Relato de Evento 11/11/2019

Lo que se hizo y/o discutió.

Tuvimos un grupo “pequeño pero matón” ayer lunes. Nos conocíamos todos de otros eventos, por lo que la puesta en común fue menos orientada a dar información para situarnos, y más detallada, pudiendo entrar cada uno en su momento actual, sus inquietudes y sus retos.

Hicimos una meditación inicial mediante movimiento corporal y respiración, y luego un cuestionario en el que pedí a cada participante que pensase qué animal sería si fuese un animal en ese momento. De ahí planteamos luego representaciones mediante constelaciones familiares de la parte consciente o intelectual y del animal que cada uno había elegido. Salieron movimientos sencillos pero sorprendentes, y todos pudimos enfocarnos en un nuevo paso de avance para mejorar la dinámica entre nuestra mente y nuestro lado más inconsciente.

Finalmente hicimos un ejercicio de visualización para ayudar a uno de los participantes que tenía dolor de cabeza desde que había empezado el evento.

Cómo yo lo viví.

Me sentí mucho más ligera en este evento. Me siento aliviada de haber dejado a un lado la dinámica más asociativa del club y haber concentrado mis esfuerzos y recursos en generar un espacio neutro de crecimiento al servicio de los directivos y empresarios que quieran participar.

Parece una tontería, porque yo era quien había configurado el club con su estructura anterior, pero curiosamente he vivido en el club la misma transformación que he vivido en el resto de mi vida. Ya no hago las cosas como creo que les van a gustar a otras personas, sino que hago lo que me gusta a mí, y dejo que las otras personas se queden o se alejen según les guste más o menos. Es como si me hubiese quitado de encima un molde existencial tan antiguo y enraizado en mi psique como yo misma.

Me siento liberada para aportar al club todos los recursos que tengo y también me siento más libre para integrar el club dentro del resto de mis actividades con clientes por privado y empresas. Por eso ayer hicimos varias representaciones por constelaciones familiares, un recurso de crecimiento estupendo en el que tengo mucha confianza.

Aprendizajes y reflexiones.

  1. La importancia de bostezar.

Durante la actividad de visualización del final, la cual fue más larga y detallada que los ejercicios de relajación que solemos hacer al principio de los eventos, la mayoría bostezamos repetida y enérgicamente durante todo el ejercicio. Incluso yo, que dirigía con la voz, tenía que pausar mis instrucciones mientras me llegaba un enorme bostezo sin remilgos.

Al terminar uno de los participantes comentó que no había bostezado, y nos sorprendió porque los demás habíamos sentido muchísimo alivio y relajación en un contínuo ir y venir de bostezos de diferentes formas, duraciones y profundidades. Expliqué al grupo que bostezar en todos los mamíferos en una señal de relajación involuntaria del cuerpo, es decir, que no lo dirigimos desde la mente.

Un profesor de terapia bioenergética decía que los tres puntos en los que más acumulamos tensión emocional son la mandíbula, la mandíbula y la mandíbula. Por ello bostezar resulta enormemente relajante en cuanto a que el cuerpo por propia iniciativa suelta todos los músculos y tejidos alrededor de la boca, el cuello y parte de la cabeza.

Los caballos, perros y otros mamíferos también bostezan y salivan o mueven los músculos de la boca cuando se relajan. En los momentos de estrés la boca se seca, y cuando el estrés pasa la boca vuelve a humedecerse y la lengua, mejillas y demás partes de la boca pueden soltarse con movimientos involuntarios pequeños.

Culturalmente recibimos muchos mensajes que nos llevan a suprimir los bostezos. Se interpretan como señales de aburrimiento, cansancio, falta de atención o de implicación, o desinterés. Pero si poco a poco aprendemos a permitir los bostezos en aquellas situaciones en las que no generen malestar a los demás, ganamos un recurso potente para ayudar al cuerpo a relajarse cuando lo necesita. 

  1. El pensamiento simbólico como clave de avance.

Las constelaciones familiares son una herramienta de trabajo que desafía a la mente del directivo y el empresario. Parece todo un poco mágico, no tiene explicaciones científicas, no se tiene una radiografía concreta de qué está ocurriendo, y a veces no se sabe realmente qué está trabajando el cliente en su vida.

Tienen la gran virtud de expresarse o apoyarse en el lenguaje de los símbolos. Es difícil saber exactamente cuánta realidad tangible abarca una representación por constelaciones, y en mi experiencia una misma representación puede seguir viva durante años en nuestra mente, cada vez reflejando nuevos detalles o conexiones en los eventos que experimentamos a diario.

Este es el enorme poder de los símbolos. Los símbolos hablan directamente al cerebro límbico y al corazón. Aunque nuestra mente no entienda lo que está pasando, la representación simbólica transmite un mensaje que el corazón capta y empieza a procesar.

