Mi combate con la muerte

Quienes me conocen bien saben que llevo mucho, mucho tiempo luchando contra dificultades imperiosas. En nuestra cultura asumimos que quien no resuelve sus luchas es débil o tonto o lo que le gusta es la lucha. Y durante mucho tiempo yo me he preguntado si era verdad que yo era débil o tonta o un poco loca por estar empeñada en seguir luchando.

Lo cierto es que no recuerdo un momento en el que mi vida no fuese una lucha. De pequeña siempre me esforcé mucho por ser buena, por merecer el cariño de mis padres y por intentar hacer las cosas bien. En la adolescencia me di cuenta de que algo no iba bien durante un viaje del colegio por Andalucía. Sentada en un baño con mi grupo de amigas de entonces constaté que había mucha más cercanía entre ellas de la que yo podía sentir con nadie.

llorando por dentro

Recuerdo ir en el autobús por un paraje especialmente hermoso llorando por dentro. No entendía por qué me sentía tan mal si no había muerto nadie en mi familia. Todo parecía ser normal en mi vida, y sin embargo yo sentía que escapaba constantemente de un enorme pozo negro de dolor que cada X meses volvía a atraparme y engullirme.

Durante los años de universidad el pozo me atrapó varias veces. Cuando lo hacía no podía ni abrir la boca. Pensaba en morir a menudo. Iba en el coche con mi padre por las mañanas camino de la Escuela de Ingenieros y mi padre me regañaba, frustrado, porque yo no era capaz de participar en la conversación casual que correspondía a esa situación.

no había lugar en el mundo al que podía irme donde no me siguiese el pozo negro

Cada vez que el pozo negro me engullía yo ponía todo mi empeño en volver a salir de él. Tras unos días terribles lograba ponerme en marcha de nuevo y volvía a fabricar objetivos, expectativas y fantasías que desgraciadamente nunca se cumplían. Así logré terminar la carrera, empezar a trabajar, mudarme a París, volver a comprarme un piso en Madrid, y trabajar otro año en San Francisco.  Hasta que comprendí que no había lugar en el mundo al que podía irme donde no me siguiese el pozo negro.

A mi vuelta de San Francisco cambié de empresa, hice un MBA, y tras comprobar que ya no podía tampoco esconderme en ningún proyecto profesional del pozo negro, acabé acudiendo a un terapeuta. Tenía treinta años y pensaba que iba a ser cosa de seis meses resolver lo que me ocurría. Ahora tengo cuarenta y siete, y aún no tengo claro que haya resuelto la dificultad del todo.

no lo he hecho mal del todo

En estos diecisiete años me han pasado muchas cosas. No me ha pasado ninguna de las que yo quería que me pasaran. Pero todo lo que me ha ocurrido ha resultado ser algo necesario para librarme de ese pozo negro que siempre me persiguió. No me he casado, no he tenido hijos, y nada de lo que he emprendido me ha salido bien, sino más bien todo lo contrario.

Pero logré poner fin a veinticinco años de bulimia, recordé que había sufrido abusos sexuales por parte de un amigo de la familia cuando tenía ocho años y procesé las secuelas de ese trauma hasta que lo resolví. Salí de un patrón de víctima de abuso psicológico que siempre había marcado mi vida y puse fin a las dinámicas de abuso y maltrato que siempre habían corrompido mi familia bajo una superficie de normalidad ideal. Teniendo en cuenta que muchas personas están toda la vida luchando con solamente uno de estos traumas, la realidad es que no lo he hecho mal del todo.

otro trauma más complejo debajo de todos los anteriores

Poco podía yo imaginar que aún después de todo esto iba a encontrar otro trauma más complejo debajo de todos los anteriores. Pero una vez que has invertido todo lo que tenías en liberarte del dolor durante tantos años, ya no dejas de hacerlo. Te resulta imposible vivir en la mentira o el fingimiento, y sigues cada pista emocional por puro instinto como un detective que no puede descansar mientras no haya resuelto el misterio.

