Relato de Evento 13/01/2020

Lo que se hizo y/o discutió.

Hicimos el evento en la Fundación Vivosano con algunos invitados nuevos que nos habían encontrado a través de Eventbrite. Tras una relajación inicial basada en el movimiento corporal hicimos un cuestionario privado para centrar nuestra intención y luego abrimos una ronda de presentaciones.

Hicimos un ejercicio con dibujo del año que teníamos por delante y luego compartimos los dibujos, las impresiones que nos generaban a cada uno y las preguntas interesantes que podían plantear. Hicimos también una constelación familiar para ayudar a un participante a encarar un reto personal, y terminamos con una meditación guiada en la que abordamos la fluidez como respuesta a todas las personas y situaciones que nos alteran.

Cómo yo lo viví.

Estos momentos del club están siendo de mucha incertidumbre. La incorporación de nuevas tecnologías me exige aprender a gestionar varios sistemas nuevos a la vez, y voy dando pasos en la oscuridad porque no sé qué efecto o implicaciones tiene cada cosa que hago sobre el club. Es un poco inquietante.

Dicho esto, el evento me ayudó a relajar la mente y el cuerpo, y a seguir afinando el enfoque y el tipo de ejercicios que quiero introducir en el club.

Aprendizajes y reflexiones.

  1. Hemos endiosado a la auto-exigencia.

En varios de los dibujos que compartimos al respecto de cómo veíamos el año 2020 frente a nosotros se intuía un nivel de auto-exigencia elevado. Hemos crecido en una cultura que ve con buenos ojos la disciplina y el esfuerzo, y a todos nos parece normal proponernos propósitos de año nuevo ambiciosos.

El problema de la auto-exigencia, sin embargo, es que pone una presión adicional sobre nosotros en situaciones en las que a lo mejor ya estamos muy presionados de varias maneras. Y en ocasiones dicha auto-exigencia puede ser más un síntoma de que nos hemos dividido en dos voces peleadas entre sí que una cualidad deseable.

Muchos hemos vivido momentos en nuestra infancia que nos sobrepasaron emocionalmente en su intensidad. No los recordamos, claro está. Y no tienen por qué ser eventos terribles o excepcionales. Percibir un sufrimiento profundo en nuestra madre cuando ha muerto la abuela, por ejemplo, puede ser una emoción demasiado intensa para nuestro cuerpecito de niño pequeño  y nuestra mente aún en desarrollo. Enfrentarnos a la ansiedad de nuestro padre por problemas económicos, o sentir que hay problemas en el matrimonio de nuestros padres son otros tipos de situaciones cotidianas que nuestro cuerpo aún no sabe manejar bien.

En estas ocasiones nuestro sistema nervioso autónomo decide salvarnos de ese exceso emocional mediante una reacción de shock. Desata una respuesta diseñada para eventos de vida o muerte porque en nuestra limitada comprensión de los tonos de gris de la vida moderna parece que el riesgo de muerte es elevado. Aunque en realidad no hay riesgo alguno de que ocurra algo así. Se genera un trauma, es decir, una ruptura de nuestra respuesta emocional.

Al romper nuestra respuesta emocional aparecen dos partes separadas. Dos partes de nosotros que antes funcionaban juntas sin separación alguna empiezan ahora a razonar de modo diferente. Una es la víctima que siente miedo, impotencia y dificultad. La otra es la heroína que puede con todo, lo sabe todo y nunca se rinde. La heroína protege a la víctima y tira de ella hacia adelante para desarrollar talentos, conocimientos y habilidades que nos hagan más fuertes y más resistentes a los riesgos percibidos.

Pasan treinta o cuarenta años y esas dos voces siguen operando de modo independiente dentro de nuestra mente y nuestro cuerpo. La heroína es la voz de nuestra auto-exigencia, y la víctima suele ser una parte de nosotros a la que escuchamos más bien poco porque nos es más fácil identificarnos con la heroína.

La heroína es muy dura con la víctima. La critica, la empuja, la patalea, y puede ser realmente cruel con esa otra parte de nosotros que absorbió el miedo y la pena de la situación original que nos rompió. Y como somos heroína y víctima al mismo tiempo, incrementamos la presión de cualquier situación presente porque nos estamos atacando a nosotros mismos para exigirnos más rendimiento, más anticipación, más encanto, y más éxito.

Esta heroína es a menudo poco realista con lo que podemos realmente conseguir, y el problema de fondo es que tanto la heroína como la víctima siguen razonando con la mentalidad del niño que éramos cuando aparecieron. Todos nuestros datos y conocimientos son manejados por un par de niños de cinco años, o un par de niñas de tres años, que están sacando conclusiones exageradas y pintando futuros muchísimo peores que la realidad.

Reducir nuestra auto-exigencia es una forma de empezar a ponerle freno a la heroína y darle más voz a la víctima. Si queremos resolver esta dinámica tendremos que volver a unificar estas dos partes de nosotros en una tercera, nueva, serena y adulta que absorbe a las dos anteriores mediante ejercicios de relajación y mindfulness. El adulto que somos hoy aprende a identificar a estas voces infantiles cuando aparecen, deja de creerse lo que dicen, y poco a poco las va calmando para que dejen de saltar en colores.

En conclusión, un poco de auto-exigencia puede ayudarnos a centrarnos mejor en nuestros objetivos y sostener un esfuerzo en el tiempo. Pero un exceso nos quita energía, nos hace sufrir, y nos puede estar indicando que el problema real es la división interna en dos formas diferentes de enfocar la misma tarea.  

  1. Volver a ablandarnos y fluir en todo momento.

En la meditación guiada empleamos la imagen del cielo de Indra. Es una leyenda que me contó una vez un terapeuta y que siempre me ha parecido muy hermosa. Decía que el cielo de Indra era una malla de perlas perfectas que se reflejaban unas a otras. Cada perla reflejaba la imagen de todas las demás.

Del mismo modo, todas las personas a nuestro alrededor generan una reacción en nosotros, y en la meditación nos propusimos relajarnos y dejarnos fluir para que esa reacción pudiese pasar a través  nuestro y dejarnos tranquilos de nuevo. Entonces empezamos a ver a cada perla, o cada persona o circunstancia que nos alteraba como un reto nuevo que nos ayuda a absorber el impacto, relajarnos, fluir y dejar que el impacto se disuelva de nuevo.

Nuestro instinto suele llevarnos a hacer lo contrario. Cuando nos llega un impacto indeseado nos ponemos duros y nos resistimos a sentirlo. Y así podemos pasarnos años o décadas luchando contra un sentimiento que sigue empujándonos, hasta que finalmente un día nos damos por vencidos y nos ablandamos. Entonces nos permitimos sentir esa emoción, quizás con gran sufrimiento, hasta que la emoción se agota sola y desaparece.

Quedamos libres de ese impacto. Podemos volver a encontrarnos con la misma persona o la misma situación que tanto nos alteraba antes y no sentir ninguna molestia. Y nos sorprendemos de comprobar lo difícil que era hace un tiempo y lo fácil que es ahora.

Aprender a fluir de nuevo es la clave del crecimiento personal. Volver a respirar hondo, volver a ablandar los tejidos, volver a dejar pasar las sensaciones por nuestro cuerpo como si fuese un violín vibrando con la música que pasa por él. Por muy difícil que sea el reto que enfrentamos mañana, si recordamos volver a fluir, podremos procesarlo y dejarlo atrás, y todo será más llevadero.

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

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