A veces esta representación sirve para poner en palabras o dar forma a un sentimiento que ya teníamos y no podíamos resolver porque no teníamos por dónde cogerlo. Entonces ver a dos personas representando a una pareja de personajes clave de mi vida me remueve de pronto el cuerpo y reconozco que lo que estoy viendo es algo que ya sabía, aunque nunca lo hubiese podido poner en palabras antes de verlo.

Otras veces esta representación muestra un movimiento, es decir una forma de reaccionar que tenemos y que no vemos. Nos delata una tendencia o reacción poco ideal y nos muestra cómo podemos corregirla para tener mejores resultados. De nuevo la belleza del símbolo, de la representación un poco etérea que no se mete en nuestros asuntos ni desvela nuestras intimidades a nadie, es que se nos queda grabada la escena, y sobre todo los sentimientos y emociones que despertó en nosotros y en los otros personajes de la representación.

Entonces nos queda el trabajo personal de trabajar nuestras resistencias a practicar lo que hemos visto. A veces podemos tardar años en llegar a materializar el movimiento que hemos visto en una constelación, normalmente porque las emociones que debemos procesar son tan intensas, tan antiguas, tan duras, que no se puede hacerlo más rápido ni mejor.

Ayer hicimos constelaciones muy sencillas que sólo representaban dos elementos bastante poco tangibles: el animal que siento ser y mi mente consciente. Pero con esta poca información terrenal o concreta salieron movimientos reveladores sobre cómo cada uno de nosotros enfoca su lado más animal o inconsciente, qué hacemos mejor, qué hacemos peor, y cómo esto resulta en lo que sentimos o hacemos a diario.

Fue un bonito ejercicio práctico de abrazar lo salvaje un lunes por la tarde.

  1. Compartir sin más es terapéutico

Aprovechando que éramos pocos, pudimos compartir en más detalle el momento por el que estábamos pasando en nuestra vida. El acto de poner en palabras lo que sentimos y decírselo a otra persona, sin que esta persona tenga que contestar, o estar de acuerdo, o hacer nada al respecto, es sanador y terapéutico en sí mismo.

Una vez me lo dijo un terapeuta. El niño llora para que su madre le oiga. Si su madre no le va a oír, entonces llorar ya no es un acto de conexión, ni de petición de ayuda, ni siquiera es algo que consuele. Es el momento en el que el niño sabe que su lloro es acogido por otra persona el que más consuela.

De mayores no lloramos (tanto!) pero sí hablamos de lo que nos ocurre. Saber que otra persona recibe y acoge nuestras palabras tiene un efecto de consuelo que a veces sorprende por lo importante que puede ser. Sólo saber que otro sabe lo que estoy sintiendo puede hacerme sentir menos solo con mis problemas. Más acompañado, más comprendido.

En estas rondas de compartir tengo que intervenir a menudo para cortar las ganas inevitables de muchos participantes de opinar sobre lo que hemos escuchado, o de ofrecer consejos, o de discutirle a quien acaba de contar su historia lo que ha contado porque desde fuera no parece así. Estas intervenciones tan humanas que hacemos todos a diario con nuestros seres queridos y nuestros compañeros de trabajo ayudan mucho menos de lo que pensamos.

Lo que más ayuda, sin lugar a dudas, es escuchar, recibir, acoger. Sin juicios, y sobre todo, ¡SIN CONSEJOS!!!!

Unos cuantos de mis amigos han recibido órdenes estrictas de mi parte en estos años cuando les he contado algo horrible por lo que estaba pasando. Se quedaban confundidos y a veces agobiados porque no sabían cómo reaccionar a un relato de dolor si no les permitía arreglarlo o por lo menos intentar arreglarlo.

Los peores en esto somos los coaches, terapeutas, psicólogos, psiquiatras y expertos varios. Porque lo que no intuimos es que ponernos en modo “ayudador” es a menudo un reflejo involuntario de nuestro cuerpo para separarnos de las emociones de pena, miedo o rabia que nos genera la historia que estamos escuchando. Y por no sentir todo esto, nos volvemos sabelotodos intelectuales con un plan de acción infalible para un problema que quizás nunca hemos enfrentado, y desde luego, nunca hemos encarado con las herramientas y conocimientos de la otra persona.

Conviene pues resistir nuestros impulsos de súperman al rescate y ceñirnos al silencio, a respirar hondo y dejarnos sacudir por las emociones que nos genera el relato de quien comparte. En ese estremecer le hacemos el máximo servicio que se le puede hacer a otro en la vida: acompañarlo en su sentimiento durante unos instantes. Y así hacer que se sienta, al menos por un ratito, menos solo con su destino.

Publicado por pinobethencourt

Leadership & Personal Growth since 2004.

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