En Septiembre “recordé” que había tenido un hermanito gemelo al principio de mi gestación y que éste había fallecido, convirtiéndome así en un “gemelo solitario”. Aquí estaba el muerto que había presentido siempre en mi infancia. Y no sólo él. En el momento en el que ese gemelo sucumbió, una parte de mí también había muerto. Este fue mi primer combate con la muerte, y aunque salí victoriosa de él, la muerte se convirtió en mi íntima compañera durante todo este tiempo.

la muerte se convirtió en mi íntima compañera

He escrito el verbo recordar entre comillas porque un trauma perinatal – es decir un trauma que se genera antes, durante o justo después del nacimiento – es algo muy difícil de recordar en el sentido habitual de la palabra. Es un momento en el que nuestros sentidos no están plenamente desarrollados. Como yo ya había tenido que trabajar a ciegas con los pocos recuerdos sensoriales que aparecieron en el trauma de los abusos sexuales, había desarrollado hace años la capacidad de trabajar con los sueños, el pensamiento simbólico y la percepción corporal.

Hoy es el primer día en el que tengo la sensación de haber cerrado el círculo. Es como si pudiese ver con claridad todo el proceso de lo que se rompió y lo que he ido arreglando desde aquél primer momento en el que mi gemelito murió y yo luché con uñas y dientes por seguir viva desde un instinto ultra primitivo de ameba o de blastocito microscópico.

el haber escapado de la muerte

Aparte de todas las secuelas que tiene la pérdida del hermano gemelo, la culpa instintiva que se sufre por no haberlo salvado, y el duelo emocional de quedarse solo con tamaña desgracia en el útero frío de una madre que no estaba preparada para recibir a ningún hijo todavía, hay otro gran capítulo de trauma que enfrentar: el haber escapado de la muerte.

Porque cuando uno se enfrenta a la muerte y sucumbe a su imposible poderío, acaba encontrando un estado de paz, según relata el Dr. Enric Benito en sus conferencias. Recomiendo ver esta: https://www.youtube.com/watch?v=nt2O0xG1cSA&feature=youtu.be

Burbujitas de dolor

Pero cuando uno lucha con la muerte por puro instinto y finalmente sobrevive, deja una parte de sí mismo congelado en esa batalla. Cada una de las reacciones y sentimientos que sintió frente a ella es de una intensidad insoportable, por lo que queda congelada en un estado de shock. Y como resultado uno queda fragmentado en múltiples pequeñas burbujas de emoción dolorosa que no se hablan entre sí, y que quedan soterradas en lo más profundo del inconsciente durante años o décadas.

En los últimos años de intenso crecimiento personal he ido sacando cada una de estas burbujas a la superficie consciente y liberando su dolor emocional. Una parte de mí se abrazó a la muerte y la deseó con todas sus ganas. Mientras otra parte de mí intentó negociar con la vida hasta el final como lo haría un bebé que patalea, solloza, pone cara de pena y sigue rogando encarecidamente que le demos lo que imperiosamente necesita ahora mismo. Otra parte de mí se sintió tan pequeña, tan incapaz y tan impotente que tardó todo este tiempo en recuperar su autoestima. Estas son solo las últimas tres que he recordado, reconocido y liberado.

los eventos más insignificantes de mi presente

Y por ello ahora reconozco como reaccionaban a los eventos más insignificantes de mi presente durante todos estos años. Me ponía crema en la cara por la mañana, por ejemplo. Pensaba que si no lograba ingresar más dinero ya no podría comprar más crema. Me sentía pequeña e impotente de nuevo. Sentía ganas de abandonar y entregarme a la ruina (o la muerte) otra vez.

