La dualidad de Fin de Año

¡Somos seres extraños! Cuando llegan estas fiestas nos desdoblamos más que nunca en dos versiones totalmente opuestas de nosotros mismos: la súper feliz y la súper no-feliz. Nos agarramos compulsivamente a la primera para intentar negar a toda costa la segunda, y pasadas las festividades alcoholizadas y llenas de excesos del 24 y 25 nos damos de bruces con el final del año, frente al cual la segunda versión de nosotros mismos coge fuerza.

Cuanto más presumimos de felicidad en twitter o Instagram, más hay que preguntarse por qué necesitamos que todo el mundo sea testigo de nuestra dicha.

En tiempos de triunfalismo y psicología positiva está bastante prohibido confesar que uno no es feliz ni se siente triunfador. Un vistazo rápido a las redes sociales nos delata como especie. Cuanto más presumimos de felicidad en twitter o Instagram, más hay que preguntarse por qué necesitamos que todo el mundo sea testigo de nuestra dicha. ¿Será que necesitamos convencer a los demás para ver si así nos convencemos a nosotros mismos?

A mí me han llegado unos cuantos whatsapps llenos de pasteles y pajaritos. Los deseos de paz, salud, amor y demás bendiciones para el 2020 se me hacen anacrónicos cuando pienso en quién me los envía y cómo ha sido su 2019 y el mío. ¿De qué sirve desear tópicos hiper positivos y novelescos cuando sabemos que nuestra realidad dista mucho de estas fantasías? Parece otra serie de televisión distópica imaginando un futuro y un presente distintos al que conocemos.

No puedo tener un 2020 feliz ni pacífico si no enfrento el dolor o la tristeza que no he sabido procesar en 2019.

Y aquí está la trampa de nuestra dualidad emocional. Cuando más nos empeñamos en escapar a la infelicidad, más nos agobia, más nos atrapa, y más nos encierra en comportamientos compulsivos y errores repetitivos. No puedo tener un 2020 feliz ni pacífico si no enfrento el dolor o la tristeza que no he sabido procesar en 2019. Y todas las cosas malas que me han pasado en el 2019 han sido precisamente las oportunidades, o las provocaciones del destino, que me ayudaron a enfrentarme al dolor interno del que tanto me escondo.

Por mucho que queramos pasar unas Navidades súper felices, y por muy lejos que nos vayamos a paraísos soleados con playas paradisíacas, nuestro cuerpo sabe perfectamente que es un momento de hacer balance del año y de lo que llevamos vivido. Podemos encontrarnos en fiestas lujosas llenas de extraños guapos y bien vestidos que intentan aparentar una alegría y diversión imposibles con todo su empeño.

Y mientras nosotros hacemos lo mismo, habiendo pagado un buen dinero por escapar de nuestra vida real para estar en esa isla remota con desconocidos estilosos, nuestro cuerpo y nuestra mente inconsciente – íntimos aliados a nuestro servicio – nos recuerdan cada hora y cada pausa el dolor que aún no hemos resuelto. Entonces decidimos silenciarlos definitivamente con una lista de propósitos de año nuevo tan imposibles como la falsa alegría de las fiestas que nos hemos montado.

Esta es la dualidad de nuestros tiempos.

Esta es la dualidad de nuestros tiempos. El esfuerzo sin tregua por ser felices como los demás – o como nos venden los demás, atrapados en la misma dualidad que nosotros – y el arrastre sin compasión del tiempo, que nos acaba llevando antes o después a encontrarnos con la realidad de la que tanto nos escapamos.

Como decían algunos sabios indígenas, la única forma de vencer al dolor es atravesarlo. No hay escapatoria. Con mucho gasto y mucho esfuerzo podemos comprar tiempo, y posponerlo al futuro, pero nada más. Al final del camino está ahí esperándonos, atrapándonos cuando se nos acaban las fuerzas o el dinero para seguir actuando y gastando en falsas felicidades.

Y lo curioso de todo esto es que atravesar el dolor no es tan terrible como parece. Sería menos terrible si no tuviésemos que escondernos de los demás felices compulsivos para hacerlo, eso es cierto. Es muy difícil ser el único hundido en su tristeza cuando todos los demás se empeñan en que te pongas contento. Pero superado el complejo de integrarte en la masa feliz por compromiso, enfrentarte a tu dolor es liberador.

¿Por dónde empezar? Por las pausas.

¿Por dónde empezar? Por las pausas. Por los momentos en los que nadie te está buscando. Ahí es donde el cuerpo empieza hablarte de su verdad. En ese momento surgen los recuerdos temidos y las lágrimas o las rabias o los miedos. Lo único que hay que hacer es respirar hondo y dejar que atraviesen nuestro cuerpo y nuestra mente durante un ratito. El rato que podamos dedicarles. Sin más.

Quienes sepan enfrentarse a su dolor estas Navidades no tendrán que hacer propósitos de año nuevo. No necesitarán hacer promesas de futuro porque estarán por fin enfrentados a su presente. Y sabrán que todas las emociones confusas y poco positivas que les genere este final de año serán simplemente voces de su pasado pidiendo tiempo y atención. Ni son monstruos ni nos van a engullir para siempre. Al revés. Son oportunidades de rendición y liberación.

Os deseo que este 2020 aprendáis a trascender los dolores que no habéis podido resolver antes de ahora, y que perdáis el miedo a sentir emociones negativas.

Por ello os deseo a todos algunas pausas de soledad e interiorización este final de año. Os deseo que este 2020 aprendáis a trascender los dolores que no habéis podido resolver antes de ahora, y que perdáis el miedo a sentir emociones negativas. Que descubráis la alegría auténtica y creciente que surge en el cuerpo que se ha liberado de su dolor escondido. La fuente de juventud eterna que viene de hacer mucho crecimiento personal.

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

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