignorancia infantil se sienten invencibles. Aún no son lo pequeños que son en comparación con el peligro que los acecha.

cachorros humanos presumiendo de ser invencibles

Nuestra generación es quizás la más pequeña e infantilizada frente al tamaño de los retos que pretendemos gestionar. Somos los más educados y formados en la historia, es verdad. Pero también somos los más empeñados en atacar y resolver problemas de dimensión global que nadie nos ha pedido que resolvamos. Somos la generación obsesionada con el famoso “make a difference” de los americanos. Y eso nos hace tan ignorantes e infantiles como un cachorro de león presumiendo de su fuerza frente a una manada de hienas hambrientas.

Las redes sociales están llenas de pretenciosas declaraciones de intenciones de directivos y empresarios aburridos en sus casas que quieren recuperar protagonismo: Van a adivinar las principales tendencias de lo que viene, o han creado un think-tank para reconstruir la economía post-crisis del coronavirus. Me recuerdan a una ronda de presentaciones en la que participé hace años en EEUU durante un consejo. La mitad de los presentes estaban curando el cáncer, según expresaron con mucha humildad fingida.

mal colocados

Esto es lo que yo suelo describir como “estar mal colocado”. Es ponerse en un lugar jerárquico muy superior al que nos han otorgado los demás o las circunstancias, para resolver o promover algo que nadie nos ha pedido que resolvamos ni promovamos. No tenemos, por tanto, ni el mandato de hacerlo, ni los recursos necesarios para llevarlo a buen término. Pero oye, qué cool queda decir que vas a librar al mundo de sus problemas.

¿Por qué lo hacemos? Porque nos da poder. Nos da importancia frente a los demás. Queremos que nos respeten, nos admiren o nos quieran. Nos da un subidón de invulnerabilidad exactamente igual que el que tienen los cachorros animales y humanos de los vídeos mencionados antes. Y lo más importante, en esta posición usurpada nos escapamos de los sentimientos de miedo, fragilidad y dolor que sentiríamos sin nos bajásemos los humos y viésemos la realidad tal como es.

el tipo de incomodidad más cómodo

También nos da mucho que hacer y que pensar. Nos da un propósito que nos consume las horas y los años de vida sin parar a pensar en lo que estamos haciendo. Ya puede el coronavirus meternos en casa todo lo que quiera, que mientras tengamos conexión a internet podemos seguir salvando al mundo de sí mismo un día tras otro.

Nos agotamos lentamente en este empeño grandilocuente, sin embargo. Lanzamos ideas, proyectos e iniciativas que a menudo pasan desagradecidas porque en realidad nadie nos las había pedido. Montamos campañas, levantamos fondos, e incluso somos capaces de mantener en pie todo un espectáculo de comunicaciones y eventos que se derrumbarían en pocos minutos si dejásemos de empujarlos y construirlos con tanta energía.

Consumirnos así años tras año sin que los demás valoren realmente nuestra inversión es un tipo de incomodidad que manejamos bien porque nos es familiar. Es el tipo de incomodidad con el que estamos más cómodos. Y total, estamos rodeados de amigos, directivos y empresarios tan educados y formados como nosotros que están haciendo lo mismo. Mal de muchos …

movimiento rígidos sin gracia alguna

Estar mal colocado es construir una casa empezando por el tejado. Es un planteamiento inestable y fantasioso que acaba consumiendo muchos más recursos de los necesarios. Es como un surfista que pretende colocar la ola sobre la que se apoya su tabla, un esquiador que quiere moldear la montaña o un jinete que insiste en controlar cada impulso del caballo que monta. Se cansan inútilmente, producen un movimiento rígido sin gracia alguna, y se caen en cuanto la Naturaleza les da un buen meneo, en plan pandemia de coronavirus.

La carta de la torre, en el Tarot, representa bien esta situación. Es el arcano número dieciséis, y muestra una torre que se derrumba. Explotan rayos y colores a su alrededor, cae gente por las ventanas. Representa la caída de una construcción que no era real, que requería mucho esfuerzo o dinero mantener. Una producción vital que sólo se mantenía en pie porque la rociábamos de dinero para mantenerla viva. ¿Será esto lo que ocurrirá con nuestro sistema económico global?

un cambio de foco

Colocarnos bien en nuestro sitio significa volver a admitir nuestra pequeñez frente al reto que se nos viene encima. Requiere un cambio de foco: dejar de pretender gestionar a la incertidumbre y centrarnos más bien en gestionar nuestra propia reacción personal frente a lo que la incertidumbre está rompiendo y creando a nuestro alrededor.

Nadie nos ha pedido que gestionemos la incertidumbre, sino que aprendamos a fluir con ella: a respetar y admitir la enormidad de su fuerza, a surfearla, esquiarla o montarla sin interferir en la grandeza de su movimiento.

y tragarnos el orgullo

Quizás esto es lo más difícil que podían pedirnos. Hemos crecido en el convencimiento de que éramos nosotros quienes controlábamos nuestro destino. Nos cuesta mucho renunciar a la borrachera de poder que nos había llevado a acariciar la inmortalidad. Volver a vernos como simples mortales al servicio de un virus salido de un pangolín es un golpe a nuestro ego más inasumible incluso que el derrumbe de nuestra economía global.

El coronavirus nos invita, pues, a tragarnos nuestro orgullo y volver a colocarnos en el lugar que nos corresponde, como gestores de nosotros mismos sin más. Nos empuja a bajarnos del trono del control y la gestión para ponernos de nuevo al servicio de la vida y sus misteriosos designios. Y desde ahí construir nuevos sistemas que sí puedan fluir, reaccionar y resistir las inclemencias del futuro.

Esto es lo que yo llamo abrazar lo salvaje.

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

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