Sentía un conflicto interno en mi mente intentando dilucidar escenarios estratégicos en los que pudiese resolver mis problemas de dinero. Y también sentía pánico irracional ante lo que iba a ocurrir cuando me quedase sin dinero. Sentía pánico a morir. Otra de las burbujas que trabajé en los últimos meses.

hacer la compra al mercadona y empezar a sentirme fatal

Hace tan sólo unos meses aún no podía identificar todas estas reacciones exageradas y simultáneas. Recuerdo ir a hacer la compra al mercadona y empezar a sentirme fatal. Salí de la tienda y dediqué un buen rato a calmarme, llorar, y soltar todas las emociones extremas que me habían entrado durante el acto cotidiano e insignificante de hacer la compra.

Visto desde donde me siento hoy, entiendo que en esa tarea típica del hogar yo había vuelto a revivir mi combate con la muerte, y que mis emociones y reacciones al supermercado y a la decisión de elegir un producto u otro no tenían nada que ver con Mercadona. Eran las reacciones que yo había tenido en mi combate con la muerte hace más de 47 años.

trabajando desde afuera hacia adentro

El gran pozo negro que me había engullido regularmente durante toda la infancia y adolescencia contenía todos mis traumas anteriores, pero también este primer combate con la muerte. En los últimos diecisiete años de inversión total en mi reinvención personal fui quitándole fuerza al pozo. Cada año me sentí mejor que el año anterior. Fui conquistando capas de dolor, trabajando desde afuera hacia adentro. Hasta que llegué al primer trauma, y el más terrible.

el profundo desconocimiento de nuestra sociedad

Desde donde me siento hoy me azuza más que nunca el profundo desconocimiento de nuestra sociedad del mundo emocional e inconsciente. Yo misma he tardado tantos años en comprender estos mecanismos tan complejos y misteriosos de reacción al peligro, congelación de respuestas emocionales, desconexión y negación durante años o décadas hasta que uno aprende a enfrentarse a los tsunamis de su propio pozo negro sin fondo. Y si no lo hubiese vivido en primera persona no creo que fuese capaz de entenderlo como lo veo ahora.

me maravilla la profunda perfección

Y al mismo tiempo me maravilla la profunda perfección de estas dinámicas. Tanto como al Dr. Benito le fascina el proceso “perfectamente orquestado” de transición que es la muerte de sus pacientes de oncología. La parte de mí que quedó congelada en una actitud de negociación infantil por su vida preguntaba constantemente al mundo, “ ¿por qué me estás haciendo esto?”

Hasta que hace un par de días escuché una respuesta en mi interior: “Para hacerte más grande.”

lo que parecía un castigo había sido un regalo

Ahora me hace sonreír lo que tanto me ha hecho llorar, rabiar y temblar durante tantos años. Me había tomado este primer embiste de la muerte como un ataque personal. Me había sentido desquerida por la vida. Abandonada, olvidada, tirada a la basura.

Y resulta que no había sido más que un reto brutal. Un órdago destinado a cultivar mi valentía, mi voluntad de sobrevivir, mi capacidad de sufrimiento y mi persistencia. Había sido elegida para superar algo que casi nadie supera. Y hoy puedo por fin decir que lo he superado. No solamente he sobrevivido a mi primer combate con la muerte y todo lo que vino después. He recuperado la capacidad de vivir plenamente y he saneado todas las secuelas y heridas que me dejó.

la muerte ha resultado ser mi mejor maestra

Todo lo que me honra de ser yo a día de hoy ha salido de mi lucha vitalicia contra las dificultades. Y ahora puedo decir con conocimiento de causa que eso de que “quien no resuelve sus luchas es débil o tonto o lo que le gusta es la lucha” es pura ignorancia.

En mi caso, la muerte ha resultado ser mi mejor maestra. Como lo es en muchos mitos indígenas de muchas culturas, y en leyendas poco científicas a las que nuestra sociedad discrimina en favor de lo inteligente y lo tangible. Igual que discrimina a lo femenino en favor de lo masculino, a lo Natural en favor de lo rentable, y a la muerte en favor de la vida.

Claramente he llegado hasta aquí para reivindicar lo femenino, lo Natural y a todo el que sabe enfrentarse a la muerte para promover la vida. Como reza mi singular marca personal:

¡Abraza Lo Salvaje!

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

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